Axel Velázquez Yáñez*
Un video de una agresión policial puede presentarse como prueba del abuso y también como evidencia de una amenaza para los agentes. La diferencia está en la interpretación que se construye alrededor de lo que vemos.
Al recuperar un estudio de Charles Goodwin sobre las imágenes de la golpiza a Rodney King, Eva Salgado Andrade y Frida Villavicencio Zarza muestran cómo una mirada profesional selecciona aspectos de una grabación y los relaciona con argumentos capaces de orientar el juicio de otros. El ejemplo, incluido en las páginas 94 y 95 de su libro, resulta especialmente sugerente para quienes trabajamos con discursos periodísticos.
Claves para una antropología semiótica. Sociedad, lenguaje y sentidos: una compleja interacción, publicado por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) en 2026, propone estudiar la vida social a partir de los procesos mediante los cuales le damos significado. Con prólogo de Bob Hodge, sus 328 páginas reúnen una experiencia de investigación y docencia que puede interesar mucho más allá de la antropología. Para los lectores de Zócalo, su pertinencia se encuentra en una preocupación compartida: comprender cómo interviene la comunicación en las formas de entender el mundo y actuar sobre él.
El punto de partida es el trabajo desarrollado en la línea de Estudios del Lenguaje del posgrado del CIESAS, que dio paso a la de Antropología Semiótica. Las autoras reconstruyen ese recorrido a través de investigaciones concretas. Entre ellas figuran el análisis de portadas de periódicos durante la elección presidencial de 2006 y el estudio de archivos de supervisión cinematográfica para comprender la censura. Esa historia permite reconocer que la propuesta surgió de problemas que los estudiantes y sus profesoras encontraron al investigar. Las fronteras entre disciplinas resultaban insuficientes para explicar lo que tenían enfrente.
Conviene detenerse en el nombre. La antropología semiótica que aquí se plantea es una manera de hacer investigación atenta a cómo se producen los sentidos en la convivencia social. Las autoras reconocen otros usos de esa denominación y precisan el suyo. El lector encontrará una perspectiva abierta al diálogo con diferentes tradiciones, cuyo interés principal son las personas y sus prácticas.
Los siete capítulos dan forma a ese propósito. Los dos primeros presentan el origen de la propuesta y las decisiones que implica construir un objeto de estudio. Los cinco restantes recorren sus principales apoyos disciplinarios, desde la antropología hasta la filosofía del lenguaje. La organización permite volver sobre un concepto sin perder de vista el problema que lo hace pertinente. También deja ver una convicción que atraviesa la obra: las decisiones sobre qué investigar están ligadas a la manera como entendemos la realidad.
Sociedad, lenguaje y sentidos constituyen los sistemas cuya interacción organiza el libro. La fórmula puede sonar abstracta, pero su consecuencia es reconocible. Para entender una declaración pública necesitamos saber desde qué posición se habla y qué relaciones hacen posible que esa voz sea escuchada. El significado de las palabras depende de esas condiciones; a su vez, lo que se dice puede contribuir a modificarlas.
De ahí el recurso a las teorías de la complejidad, que permiten examinar relaciones cambiantes y efectos que no pueden deducirse de cada elemento por separado. Una conversación local, por ejemplo, puede estar atravesada por disputas que rebasan a sus participantes.
El contexto adquiere así un lugar central. Las autoras cuestionan que se le reduzca a una acumulación de antecedentes colocados al principio de una investigación. Decidir qué circunstancias ayudan a explicar un fenómeno forma parte del análisis mismo (pp. 78-80).
En el periodismo, esta observación obliga a pensar qué historia se recupera al presentar un conflicto y dónde se decide comenzar a contarlo. Un desacuerdo laboral adquiere sentidos diferentes si la cobertura parte del bloqueo de una avenida o de las condiciones que llevaron a los trabajadores a ocuparla. La selección de antecedentes interviene en la explicación.
