BTS, más allá de la música y el fandom
Colaboradores, Entretenimiento, Espectáculos, Música

BTS, más allá de la música y el fandom

Tanius Karam*

La llegada de BTS a México mostró que el pop global ya no puede entenderse únicamente como entretenimiento juvenil, mercancía musical o espectáculo de masas. Lo que ocurrió alrededor del grupo surcoreano permite observar un fenómeno más amplio: la articulación entre industria cultural, diplomacia, plataformas digitales, fandom organizado, afectividad colectiva y disputa por la visibilidad pública.

BTS no llegó solo como una banda de K-pop; arribó acompañado de una comunidad global –ARMY– capaz de movilizar redes, medios, autoridades, empresas, espacios urbanos y narrativas emocionales.

La agrupación surcoreana se presentó en la Ciudad de México como parte de su gira mundial “ARIRANG”, con tres conciertos programados en el Estadio GNP Seguros, los días 7, 9 y 10 de mayo. Sin embargo, el fenómeno comenzó antes de su arribo. La enorme demanda de boletos, la conversación en redes y la intervención de actores políticos convirtieron esa visita en algo más que una fecha dentro de una gira internacional. La presidenta Sheinbaum al parecer llegó a hablar con Alejandro Soberón, director de Ocesa, y envió una carta al presidente de Corea del Sur para explorar la posibilidad de abrir más presentaciones o ampliar el acceso al evento.

¿Diplomacia cultural, gesto de cercanía con las juventudes, cálculo político o reconocimiento del peso social de ARMY? Es un poco de todo. Lo cierto es que, como pocas veces, una demanda del fandom fue trasladada al terreno de la relación bilateral México-Corea. Incluso cuando el gobierno surcoreano aclaró que las actividades de cultura popular dependen en buena medida de actores privados, el episodio mostró hasta qué punto BTS había dejado de ser solo un asunto de entretenimiento para convertirse en un fenómeno cultural con capacidad de interpelar autoridades y discursos oficiales.

El momento más visible de esa dimensión pública fue la presencia del grupo en Palacio Nacional, donde BTS saludó desde uno de los balcones acompañado por la Presidenta. Al parecer llegaron 50 mil personas al Zócalo para ver al grupo. Aunque el saludo duró apenas unos minutos, las imágenes de niñas, jóvenes, adultos y familias reunidas frente al Palacio Nacional condensaron algo central para este análisis: BTS no moviliza únicamente consumo musical, también formas de pertenencia, expectativa, identificación y presencia pública.

Los conciertos no fueron solamente exhibiciones musicales de un grupo, sino experiencias escénicas, tecnológicas y afectivas de gran escala y habría que sumar los saludos en español, el uso dinámico de pantallas, la sincronización de los Army Bombs o light sticks, la interpretación de canciones como Dynamite y la interacción constante con el público. Las cifras de asistencia se ubicaron entre los 50 mil y 60 mil espectadores por concierto. A ello se suma la dimensión económica del acontecimiento: los boletos oficiales se vendieron entre $1,767 pesos para las zonas más económicas y $13,330 pesos para las zonas regulares de mayor costo. El paquete VIP, alcanzó los $17,782 pesos. Los conciertos son espectáculo musical, acontecimiento urbano, mediático y económico. (Cf. Azem Martínez “Estas fueron las canciones…” El Heraldo de México, 15 de mayo).

De manera paralela a los conciertos, se organizaron experiencias promocionales e inmersivas para el fandom. Milenio Espectáculos (“SWIMSIDE: ¿Cómo asistir a la experiencia de BTS…?,” 6 de mayo) reportó Spotify, X BTSSWIMSIDE México, una activación vinculada con Spotify y con el álbum ARIRANG, concebida como un espacio para celebrar canciones, memorias compartidas y distintas “eras” del grupo.

También se comentó de un pop-up (instalación, tienda o experiencia temporal que aparece por pocos días en un lugar determinado) de BTS durante sus conciertos en México, con registro previo mediante Weverse y asistencia organizada por fecha y horario (Cf. Mondragón, K. “BTS anuncia su Pop-Up en México…”, El Heraldo…, 30 de abril). En conjunto, estas actividades refuerzan la idea de que BTS opera como experiencia transmedial con música, plataforma, marcas, entorno urbano y comunidad fan articulado en un acontecimiento cultural.

