Tanius Karam
El 15 de mayo de 2026 se publicó la primera encíclica de León XIV titulada; “Magnifica Humanitas”, dedicada a la “custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”.
La propia Santa Sede la vincula simbólicamente con el 135 aniversario de Rerum Novarum, la en cíclica social de León XIII de 1891, en el contexto de la revolución industrial, donde la Iglesia se vio obligada a pensar el conflicto entre capital y trabajo. La revolución algorítmica obliga ahora a pensar la relación entre técnica, persona, poder, datos, trabajo y verdad.
Se ha comentado mucho sobre el paralelismo de estas dos encíclicas. A finales del siglo XIX, el conflicto capital-trabajo todavía suponía una relación de dependencia mutua: el industrial necesitaba al obrero; se podía negociar sobre salario, condiciones laborales o derecho de asociación. En cambio, hoy el poder tecnológico puede funcionar sin una masa trabajadora equivalente, en el sentido que necesita chips, centros de datos, energía, ingenieros altamente especializados y plataformas.
Una encíclica es un tipo de carta solemne del Papa dirigida a obispos, fieles católicos y “a todas las personas de buena voluntad”. No es ley o tratado técnico, sino un documento de magisterio pontificio que funciona como orientación doctrinal, moral y pastoral de la Iglesia. En este tipo de documentos, se suelen abordar grandes problemas de época como justicia social, paz, economía y familia.
Los relatos noticiosos destacaron que en la presentación de la encíclica, estuvo presente el cofundador de Anthropic, Chris Olah, lo cual es interesante porque El Vaticano no está confrontando al constructor de la tecnología, sino que lo invita. Tal vez podemos interpretar este gesto, en el sentido que la regulación moral de la IA depende en parte de la “buena voluntad” de las mismas empresas que concentran ese poder técnico que se cuestiona y que nos asoma una de las críticas que se puede hacer de Magnifica Humanitas, en el sentido de asomar una crítica moralmente muy atendible, pero débil y poco práctica en lo operativo.
Leyendo la Encíclica, algunas ideas
La idea central es que la Inteligencia Artificial (IA) puede ser una herramienta valiosa, pero solo si permanece subordinada a la persona humana, al bien común, a la justicia social y a una concepción integral de la dignidad. El texto rechaza tanto el entusiasmo ingenuo como el miedo paralizante hacia la tecnología y propone discernimiento, responsabilidad, regulación, educación crítica y una nueva alianza entre instituciones, empresas, escuela, universidad, sociedad civil y comunidades religiosas.
Por ejemplo, en el capítulo 2 del documento, leemos los elementos conceptuales básicos: el valor de la persona, la idea del “bien común” o la extrema concentración de grandes corporaciones. En sintonía con la Rerum Novarum, el tema de la justicia social, que impide aceptar una tecnología eficiente si produce exclusión, dependencia o nuevas formas de explotación.
El capítulo más vinculado a la IA es el tercero, donde el papa aclara que la intención del documento es ofrecer criterios morales y sociales y reconoce que la IA cambia muy rápido. Se señala que esta tecnología no debe equipararse a la inteligencia humana, ya que, puede procesar datos, producir lenguaje, calcular y simular comprensión, pero no posee cuerpo, experiencia, conciencia moral, responsabilidad, compasión, ni sabiduría.
El documento critica el “paradigma tecnocrático”, o la tendencia a considerar que todo problema humano puede resolverse mediante control, cálculo, eficiencia y optimización; y también cuestiona las narrativas “transhumanistas” y “posthumanistas”, cuando prometen superar la fragilidad humana como si el límite, el cuerpo, la vulnerabilidad o la dependencia fueran defectos que deben eliminarse.
El capítulo cuatro es quizá más relevante para una reflexión comunicativa, pues se reivindica una “ecología de la comunicación” que pasa por la transparencia en los algoritmos de selección y amplificación, protección de datos, periodismo serio, verificación, debate público argumentado y educación crítica.
