La historia: un puente hacia la paz, no un instrumento de odio
Colaboradores, Diplomacia

La historia: un puente hacia la paz, no un instrumento de odio

Abolfazl Pasandideh*

La historia es la memoria compartida de la humanidad, no un arsenal para las disputas políticas del presente. Cuando un dirigente habla sobre las civilizaciones desde un escenario histórico, asume una responsabilidad que trasciende la política cotidiana: ser fiel a la verdad y evitar sembrar enemistad entre los pueblos. Invocar a Jerjes y las guerras entre Persia y Grecia para construir una imagen denigrante de los iraníes no constituye un ejercicio de comprensión histórica, sino un uso selectivo del pasado.

Irán, una tierra cuyas raíces civilizatorias se remontan a más de cinco mil años, no puede reducirse a unas cuantas escenas de guerra ni a relatos unilaterales. Los vestigios de Susa y de otros centros de esta antigua civilización dan testimonio de su prolongada contribución al desarrollo de la vida urbana y la cultura humana. Ningún discurso político puede reducir semejante patrimonio a una imagen de saqueo y destrucción.

El gobierno de un país que apenas cuenta con 250 años de existencia debería acercarse a esa profundidad histórica con humildad, no como si fuera el tutor de las civilizaciones. Desde luego, la antigüedad no otorga, por sí sola, superioridad moral; tampoco el poder económico o militar concede a ningún gobierno el derecho a denigrar a otros. La credibilidad se sustenta en la honestidad con la que se examina el pasado y en la responsabilidad que se asume por los actos del presente.

Si hemos de hablar del legado aqueménida, ¿por qué detenernos únicamente en las guerras y omitir a Ciro? El Cilindro de Ciro, conocido como la «primera declaración de derechos humanos», hace referencia al retorno de poblaciones desplazadas y a la restauración de santuarios. Aunque no debemos trasladar sin matices los conceptos jurídicos contemporáneos al mundo antiguo, este documento ocupa un lugar valioso en la reflexión sobre la tolerancia y el respeto a distintas creencias.

Persépolis tampoco representa únicamente esplendor arquitectónico. Sus registros administrativos ofrecen testimonios del pago de salarios y del suministro de alimentos a trabajadores y artesanos. Estas evidencias cuestionan la visión simplista que atribuye todos los grandes monumentos de la antigüedad exclusivamente al trabajo de personas esclavizadas. Comprender la civilización iraní exige considerar también estos documentos, en lugar de repetir solamente los relatos que resultan útiles para la confrontación política.

Pero la pregunta fundamental no se refiere únicamente al pasado. ¿Con qué autoridad moral una potencia que lleva en su historial el uso de bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki –cuyos bombardeos evocan la tragedia humana del empleo de armas nucleares y las consecuencias devastadoras de las decisiones políticas y militares–, se erige en juez de la destrucción causada por otros? Esos dos nombres siguen recordando un sufrimiento que ninguna pretensión de superioridad civilizatoria puede borrar de la memoria de la humanidad. Hablar de ética exige, ante todo, el valor de examinar la propia trayectoria.

En nuestros días, el nombre de Minab también se ha convertido en una dolorosa interpelación a la conciencia del mundo. El ataque del 28 de febrero de 2026 contra la escuela Shajareh Tayyebeh arrebató la vida a numerosos niños y otros civiles; los reportes oficiales señalaron un saldo de 168 personas fallecidas.

Una investigación de la agencia Associated Press, sustentada en imágenes y evidencia satelital, señaló la responsabilidad de la potencia atacante y documentó su negativa a reconocerla y a publicar íntegramente los resultados de la investigación. Las familias de las víctimas merecen verdad, justicia y respuestas claras.

Quien retrocede dos mil quinientos años para condenar la destrucción debe ser capaz de responder también por la devastación de una escuela en su propio tiempo. Si la protección de la infancia es un valor humano, no puede depender de la geografía, la nacionalidad o la conveniencia política. La autoridad moral no se obtiene mediante discursos: se construye asumiendo responsabilidades y demostrando respeto por la vida humana.

Los avances tecnológicos y la creciente capacidad de registrar y difundir pruebas han hecho más difícil monopolizar los relatos. Hoy, una imagen, el testimonio de un sobreviviente o una investigación independiente pueden cuestionar la versión oficial de quienes ostentan el poder. La tecnología no significa, por sí misma, el fin del engaño; tampoco se puede considerar a la opinión pública como una audiencia pasiva que acepta cualquier mensaje propagandístico como verdad por el simple hecho de escucharlo repetidamente. La propaganda imperialista tampoco está exenta de esta crítica y este escrutinio.

Para el público mexicano, la importancia de respetar la memoria histórica y la dignidad de los pueblos resulta especialmente comprensible. Ninguna sociedad acepta que otra, amparada en su poder, pretenda redefinir su historia y su identidad. El mismo respeto que exigimos para nuestra cultura y nuestra independencia debemos reconocerlo a las demás naciones.

Los iraníes y los griegos de hoy son herederos de dos grandes civilizaciones; no están condenados a repetir las guerras de la antigüedad. Entre ambos pueblos hay espacio para hablar de filosofía, arte, ciencia, turismo y amistad. Honrar a Grecia no requiere denigrar a Irán, del mismo modo que sentir orgullo por Irán no exige menospreciar a ninguna otra civilización.

La responsabilidad de la diplomacia es abrir caminos hacia el futuro. En lugar de desenterrar enemistades del pasado, debemos propiciar el conocimiento mutuo y el acercamiento entre los pueblos. Para hacer frente a la guerra, la pobreza y las crisis compartidas, la humanidad necesita cooperación, no una nueva división del mundo entre civilizaciones merecedoras de respeto y pueblos destinados al desprecio.

El odio engendra odio; cultivar el afecto y el respeto fortalece la amistad y la cercanía entre las naciones. Si hemos de aprender una lección de la historia, que sea la necesidad de la paz. La verdadera grandeza de una civilización no reside únicamente en los monumentos que ha legado, sino también en lo que hace hoy para proteger la dignidad humana y construir un futuro compartido.

*Embajador de la República Islámica de Irán en México

13 de octubre de 2026