En los labios del viento
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En los labios del viento

Sergio Lugo*

“¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.

La plaza amaneció barrida; los periódicos dieron como noticia principal el estado del tiempo.

Y en la televisión, en el radio, en el cine no hubo cambio de programa, ningún anuncio intercalado ni un minuto en el banquete.

(Pues prosiguió el banquete)…”

Ese es el fragmento del poema “Memorial de Tlatelolco”, de Rosario Castellanos, el cual se encuentra en una estela colocada en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, para conmemorar la matanza del 2 de octubre de 1968. Cuando leí la placa, hace muchos años, fue la primera vez que supe del nombre de la poeta.

Elena Poniatowska, a sus 94 años, ha publicado su último libro, titulado “Rosario Castellanos. En los labios del viento he de llamarme árbol de muchos pájaros”. (FCE México). Es un ensayo sobre la mujer que escribió acerca de los indígenas de Chiapas y sobre el amor.

Poniatowska le rinde homenaje a otra escritora, que quizá estuvo perdida entre tanta penumbra, del boom latinoamericano, de los hombres. Resalta a Rosario en su faceta como artista, pero también a la mujer en su vida privada, que, en ocasiones, era hasta trágica y cómica al mismo tiempo.

Rosario Castellanos nació el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México, y murió el 7 de agosto de 1974 en Tel Aviv, mientras era embajadora del gobierno de México, en Israel.

En 1950 presentó su tesis de maestría en Filosofía, en la UNAM ante Leopoldo Zea, y otras personalidades. Se titulaba “Sobre cultura femenina”, y ahí se preguntaba qué era la cultura y si su acceso le había sido negado a las mujeres.

Al parecer hasta después de su muerte, se le empezó a reconocer, Elena escribe sobre Rosario: “Mito o no, institucionalizada en los setenta, adulada, condecorada, y reconocida por los grupos de poder, Castellanos fue una figura bien ajena a los que pretendían beatificarla. Fue ante todo, una mujer de letras, vio claramente su vocación de escritora y ejerció siempre su oficio. Poeta, novelista, cuentista, analista política en el diario Excélsior, amó esencialmente y ante todo la literatura, la estudió, la divulgó…”

Elena explica que Rosario siempre estuvo ligada a la muerte, como ningún otro escritor, y cita su poema titulado “La muerte”:

“… Es lo único que espero; ella es el hada que habrá

de liberarme de este cuerpo

de esta materia cruel que impide al alma

abrir las alas y emprender el vuelo…”

También el desamor, es una especie de muerte para la poeta, que padece a gritos y divulga a todo momento, que grita que quiere morirse, menciona sus poemas “El retorno” y “Advertencia al que llega”, sobre el amor “Lo cotidiano”.

De hecho, Rosario murió electrocutada con una lámpara casera, en la sede de la embajada en Israel.

Igualmente, Rosario desde niña se sentía sola, y así toda su vida, pero creo que también hablaba de la soledad de la mujer y la moral puritana, escribió:

“Mi experiencia más remota radicó en la soledad individual; muy pronto descubrí que en la misma condición se encontraban todas las otras mujeres a las que conocía: solas solteras, solas casadas, solas madres. Solas, en un pueblo que no mantenía contacto con las demás. 

Solas, soportando unas costumbres muy rígidas que condenaban el amor y la entrega como un pecado sin redención…”

Elena cuenta que Rosario pasó del amor al desencanto: “además de su matrimonio, pierde también la fe, se instala en ella un sentimiento desconocido: el del rencor; en su silencio rumia su despecho. Pierde un hijo, una hija, se siente despreciada, su papel de esposa le parece deleznable. Da como ejemplo el poema “El día inútil”.

