El acoso contra la selección de Irán en el Mundial 2026 y la capitulación de la FIFA ante Estados Unidos
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El acoso contra la selección de Irán en el Mundial 2026 y la capitulación de la FIFA ante Estados Unidos

Manuel Tejeda Reyes*

El trato hostil y las severas restricciones impuestas a la selección de Irán en el Mundial 2026 constituyen una violación sin precedentes a los principios de equidad y neutralidad deportiva, supuestamente seguidos por la FIFA. Creo necesario decirlo con todas sus letras: hay un boicot logístico contra el equipo iraní derivado del conflicto armado directo entre el gobierno de Estados Unidos y la República Islámica, por lo tanto, el combinado persa, conocido popularmente como el Team Melli, ha sido forzado a competir en condiciones de vulnerabilidad extrema, lo que transformó la máxima fiesta del fútbol mundial en una extensión de las disputas geopolíticas.

El estratega del equipo, Amir Ghalenoei y el capitán Mehdi Taremi han denunciado públicamente una campaña de opresión estructural que priva a los deportistas de sus derechos de descanso, soporte institucional y representación, desnudando la pasividad y complicidad del Comité Organizador y del organismo rector del fútbol mundial, presidido por Gianni Infantino.

Como a muchos en este planeta, a mí también me encanta el juego, pero ese hecho no quita que deje de reconocer que el fútbol se ha cimentado históricamente sobre una mentira: la premisa de que, una vez que el árbitro pita el inicio del encuentro, el mundo exterior desaparece y solo están dos equipos en la cancha. Se nos ha repetido hasta el cansancio que los noventa minutos de juego, más la compensación, representan un espacio sagrado donde las armas se deponen, los pasaportes pierden su carga y el mérito deportivo es la única divisa válida.

No obstante, la Copa Mundial de la FIFA 2026, celebrada conjuntamente por Estados Unidos, México y Canadá, ha venido a quebrar de manera estrepitosa esa ilusión de neutralidad, que en realidad nunca existió. En el epicentro de este colapso ético se encuentra la selección nacional de Irán, un equipo que clasificó de manera legítima en la cancha, pero que ha sido sometido por el Comité Organizador estadounidense y por la propia FIFA a un régimen de persecución, asfixia logística y exclusión sistemática.

El veredicto es ineludible: el Team Melli no está compitiendo en igualdad de condiciones; está sobreviviendo en un torneo diseñado para quebrarlo física y mentalmente. Nunca en el casi siglo de existencia de los mundiales de fútbol se había presentado un escenario tan aberrante. Un país anfitrión (Estados Unidos) se encuentra formalmente en conflicto armado directo con una de las naciones participantes (Irán). Desde que Washington y Tel Aviv lanzaran su gran ofensiva militar contra Teherán, a finales de febrero de este año, la retórica bélica se trasladó de inmediato a los despachos deportivos.

El propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegó a sugerir abiertamente que la selección de Irán no debería viajar a territorio norteamericano, escudándose de forma cínica en una presunta dificultad para brindar “garantías para su vida y seguridad”, e incluso operó políticamente para intentar sustituir el cupo ganado por Irán por la selección de Italia. Si bien la FIFA rechazó esa sustitución flagrantemente ilegal, su respuesta posterior no ha sido en pro de la defensa de los valores deportivos, sino una cátedra de capitulación absoluta frente a las presiones del poder político y migratorio de la Casa Blanca.

La expresión más cruda de esta opresión deportiva se manifiesta en las condiciones de alojamiento y tránsito impuestas a la delegación iraní. Mientras las otras 47 selecciones participantes disfrutan de lujosos campamentos base, hoteles de cinco estrellas y facilidades de entrenamiento con todas las de la ley dentro de las sedes mundialistas, a Irán se le ha negado el derecho de siquiera pernoctar en Estados Unidos, en cuyo territorio tiene que jugar sus 3 encuentros de la primera fase.

La administración estadounidense les impuso una restricción de visado draconiana: la delegación solo puede ingresar a suelo norteamericano el mismo día del partido y está obligada a abandonar el país de forma inmediata en las horas posteriores al silbatazo final. Esta discriminación logística forzó al Team Melli a establecer su campamento en la ciudad fronteriza de Tijuana, gracias al asilo deportivo y la cooperación brindada por el gobierno mexicano.

Así, para disputar sus encuentros del Grupo G, los futbolistas deben cruzar la frontera internacional de manera exprés, someterse a la incomodidad de los controles migratorios en días de alta tensión bélica, trasladarse al estadio, saltar a la cancha y, acto seguido, subirse a un avión de regreso a México.

