Rodrigo Aviña*
En algún punto del siglo XX, cuando el periodismo aún aspiraba a ser literatura y no únicamente inmediatez, surgió una figura que hoy parece casi mítica. Como una especie de arquitecto del mundo, el editor no sólo corregía textos o decidía titulares, sino moldeaba una voz colectiva y construía una mirada capaz de ordenar el caos de lo real en una serie de relatos inteligibles.
Revistas como The New Yorker consolidaron esa idea junto con escritores dotados de una libertad casi absoluta, pero sometidos a una forma rigurosa, a un estilo que convertía la observación en algo más cercano a la ficción que al registro. No era sólo informar, sino traducir la experiencia en algo legible y en una estructura capaz de resistir el paso del tiempo.
Ese impulso de organizar el mundo a través de la escritura parece ser la idea central de The French Dispatch/La crónica francesa (2021), quizá la película más radicalmente autoral del estadounidense Wes Anderson. Si en trabajos anteriores su cine podía entenderse como una exploración de la familia, la infancia o la pérdida-como ocurría en The Royal Tenenbaums/Los excéntricos Tenenbaums (2001) o Moonrise Kingdom (2012)-, aquí el centro es la palabra como artificio, como mecanismo de construcción y, sobre todo, como forma de permanencia frente a lo efímero.
Con su usual e inconfundible estilo visualmente minucioso, colorido y perfeccionista, el largometraje adopta la estructura de una revista, no como un simple recurso narrativo, sino como principio organizador de ese universo escrito.
A través de una serie de textos en forma de crónicas o ensayos, se despliega el último número de una publicación ficticia ubicada en Ennui-sur-Blasé (cansancio mundano), una ciudad que, como muchas en el cine de Anderson, parece existir únicamente en la medida en que alguien la describe. No es casual que incluso su nombre sugiera un estado emocional antes que una ubicación geográfica precisa.
Cada segmento de las historias responde a una voz distinta y a un estilo particular, pero todos comparten la misma operación de convertir la experiencia en relato. Una especie de película coral que confluye de una manera distinta a aquella de múltiples voces. El recorrido inicial por la ciudad, el artista encarcelado convertido en objeto de contemplación estética, la revuelta estudiantil reinterpretada como una especie de juego ideológico, o la crónica gastronómica que deriva en un relato policiaco; todos es tos fragmentos funcionan menos como historias autónomas y más como ejercicios de escritura. Lo que se pone en juego no es tanto lo que ocurre, sino la manera en que es narrado.
En ese sentido, el largometraje no trata sobre periodistas en el sentido convencional. No hay una preocupación por la objetividad ni una defensa explícita del oficio; lo que interesa, en realidad, es el momento cuando la verdad deja de ser suficiente y necesita ser escrita para adquirir forma. Los personajes no sólo narran lo que ven, sino que intervienen en su propia subjetividad para estilizar lo que escriben. Esto se vuelve particularmente evidente en la manera como cada historia se desarrolla. En todos los casos, el periodista deja de ser un simple observador para convertirse en una figura que incide directamente en la realidad que describe.
La crítica de arte interpretada por Tilda Swinton introduce a la figura de Moses Rosenthaler, un pintor encarcelado al que da vida Benicio del Toro, cuya obra-aparentemente impulsiva-, es elevada a la categoría de genialidad a través del discurso crítico que la rodea. No es tanto la pintura en sí lo que fascina, sino la manera como es narrada y contextualizada.
Frances McDormand interpreta a una periodista que cubre, y al mismo tiempo interviene, en una revuelta estudiantil liderada por el personaje de Timothée Chalamet. Lo que podría leerse como una re construcción de los movimientos de finales de los años sesenta se convierte aquí en una especie de simulacro ideológico, donde las consignas parecen tan cuidadosamente redactadas como cualquier otro texto de la revista. Jeffrey Wright, por su parte, encarna a un cronista cuya memoria le permite reconstruir con precisión obsesiva una historia que comienza como una reseña gastronómica y deriva en un relato policiaco.
Este gesto no es ajeno a una tradición más amplia dentro del cine. Películas como Citizen Kane/ Ciudadano Kane (Dir. Orson Welles, 1941) ya exploraban la manera de como una vida podía reconstruir se a partir de fragmentos narrativos y de testimonios incompletos que nunca terminaban de revelar una verdad definitiva. Más adelante, All the President’s Men/ Todos los hombres del presidente (Dir. Alan J. Pakula, 1976), propondría el periodismo como un proceso de ensamblaje donde la realidad se arma pieza por pieza a través de la investigación.
Sin embargo, a diferencia de estas obras, The French Dispatch no parece interesada en descubrir una verdad oculta, sino en celebrar el acto mismo de construirla, incluso cuando esa construcción es abiertamente artificial. Hay en la película una nostalgia evidente en la que se enaltece la forma en la que se puede relacionarse con el mundo que hoy resulta cada vez más lejana. Aquella en la que escribir implicaba detenerse, observar, y ordenar. Los personajes de Anderson están definidos por su capacidad de transformar lo que viven en algo narrable, incluso cuando eso implica distorsionarlo.
Una vez más, la figura del editor adquiere una relevancia particular. Arthur Howitzer Jr., interpretado con sobriedad por Bill Murray, funciona como la columna central que sostiene todo el entramado. No es un protagonista en el sentido tradicional, pero su presencia delimita las reglas del juego: qué se publica, cómo se publica, qué forma debe adoptar cada historia. Su famosa instrucción sobre escribir como si todo hubiese sido hecho a propósito, sintetiza la lógica de la película entera. No importa tanto la fidelidad a los hechos, sino la coherencia del relato, su capacidad de sostenerse como una pieza cerrada.
De este modo, The French Dispatch se convierte en algo más que una antología de historias excéntricas; es, en el fondo, una reflexión sobre el impulso humano de narrar. Sobre la necesidad de tomar fragmentos dispersos de la realidad y convertirlos en algo que tenga sentido a partir de una construcción cuidadosa mente elaborada. Un homenaje al periodismo, a la palabra escrita y el poder que esta conlleva.
Quizá por eso la película puede resultar, al mismo tiempo, fascinante y distante. Wes Anderson no busca una identificación inmediata con sus personajes ni con la narrativa tradicional. En lugar de ello, propone una experiencia que se asemeja más a la lectura, aquella en la que, incluso avanzado, uno se puede perder en las digresiones.
Como ocurre con ciertas re vistas o libros, lo importante no es única mente lo que se cuenta, sino la forma como se articula, y el tiempo que se le dedica a esa articulación. Al final, no es una historia o muchas en particular, sino un mundo hecho de palabras y de imágenes que funcionan como frases.
The French Dispatch nos recuerda que quizá todo aquello que creemos entender del mundo ha pasado, inevitablemente, por el filtro de alguien que decidió cómo contarlo.
*Crítico de cine y abogado.