Algo semejante ocurre con la relación entre las palabras y las imágenes. El concepto de multimodalidad, desarrollado en el libro, permite atender a la combinación de recursos con los que nos comunicamos. Pensemos en una entrevista televisiva. La transcripción conserva las respuestas, pero puede perder la ironía de una entonación o el efecto de un encuadre que exhibe la incomodidad del entrevistado. Esos elementos participan en la construcción del sentido. Una investigación que los deje fuera puede atribuir a las palabras un efecto que depende de cómo fueron pronunciadas y mostradas.
La semiótica social aporta otra observación pertinente para la comunicación política. Quien produce un mensaje no controla todas sus interpretaciones. Salgado y Villavicencio recuerdan que una campaña publicitaria puede ser intervenida hasta volverse una crítica de aquello que promovía; los memes ofrecen ejemplos de esa transformación (pp. 259-260). Para el análisis, importa seguir lo que distintos actores hacen con un discurso durante su circulación. La intención de quien lo emitió explica solo una parte de ese proceso.
El recorrido teórico ayuda a situar estas preguntas. La recuperación de Berger y Luckmann permite abordar cómo ciertos conocimientos llegan a asumirse como realidad en la vida cotidiana. La presencia de Foucault dirige la atención hacia las condiciones en que determinados discursos pueden circular y adquirir autoridad. El libro ofrece entradas a estas discusiones y referencias para profundizar en ellas. Su utilidad formativa se aprecia cuando un concepto deja de ser un nombre que debe aparecer en un marco teórico y permite reconocer una relación que antes pasaba inadvertida.
La dimensión digital ocupa un lugar relevante. Las autoras retoman de Luciano Floridi el término onlife para describir la dificultad de separar la experiencia presencial de la que ocurre mediante tecnologías digitales. Una discusión en una plataforma puede prolongar un conflicto vecinal y regresar después a una reunión cara a cara. Estudiar únicamente las publicaciones dejaría fuera parte de lo que les da sentido. Esta perspectiva permite tratar las redes como espacios de interacción social vinculados con otros ámbitos de la vida. Hay, además, una advertencia metodológica que merece atención. Los contenidos que aparecen en nuestras pantallas están sujetos a mecanismos de selección que pueden alterar nuestra percepción del conjunto (p. 97). Para quien investiga, esto significa que su experiencia como usuario no basta para describir lo que piensa una sociedad. La precaución también concierne al periodista que convierte lo visto en su propia cuenta en un diagnóstico de la opinión pública.
El cuidado de la evidencia es uno de los aspectos más valiosos de la propuesta. En la página 99, las autoras advierten sobre el riesgo de utilizar los materiales recopilados para confirmar lo que ya se intuía. Su observación alcanza a cualquier análisis que elija declaraciones aisladas para sostener una conclusión previa. Hace falta explicar cómo se seleccionaron los materiales y permitir que estos pongan en duda la interpretación inicial. El libro exige también que quien investiga examine su propia relación con el problema estudiado.
La amplitud del recorrido plantea, al mismo tiempo, una exigencia al lector. Articular perspectivas procedentes de tradiciones distintas requiere justificar qué puede ponerse en relación y qué diferencias deben conservarse. Esa tarea no queda resuelta por la cantidad de autores disponibles. El volumen ofrece orientaciones y ejemplos, aunque deja a cada investigación el desarrollo de sus procedimientos concretos.
Quien se acerque a él para aprender a analizar un conjunto de discursos tendrá que complementar la lectura con los trabajos especializados a los que remite. Las propias autoras precisan que su propósito no es agotar esas posibilidades de análisis.
La aportación de Salgado y Villavicencio consiste en dar fundamento a una lectura de la comunicación que se pregunta por sus consecuencias en la vida social. Desde el periodismo, esa lectura obliga a examinar las categorías con las que presentamos a otros y las formas de autoridad que ayudamos a sostener. Volver al video de Rodney King permite advertir la responsabilidad implicada: incluso cuando hay imágenes, sigue siendo necesario explicar cómo se construye una interpretación y con qué evidencia se sostiene. El libro ofrece razones y herramientas para tomar en serio ese trabajo.
El libro está disponible en formato digital y en edición impresa. La información para adquirir ambas versiones puede consultarse en Libros CIESAS: https:// librosciesas.com/producto/claves-para-una-antropologia-semiotica/
*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM y profesor del CECC de la FCPyS-UNAM