El escándalo estalló de manera definitiva tras el debut de Irán el lunes 15 de junio, donde lograron rescatar un heroico empate 2-2 frente a Nueva Zelanda en un ambiente sumamente enrarecido. Lejos de permitírseles realizar los protocolos elementales de masajes y recuperación física pospartido en Los Ángeles, las autoridades de Seguridad Nacional del vecino país, ordenaron al equipo empacar sus pertenencias y subir al avión esa misma noche.

El director técnico de Irán, Amir Ghalenoei, visiblemente consternado y molesto, confrontó directamente al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Ghalenoei no se anduvo con rodeos al calificar a su escuadra como la selección “más oprimida” del torneo. “Nos han quitado a nuestros médicos, nos han quitado la tranquilidad y pretenden que compitamos como si nada pasara. Es la persecución más sistemática y descarada en la historia de los mundiales. La FIFA ha permitido que el torneo se convierta en un arma de guerra geopolítica contra nuestros futbolistas”.

También expuso el desgaste extremo al que son sometidos, detallando que se les arrebató el tiempo de descanso indispensable en la alta competencia deportiva, para enviarlos directamente desde la pista de aterrizaje a la cancha. Esa es una ventaja antideportiva descomunal para sus rivales del grupo (Nueva Zelanda, Bélgica y Egipto), quienes operan bajo la normalidad que cualquier atleta de élite requiere. Este escenario constituye un atropello sin parangón en el deporte moderno.

Pero la opresión no se detiene en el desgaste físico de los futbolistas, porque también abarca una estrategia de sabotaje técnico y administrativo. El gobierno estadunidense les negó el permiso de ingreso al menos a 15 miembros del personal de apoyo, administrativo y técnico, del seleccionado asiático. Las consecuencias de este bloqueo migratorio en el día a día del equipo son calamitosas. El capitán de la selección y delantero figura, Mehdi Taremi, rompió el silencio con una crudeza dolorosa ante los micrófonos internacionales, tras el juego contra Nueva Zelanda:

“Todo esto es un desastre. Estamos cansados. No tenemos a nuestro presidente de la federación, no tenemos a nuestro encargado de prensa, nos faltan analistas y piezas clave de nuestro cuerpo técnico, que son vitales para preparar los partidos. Nuestro analista de video ha tenido que hacer labores de jefe de prensa. Esto no es una competencia justa”.

Poner a competir a una selección en el torneo futbolístico más importante del planeta, desprovista de los entrenadores asistentes, médicos especialistas y directivos, es el equivalente deportivo a enviar a un batallón a la lucha con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. Mientras potencias europeas o americanas viajan con delegaciones de hasta 80 personas para cuidar cada detalle del rendimiento, Irán se ve obligado a improvisar roles básicos en los vestidores y en los espacios de entrenamiento.

El silencio de la FIFA ante este desarme forzado de un competidor es una mancha imborrable en la gestión de la Copa del Mundo que, como dijo un clásico, no se lava ni con toda el agua de los océanos.

A la FIFA no le ha importado el bienestar emocional de estos atletas que defienden el escudo de su selección. El organismo ha optado por mirar hacia otro lado. En lugar de sancionar al país coorganizador por violar el principio fundamental de no discriminación y por intervenir políticamente en el desarrollo logístico de la contienda, directamente en contra de un participante, el presidente Gianni Infantino ha optado por la condescendencia.

El mandatario del fútbol visitó el vestuario iraní tras el empate con Nueva Zelanda para soltar palabras vacías: “Sé por lo que están pasando, lo entiendo, pero ustedes son más fuertes que todo”.

Esas declaraciones rozaron el insulto. No se trata de que los jugadores sean o no “fuertes”; se trata de que las reglas de la competencia internacional obligaban a la FIFA a garantizar un entorno equitativo, compromiso que traicionó Infantino desde el momento en que aceptó las imposiciones migratorias de la Casa Blanca. Cuando la prensa internacional cuestionó a Infantino sobre si había perdido el control de su propio torneo y si le avergonzaba que un país organizador dictara quién entra y en qué condiciones, muchas de ellas humillantes, a la Copa del Mundo, el dirigente evadió la responsabilidad respondiéndole al periodista de la BBC: “¿Acaso verían normal que la FIFA le dicte al gobierno británico a quién dejar entrar a su país y a quién no?”.