Tiempo libre y namjooning

Algunos integrantes de BTS realizaron actividades personales en la Ciudad de México durante los días de sus conciertos. En particular, “RM” visitó Ciudad Universitaria y el Museo Anahuacalli en sus horas libres, hecho que fue leído por sus seguidores como una práctica de namjooning: término usado por el fandom para referirse a recorridos por museos, parques, librerías, espacios culturales o paisajes urbanos, en alusión al gusto de RM por este tipo de experiencias.

Esta visita permitió que la presencia del grupo en México no se redujera al escenario, también pudiera interpretarse como un encuentro con símbolos relevantes de la cultura mexicana: la universidad pública, el patrimonio artístico, la arquitectura y la memoria cultural de la ciudad. Para muchas fans, estos desplazamientos cotidianos se convierten en signos afectivos: pequeñas huellas del paso de BTS por México que luego son narradas, compartidas y archivadas en redes sociales. (Cf. F. Barrera, “¡‘Namjooning’ en CDMX!…”, Excélsior, 10 de mayo).

Otro episodio ampliamente comentado fue la asistencia de varios integrantes de BTS a una función de lucha libre en la Arena México. Suga, Jimin, Jin y Jungkook estuvieron en primera fila durante una función en la que participaron figuras como “Místico” y “Titán”, lo que provocó una fuerte reacción del ARMY mexicano en redes sociales. La escena adquirió mayor resonancia cuando Suga compartió en Instagram un video de Místico en acción, gesto que fue leído como un cruce inesperado entre el K-pop global y una de las tradiciones más reconocibles de la cultura popular mexicana: la lucha libre o pancracio. Posteriormente, también se comentó que Jin utilizó en el concierto una chamarra asociada con Místico y diseñada con referencias a BTS, gesto que muchas fans interpretaron como una forma de reconocimiento hacia un emblema local. En conjunto, estos episodios muestran cómo la visita del grupo no se limitó al concierto, sino que se extendió hacia símbolos urbanos y populares de la cultura mexicana, rápidamente incorporados al relato afectivo del fandom. (Cf. N+, “BTS desata la euforia en la Arena México… 9 de mayo; y J. Caballero, “BTS, fanático del pancracio mexicano…” La Jornada, 10 de mayo).

Del K-pop a ARMY: propuesta de una definición

BTS se le suele ubicar dentro del K-pop. Los siete miembros de la banda son: RM, Jin, SUGA, j-hope, Jimin, V y Jung Kook. El género musical en el que pueden caber es un cruce entre pop, hip hop, R&B, electrónica y balada. Su historia tiene ya más de 10 años; iniciaron en 2013 bajo la compañía Big Hit Entertainment, hoy parte del conglomerado HYBE. Dentro de sus éxitos está la serie Love Yourself y el álbum Love Yourself: Tear, que llegó al número uno del Billboard 200 en 2018, confirmaron que BTS había dejado de ser solo un fenómeno musical coreano para convertirse en un actor central de la cultura pop global.

BTS suele ubicarse dentro del K-pop, pero al parecer su identidad musical no se agota en esa etiqueta. El grupo nació con una fuerte impronta hip hop que incluía versiones rapeadas, crítica juvenil, cierta “gestualidad urbana”, énfasis en la escritura y una línea de raperos que marcó su primera etapa. Sin embargo, su evolución lo llevó hacia una propuesta más híbrida donde ahora conviven pop, R&B, electrónica, balada, trap, funk, disco y sonidos globales. Por ello es mejor referir a la banda como parte de un proyecto de pop global surcoreano con raíces hip hop. En este caso, el K-pop más que un género musical específico, es una plataforma cultural que articula música, coreografía, moda, video, redes sociales y comunidad fan.

El mismo nombre de la basa es sugerente, ya que son las siglas de Bulletproof Boy Scouts (“chicos a prueba de balas”) en sus letras combinan temáticas de inseguridad, deseo, presión escolar, salud emocional y búsqueda de identidad; con fuerte presencia en redes sociales; cercanía comunicativa con sus seguidores; y una narrativa de esfuerzo, vulnerabilidad y crecimiento. Su expansión internacional se aceleró en la segunda mitad de la década de 2010, impulsada por la organización de su fandom –ARMY-, con circulación digital de videos, traducciones, subtítulos, campañas y contenidos en plataformas.