Rosario jamás se reivindicó, y eso le agrada a Elena, sobre todo, cuando la poeta fue el centro de atención, en el gobierno de Echeverría: “nunca recurrió a la publicidad, aunque no la evitó (en el momento, por ejemplo, en que el Presidente Echeverría la nombró embajadora, y se convirtió en el sarampión de las esposas de todos los funcionarios en el poder), y la visión que daba de sí misma jamás fue airada ni displicente sino intimista y disminuida.”

Castellanos también fue una buena diplomática, Elena enumera sus aciertos como embajadora en Israel: “Los contratos petroleros entre México e Israel se llevaron a cabo. Los intercambios de ingenieros agrónomos expertos en la agricultura (el riego por goteo) dependieron de su entusiasmo; aumentó el número de becarios del CONACYT. Promovió una semana de cine mexicano.”

Durante una conferencia, Rosario le pide a las mujeres que no dejen de estudiar, y que no renuncien a su carrera:

“¿En cuántos casos la renuncia nos es impuesta desde afuera por una sociedad que todavía no admite que el desarrollo de una serie de capacidades no va en detrimento de la rutina?

¿En cuántos casos las mujeres no se atreven a cultivar un talento, a llevar hasta las últimas consecuencias la pasión de aprender por miedo al aislamiento, a la frustración sexual y social que todavía representa entre nosotros la soltería?”

Emilio Carballido le aconsejó a Castellanos recuperar sus recuerdos de infancia, y surge la primera de sus novelas “Balún Canán”, la cual, Elena considera que, “más que la vida de los chamulas, relata su soledad de niña, los indígenas son su apoyo, la injerencia de la nana es definitiva, pero lo importante para Rosario es esta niña que mira caer la lluvia contra la ventana y se siente culpable de la muerte del hermano menor, Benjamín Castellanos.”

Y en la segunda novela de Rosario, “Oficio de tinieblas”, Elena describe: “Catalina Díaz Puijla, indígena, estéril, trata de romper su condición de oprimida al volverse bruja para suscitar así el temor, salir de la indiferencia.

Tanto en “Balún Canán” y en “Oficio de tinieblas”, Rosario describe lo que ha visto, se apega a la realidad. No hay en ella nada de surrealismo, no reúne elementos alejados ni disímbolos por más que así pueda parecerlo; su objetivo es la realidad, y una realidad congruente y previsible en Comitán.

Incluso en sus novelas (ya citadas), y en sus cuentos de “Ciudad real” y “Los convidados de agosto”, Rosario refleja la cotidianidad. Lo fantástico, lo mágico, proviene de la situación fielmente descrita, no del delirio de la autora.”

Los temas de la obra de Rosario, y objetos altruistas, se deben a sus vivencias personales, a su entorno, Elena explica:

“Rosario se siente culpable, quiere pagar su tributo. De estos sentimientos deriva su interés por los oprimidos: los indígenas, los campesinos mexicanos, y las mujeres con quien se solidariza…

Ella sufre. En su obra hay dolor… Rosario les dedica poemas a los hijos que antecedieron a Gabriel, a los tristes, a los desventurados, a las solteras, a las abandonadas.

Habría que recordar también que Rosario regala sus tierras en Chiapas, al menos lo que le quedaba de ellas, en el momento en que decide regresar a San Cristóbal, y trabajar en el Instituto Indigenista”.

Elena reflexiona que en México fabricamos mitos, que no solemos verificar la información, creo que ahí, la escritora escribe como periodista (ese es un mensaje para todos nosotros), en el sentido de entrevistar a los personajes, leer su obra, preguntar a sus amigos, y justamente, cree que a Rosario le hicieron eso:

“Solemos inventar personajes, fabricar mitos. No nos basta el mito de la Coatlicue, el de la Malinche, el de la Virgen de Guadalupe; a 460 años, seguimos elaborando vidas, ahora sí que imaginarias, urdimos tramas que generalmente resultan pobres al lado de la realidad…

Y lo cierto es que desde ahora hemos empezado a falsearla (a Castellanos) a dar de ella una imagen parcial, a escamotear aspectos de su vida… Tal parece que los seres de carne y hueso no sirven como fuentes de información, por lo tanto no recurrimos a ellos, no recabamos datos de todos los amigos y conocidos de Rosario.”

