Antonio Medina Trejo*
En mi libro La Representación Social de los homosexuales en los Medios de Comunicación (UACM-2015), documenté cómo los mass media informaron durante todo el siglo pasado las noticias relacionadas con los homosexuales, que partían de prejuicios, morbo, escarnio, estereotipos y una discriminación cotidiana.
Escribí entonces que “las representaciones en periódicos y la televisión, -a pesar de cambios registrados con el tiempo-, los homosexuales siguen siendo figuras estereotipadas que no dan cuenta de lo diverso y amplio que es este sector de la población” y que esas imágenes “impiden que la comunidad LGBT encuentre referentes dignos para identificarse mientras que la sociedad los reduce a sujetos cuyo único atributo destacable es su sexualidad”.
El movimiento de la diversidad sexual se quejaba todavía a inicios del actual milenio de la invisibilización de su lucha en los medios y reclamaba una representación más realista y digna de personas gays, lesbianas, bisexuales y trans (LGBT). Gracias a los avances en leyes y políticas públicas empujadas por el activismo sexodiverso, se fueron dando cambios positivos en la cobertura mediática y la representación de la diversidad sexual, destacando el reconocimiento de derechos, particularmente en las dos primeros décadas del Siglo XXI.
Hoy, las noticias sobre lo LGBT tienen una hipervisibilización que ha permitido posicionar demandas sociales y la lucha por el acceso a espacios que antes les fueron negados, en los ámbitos político, mediático, empresarial, el deportivo y artístico.
No obstante ese avance, también ha habido hostilidad por la amplia difusión de los logro, reclamos y demandas del movimiento de la diversidad sexual, a partir del estigma que se heredó del siglo pasado, el cual impactó con eficacia en la cultura heteronormada del México macho y homofóbico que hoy seguimos padeciendo a pesar de algunos logros.
Éste fenómeno comunicacional se ha amplificado en las redes sociales, que si bien son un vehículo extraordinario de conexión con los diversos grupos de la sociedad, también han sido el espacio libre para ejercer la discriminación contra quienes osan vivir su sexualidad fuera de la heteronorma, pues en comentarios y memes LGBTfóbicos, se sigue reforzando el ocultamiento o negación colectiva de la homosexualidad, como lo explicó el teórico Erving Goffman, quien planteó que la estigmatización colectiva de los personajes sociales que salen de la norma, activa mecanismos culturales cuando son expuestos públicamente.
Es así que podemos ver que la cobertura de temas homosexuales era clara para los jefes de redacción de los periódicos de todo el siglo pasado, quienes decidían si el “maricón” salía como chiste, enfermo, degenerado o como el infractor que rompía las reglas de la moral y las buenas costumbres, o, de hecho, simplemente optaban por vetar esa información obedeciendo la línea editorial del medio.
Las coberturas periodísticas a ocho columnas de jotos, lilos u hombres “de costumbres raras” era violencia simbólica desde el espacio mediático, que administraba la visibilidad y la abyección de esos personajes sociales, tal como sucedió en 1901 con la exhibición de los homosexuales que asistieron al famoso Baile de los 41, quienes fueron caricaturizados para la eternidad por el grabador José Guadalupe Posada.
Hoy, con el vertiginoso avance en la comunicación digital y las redes sociales, y luego de haber logrado que los medios convencionales tuvieran coberturas más respetuosas, o cuando menos, políticamente correctas, el cuestionamiento puede ser otro ante la hipercomunicación que vivimos y la inmediatez de sucesos en nuestros dispositivos móviles: ¿qué pasa cuando la noticia se da y el algoritmo refuerza estigmas sociales? ¿A caso el algoritmo hoy tiene más la capacidad de editorializar la noticia con la suma de likes, emogis o hashtag?
Manuel Castells llamó desintermediación[1] a la caída de los mediadores tradicionales en la esfera pública, representada (en este caso) por los dueños de los medios, los jefes de información y aún los mismos reporteros o fotógrafos, quienes tuvieron el poder de decir el qué, el cómo y el porqué de manera horizontal, reflejando más los intereses políticos, ideológicos o religiosos del poder mediático, que por la opinión de las audiencias.
Hoy, las industrias culturales se han abierto al amplio espectro social donde se les consume. La cultura participativa ha democratizado los medios, ya no solo consumiendo, sino aportando “sentido” a la información con el poder del dedo, que al oprimir el botón digital, editorializa la información convirtiéndola en trending topic. En teoría, ese fenómeno rompe con la comunicación vertical y la democratiza. En la práctica, desmonopolizó el poder mediático de la LGBTfobia y hoy la masa posee ese poder en las redes, para bien y para mal.
Antes, el pánico moral lo construía ¡Alarma! una vez por semana o de manera cotidiana La Prensa con titulares estigmatizantes y con imágenes que exhibían a homosexuales en redadas, travestidos, en fiestas “indecentes” o asesinados. El mensaje era mostrar la abyección de quienes no eran heterosexuales y trastocaban la “moral social”, esa que no perdona la diferencia.
A pesar de los avances libertarios que ha logrado el activismo desde finales del siglo pasado, hoy un comentario sobre una noticia de una chica trans indigente que fue levantada por la “Patrulla Moral” en Tijuana, que antaño hubiera sido nota local, se convirtió en minutos en noticia nacional e internacional al viralizarse en redes sociales antes de llegar a la redacción de los medios, generando millones de vistas y cientos de miles de comentarios transfóbicos.
Este fenómeno, que se suscitó previo al 17 de mayo, Día Internacional contra la LGBTfobia, invita a reflexionar sobre cómo es que los medios electrónicos, ya sean los convencionales o en redes sociales de influencers, convierten esas noticias en hiperpopulares, al tiempo que administran el miedo reforzando estigmas culturales latentes en la sociedad.
Esas narrativas, sin proponérselo muchas veces, responden a intereses ideológicos de grupos de poder político, religioso o económico, en el que si das like a un video anti-trans, por ejemplo, tu red social puede tener el beneficio de quienes piensan como tú, pero también puede atraer a quienes te van a etiquetar como alguien woke o “progre” que apoya la “ideología de género”, por lo que serás blanco de las hordas cibernéticas anti-trans.
Vamos, el periódico de papel ya no está en el quiosco de periódicos, se trasladó a tu celular, pero ahora con la posibilidad de recibir mensajes de todo tipo, incluido el hate (odio) que germina y se multiplica por miles o millones en las redes sociales.
En este sentido, es importante decir que el algoritmo no necesariamente responde a una ideología, sino a las métricas, y el odio social que permanece en la sociedad contra quienes rompen con la norma, engancha como lo hizo el morbo en el puesto de periódicos por más de un siglo con la comunicación vertical, esa que era sólo de ida, que impactó desde el lugar físico con esa idea de Cornelius Castoriadis llamada imaginario social.
* Activista y periodista independiente. @antoniomedina41
[1] Castells, Manuel. (2012). “Redes de indignación y esperanza: Los movimientos sociales en la era del Internet”. Madrid. Alianza.