De las temáticas que aborda, una de las que más preocupa, es respecto a la automatización en el trabajo. El documento señala que éste tiene valor antropológico pues permite participar en la sociedad, cooperar, crear, sostener familias, desarrollar capacidades y construir identidad. En la era de la IA y la robótica, ya no se puede confiar únicamente en la “mano invisible” del mercado. La política debe orientar la economía tecno lógica hacia el bien común, el trabajo digno, la inclusión social y la distribución equitativa de los beneficios de la innovación.
De manera adicional a lo dicho, conviene subrayar la idea que la tecnología no es neutral cuando opera dentro de sistemas económicos, militares, educativos y comunicativos. La encíclica muestra preocupación por la concentración del poder digital como problema ético y político, no solo técnico. La encíclica llama a desplazar la pregunta de “qué puede hacer la IA” hacia otra más profunda: qué tipo de humanidad, sociedad y poder estamos construyendo con ella.
Discusiones y debates
Dentro de las varias discusiones que pueden desprenderse del documento, el primero es, sin duda, el término o palabra más citada respecto a la que la IA debe ser “desarmada”, es decir, liberada de usos orientados al dominio, la guerra, la exclusión, la vigilancia, la manipulación o la mercantilización de la persona. Aparte de pensar que “la inteligencia artificial debe ser desarmada”, cabe señalar quién tiene capacidad para desarmarla, si quienes la desarrollan ya concentran el poder técnico, económico y estructural.
El verbo “desarmar” proviene del campo militar y la expresión sugiere que la IA puede convertirse en un instrumento de dominio, exclusión o muerte. Pero decir solo en lo general que sea “des armada” no es suficiente, si no se especifica quién y cómo la va a desarmar: con qué mecanismos, con qué poder jurídico, económico o político, y frente a qué actores concretos.
El verbo “desarmar” puede ayudarnos a recordar un concepto que tuvo su moda hace pocas décadas “deconstruir”, y que hoy podemos recuperarlo para estudiar cómo la IA se conecta con el empleo, las empresas tecnológicas y el “tecnofeudalismo”, término que nos recuerda la necesidad de desplazar la discusión de que “la IA quitará empleos” hacia otras preguntas más profundas, por ejemplo, qué tipo de orden eco nómico y social está emergiendo alrededor de las plataformas inteligentes.
Este elemento que podemos llamar “discursos fáciles” sobre el “apocalipsis laboral” se pondera a los cuatro vientos sin datos, como el hecho, sin más, que la IA va eliminar trabajos. Si bien, la expresión puede ser polémica, cabría avanzar en análisis sobre las consecuencias laborales de IA a partir de sectores, rangos de edad, regiones, y, otra vez, la precisión de qué grupos son quienes controlan esta infraestructura y qué tipo de decisiones que podrían definir el futuro del trabajo y la vida social.
Lo que queremos decir es culpar: a la IA de fenómenos multicausales, por ejemplo, la des aceleración del empleo juvenil que habría comenzado antes de la irrupción pública de ChatGPT, por lo que no puede atribuirse mecánicamente a esta tecnología. También, algunos estudios han señalado que el aumento del desempleo juvenil en Estados Unidos ha sido mayor en ocupaciones menos expuestas a IA, como construcción, entrenamiento físico o trabajos manuales.
Algunos recién graduados en sectores con mayor uso de IA han te nido resultados laborales ligera mente mejores, no peores. Podemos concluir en ese sentido que la IA puede tener efectos laborales rea les, pero el relato dominante exagera o simplifica el fenómeno.
El caso es que pocas veces se menciona que la IA puede usarse como excusa narrativa para obscurecer otro tipo de problemas, como por ejemplo lo que supuso la sobrecontratación en alguna industria, las presiones de accionistas, costos excesivos, ajuste financiero o errores estratégicos. El hecho de decir que Amazon, Microsoft, Google y Meta despiden trabajadores por la IA también podría leerse como una forma elegante de no reconocer errores de gestión. Se presenta con facilidad a la IA como una fuerza inevitable, casi natural, cuando en realidad muchas veces se trata de decisiones empresariales concretas revestidas de inevitabilidad tecnológica.