ARMY no es solo el público que asiste a sus conciertos, sino que se puede definir como una comunidad de interpretación. Son “fans que consumen”, producen prácticas de sentido muy diversas como traducir letras, arman hilos, reconstruyen narrativas y enseñan a otros cómo leer el universo BTS.

Como muchos fandom, su actividad es muy diversa entre generar videos, fuerte actividad en redes sociales, difundir entrevistas. La canción importa, pero está integrada a un ecosistema transmedial. Ser ARMY no significa solamente “gustar de un grupo”, sino que se vive la experiencia de una comunidad afectiva global que quizá en algunos casos puede hacer contrapeso a los distintos niveles de soledad, precariedad emocional o fragmentación social que algunos oyentes quizá puedan experimentar.

En este universo, más que la dimensión estética o racional, es la emocional la que articula comportamientos y discursos. Las letras de las canciones se organizan alrededor de una especie de pedagogía afectiva del “quiérete a ti mismo”: aprender a nombrar la inseguridad, reconocer la vulnerabilidad, atravesar el fracaso, aceptar la tristeza y construir una relación menos punitiva con la propia identidad.

Temas como la autoestima, la salud emocional, la presión sobre la juventud, la soledad o la autoaceptación ayudan a explicar esa conexión que el grupo puede llegar a tener con públicos tan diversos a través de un vocabulario emocional que permite a muchas personas reconocer experiencias reales de malestar, búsqueda de sentido y necesidad de pertenencia.

El éxito de BTS tiene que analizarse desde la transmedialidad que rodea al grupo. Las ARMY no solo reciben canciones o videos: los comentan, traducen, reinterpretan y los conectan con sus propias biografías; materiales todos estos que puedan leerse como un enorme archivo afectivo de época de lo que la experiencia musical.

El fandom, es un espacio de consumo o admiración, pero también opera como “red de acompañamiento simbólico” donde la música se convierte en lenguaje compartido para decir emociones que muchas veces no encuentran lugar en otros espacios sociales.

De manera adicional ARMY se puede definir como un tipo de “inteligencia colectiva digital” en el sentido que logra coordinar saberes, habilidades y acciones dispersas en una escala global. El fandom hace muchas cosas como organizar traducciones, subtitular canciones o también hacer campañas de donación por alguna causa, como fue el caso de la campaña en la que fans igualaron la donación de BTS y Big Hit a “Black Lives Matter”, recaudando más de un millón de dólares en aproximadamente un día.

Este ejemplo no debe idealizarse como si todo fandom fuera automáticamente político o emancipador, pero sí muestra algo importante: las comunidades fan contemporáneas pueden acumular capacidades organizativas, comunicativas y afectivas que luego se activan más allá del entretenimiento.  (Cf. A. Bhandari, “How the South Korean band’s fanbase…” en Reuters 14 julio 2020).

Podemos concluir que el caso BTS muestra cómo la globalización cultural contemporánea no es solo cantar una parte de su repertorio en inglés, ya que también utiliza recursos musicales reconocibles para la industria pop internacional como pueden ser un tipo de estructura más o menos previsible, ganchos melódicos con frases breves y repetibles muy recordables, estribillos diseñados para ser cantados colectivamente entre otros recursos.

El tema del pop nos muestra cómo un elemento de éxito no es únicamente entender la letra, ya que como he dicho la experiencia BTS es una suma de operaciones ya descritas y donde la comunidad ARMY cumple un papel muy importante traducir, contextualizar y enseñar a escuchar.

BTS no es solo “occidentalización” del K-pop, sino un tipo de globalización cultural que no viene de occidente, que viene de un país particular como Corea del Sur que ha sabido a través del entretenimiento y la cultura, construir un soft power y convertirse en generador de estilos, emociones, narrativas, series, relatos e imaginarios, donde aparece el inglés -y parece que no podría dejar de estar- pero lo hace ensamblado a su lengua local dentro de código que puedan ser distinguidos en occidente, y donde naturalmente escuchar música puede ser sinónimo de tipos de bailes, formas de vestimenta asociadas a un entorno temático y afectivo, así como un consumo digital que la afición al grupo condensa y proyecta y explica fenómenos como lo que vimos en mayo en la CDMX.

*Escritor y catedrático de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y de la Universidad Anáhuac México Norte.

23 de junio de 2026