En algún punto del siglo XX, cuando el periodismo aún aspiraba a ser literatura y no únicamente inmediatez, surgió una figura que hoy parece casi mítica. Como una especie de arquitecto del mundo, el editor no sólo corregía textos o decidía titulares, sino moldeaba una voz colectiva y construía una mirada capaz de ordenar el caos de lo real en una serie de relatos inteligibles.