Además, Elena propone conocer y escribir nuestra propia historia y la de México:

“Es urgente que documentemos nuestro país, la hagamos (la historia) sobre la marcha, con los materiales a la mano, en presencia del que aún vive, que no esperemos la caducidad de un suceso para intentar su esclarecimiento.

Rosario murió y ahora tratamos de explicárnosla. Con sólo abrir su libro de poesía tendríamos una pista segura porque ninguna obra ligada a la propia vida como la de esta escritora.”

Elena cuenta que siempre la gente le pregunta sí Rosario Castellanos se suicidó, a lo que responde que no, que las mujeres tienen medios más simples que electrocutarse. Y que en la literatura femenina, las mujeres son contestatarias, si no del régimen, al menos de su régimen interior. De alguna manera están atrapadas por los parámetros de la sociedad. Y quizá esa es la razón de que muchas mujeres se sienten identificadas con Rosario.

Al mismo tiempo, Castellanos vivió el dolor del amor, de su matrimonio, de su maltrato y de la desesperanza, menciona tres poemas: “Desamor”, “Agonía fuera del muro”, y “Lo cotidiano”.

Acerca de la estructura social en Chiapas y la Reforma agraria, Elena explica: “Rosario no se enajena en Chiapas porque nadie la convierte en bestia de carga pero sufre moralmente; se da cuenta de que muy poco puede hacer por los indígenas sí no hay cambio de estructuras sociales. Los cambios los hizo Lázaro Cárdenas cuando hizo el reparto agrario, lesionando así los intereses económicos de la familia Castellanos”.

Al respecto Emmanuel Carballo le preguntó a Rosario, sí sus obras narrativas forman parte de la corriente indigenista, ella lo niega:

“Los indios son seres humanos absolutamente iguales a los blancos, solo que colocados en una circunstancia especial y desfavorable. Como son más débiles pueden ser más malos, más violentos… Lo que ocurre es que viven en una miseria atroz. Es necesario describir cómo esa miseria ha atrofiado sus mejores cualidades… La única diferencia, y no es pequeña, es que los indios son siervos, y los blancos reservan para sí el papel de amos”.

A mi parecer Elena Poniatowska, con este ensayo, quiere describir y resaltar a Rosario Castellanos, como la mujer que fue, la escritora, la poeta, el ser humano, con una vida llena de calamidades, es un regalo de una mujer a otra mujer.

Claudia Sheinbaum cuando fue Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, fundó la Universidad “Rosario Castellanos”, de alguna manera, para homenajear a esta mujer, ahora como Presidenta de la República, está creando campus de dicha universidad, en varias partes del país, es otra forma de reivindicar el derecho de las mujeres al estudio. Estoy seguro que así, y con este libro, varias personas se van a animar a leer a la poeta.

A manera de conclusión, Poniatowska se refiere a Castellanos:

“Si hago énfasis en la obra de Rosario es porque su obra lo refleja. Además, nunca escondió su vida. Al contrario, la exhibió tal y como era…

No pretendo saber más que los demás o hacer revelaciones, sólo puedo decir lo que vi.

Lo que sí quisiera es que la obra y vida de Rosario Castellanos fueran el mejor alegato para que todas las mujeres que tienen alguna vocación creativa siguieran adelante y creyeran en sí mismas”.

“Voy a morir de amor, voy a entregarme

al más hondo regazo.

Yo no tendré vergüenza de 

estas manos vacías ni de esta

celda hermética que se llama Rosario.

En los labios del viento he de

llamarme árbol de muchos pájaros”.

Rosario Castellanos.

Este libro lo presentará Elena Poniatowska durante la “Feria del Libro del zócalo de la Ciudad de México”, el próximo domingo 11 de octubre, 15:30 horas.

7 de octubre de 2026