El doble rasero: La hipocresía histórica de la FIFA

La postura cobarde y sumisa de la FIFA en este Mundial 2026 contradice abiertamente sus propios precedentes históricos y deja al descubierto un doble rasero ético, que a mi juicio es inaceptable. El organismo rector suele llenarse la boca afirmando que la política no debe mezclarse con el fútbol, pero en los hechos castiga o premia según el peso económico y el color político del infractor en turno. No hace falta ir muy lejos en el tiempo para desmantelar la supuesta “impotencia soberana” que hoy argumenta Infantino. En el año 2023, la FIFA no titubeó un solo segundo en quitarle la sede del Mundial Sub-20 a Indonesia de manera fulminante.  ¿Cuál fue el motivo?

El gobierno indonesio se había negado a otorgar garantías diplomáticas y de seguridad para recibir a la delegación de Israel en su territorio debido a las tensiones geopolíticas e ideológicas entre ambas naciones. En aquel momento, la FIFA priorizó el principio de igualdad competitiva y la inclusión de todas las federaciones miembro por encima del derecho soberano del país anfitrión. Si una nación no puede albergar a todos los clasificados con las mismas garantías logísticas y humanas, sencillamente no califica para ser sede de un torneo de la FIFA. El mensaje, en ese caso, fue contundente y ejemplar.

Sin embargo, cuando el infractor es la principal potencia económica del planeta y el mercado más lucrativo para los patrocinadores del torneo, las reglas cambian mágicamente. Frente a los abusos cometidos por la administración estadounidense contra Irán, la FIFA ha decidido archivar sus principios y agachar la cabeza. En el caso del Mundial 2026, los intereses corporativos, la venta de derechos de transmisión y las cifras estratosféricas obtenidas en las taquillas de los estadios de la NFL han pesado muchísimo más que los derechos de los futbolistas iraníes. El organismo ha normalizado que un participante legítimo juegue sus partidos en Estados Unidos, estando exiliado en México; que carezca de su cuerpo técnico completo y que sea deportado sumariamente tras noventa minutos de juego. Eso es la corrupción total de la justicia deportiva.

El marcador moral está en contra de la FIFA, que ya pierde por goleada el partido de la dignidad porque, aunque el fútbol persa vive la página más amarga de su historia, también es a la vez la más digna de su trayectoria deportiva contemporánea. A pesar del acoso del Comité Organizador, del desdén de la FIFA y del torbellino político que los rodea, los jugadores del Team Melli salieron a la cancha del SoFi Stadium a demostrar su valía y honor deportivo, logrando arrancar un valioso punto en su debut ante Nueva Zelanda. Pero este esfuerzo sobrehumano no diluye la gravedad de lo que está ocurriendo fuera del rectángulo verde.

El Mundial 2026 pasará a los anales de la historia como el torneo de la abundancia material, de los 48 equipos y de los estadios súper modernos, pero también será recordado como el campeonato de la infamia geopolítica. Al permitir que la delegación de Irán sea tratada como paria, despojados los jugadores de sus derechos deportivos mínimos y sometidos a una sistemática opresión logística, las autoridades organizadoras y la misma FIFA han podrido el corazón de la competencia.

El torneo ya no es justo, la cancha ya no está pareja y el trofeo en disputa estará manchado por la discriminación institucionalizada. Irán podrá ganar, empatar o perder sus próximos duelos ante Bélgica y Egipto (escribo este artículo después del primer partido del Team Melli contra Nueva Zelanda que finalizó empatado a dos) en los campos de juego de Los Ángeles y Seattle, pero en los juzgados de la ética y la dignidad humana, los verdaderos derrotados de esta Copa del Mundo ya son el Comité Organizador y la FIFA. Mientras los planteles de Bélgica y Egipto se encuentran concentrados en complejos deportivos de primer nivel en Estados Unidos, con analistas de video en tiempo real y laboratorios médicos portátiles, Irán entrena con un cuerpo técnico diezmado por la falta de visas y porque la ausencia de analistas tácticos les impide preparar adecuadamente las variantes defensivas para frenar el poderío ofensivo europeo y el orden táctico de los egipcios.

Al final, el trato dispensado a Irán ha trascendido las páginas deportivas para convertirse en un incidente diplomático de escala global, fracturando la narrativa de concordia que se pretendía proyectar. La respuesta de los activistas y defensores de los derechos humanos en el deporte ha sido en el sentido de criticar duramente el doble rasero de la administración estadounidense por sus políticas migratorias represivas.

Así las cosas, este precedente de “apartheid fronterizo” pone en riesgo la universalidad del deporte y sienta las bases para que futuros organizadores utilicen las leyes de visado como filtros de conveniencia deportiva. La FIFA ya abrió la puerta para que eso ocurra al permitir que en el campeonato mundial 2026 se cometan actos deliberados de sabotaje deportivo y de asfixia ilegitima contra un competidor de pleno derecho como lo es Irán.

*Abogado y analista político.

4 de julio de 2026