Casos y Reflexiones y bots
Hemos sugerido la importancia de dar seguimiento a casos, incrementar la investigación por encima de los “discursos fáciles” o las denuncias de supuestos apocalipsis que son objeto de viralización y atención a quien los pregona. Como ejemplo de cómo estos mitos de eficiencia, neutralidad o del carácter intocable de la IA, veamos dos casos:
El primer es el caso de la empresa sueca de servicios financieros Klarna, anunció en febrero de 2024 que su asistente de IA, desarrollado con OpenAI, había atendido 2,3 millones de conversaciones en su primer mes; equivalentes a dos tercios de sus chats de atención al cliente. La empresa afirmó que el sistema hacía el trabajo equivalente a 700 agentes de tiempo completo, reducía tiempos de resolución de 11 minutos a menos de 2 minutos, y podía aportar unos 40 millones de dólares en mejora de beneficios durante 2024.
Si bien el primer relato público fue de éxito: más rapidez, menor costo, disponibilidad permanente, el relato pareció alimentar la idea seductora de IA como sustituto masivo de personal de soporte.
Sin embargo, un año después, diversos reportes señalaron que Klarna volvió a contratar o reforzar atención humana, al reconocer que muchos usuarios seguían necesitando hablar con personas, sobre todo en casos complejos o sensibles. La empresa no abandonó la IA: el chatbot siguió manejando una parte importante de las consultas, pero se aceptó que la estrategia no podía ser simplemente “IA en lugar de humanos”.
El segundo es, el de la aerolínea Air Canada; es todavía más interesante porque no solo muestra un problema de calidad, sino de responsabilidad jurídica. En 2022, Jake Moffatt consultó el chatbot de Air Canada sobre tarifas por duelo familiar. El chatbot le indicó que podía comprar el boleto y solicitar después el reembolso o ajuste correspondiente.
Sin embargo, otra página del sitio de Air Canada decía lo contrario: las tarifas por duelo no aplicaban retroactivamente a viajes ya realizados. Moffatt siguió la información del chatbot, compró los boletos y después Air Canada rechazó el reembolso. El caso llegó al Civil Resolution Tribunal de British Columbia. El tribunal concluyó que Air Canada era responsable por la información ofrecida en su propio sitio web, aunque esa información hubiera provenido de un chatbot y no de una persona.
Estos casos ayudan, como seguramente muchos más a delimitar el debate de la automatización y querer atribuir juicios mágicos. El caso de Klarna muestra que la IA no sustituye simplemente tareas; reorganiza responsabilidades ya que cuando una empresa automatiza atención al cliente, también redistribuye quién escucha, quién responde, quién decide, quién corrige errores y quién asume el daño cuando algo sale mal.
El de Air Canada es distinto, pues revelan la complejidad de la atención al cliente y la importancia de una autoridad que pueda defender los derechos de clientes. El contexto era un viaje por fallecimiento familiar: no era una consulta trivial, sino una situación emocionalmente sensible.
Es cierto que la automatización puede servir como estrategia empresarial para reducir costos, pero también como desplazamiento de carga hacia el usuario. Se asume a clientes y usuarios; algo más que simples clicks y cómodo acceso a la información, sino nuevas competencias -como de hecho, demanda toda tecnología-, que requiere saber verificar, conocer las formas de reclamo, guardar evidencias y mostrar los errores de la máquina. De todo ello, lo que queremos decir es superar la “narrativa de inevitabilidad” ante esta tecnología: no todo lo que puede automatizarse debe automatizarse, y no toda automatización genera mejores resultados sociales.
Es cierto que el valor de la Encíclica radica en decir algo más en una institución de tanto peso como la iglesia Católica, pero nombrar moralmente algo, no equivale a resolver los problemas que se sugieren en el documento. La regulación de la IA no depende de solicitar a las grandes empresas que sean generosas, prudentes o responsables, pues históricamente, ha sido insuficiente apelar a la auto-regulación de corporaciones mediáticas.
La encíclica Magnifica Humanitas tiene un valor porque nos invita a discutirla desde diversos ángulos. El Vaticano aparece como una instancia moral relevante, pero insuficiente para atenuar o resolver algo frente a un poder tecnológico concentrado que, con frecuencia, supera el poder de los mismos Estados. No todo es desarrollo tecnológico o principios morales, sino que quizá principalmente un tema político; estratégico que nos obligue a superar lo que hemos llamado “discursos fáciles” y nos lleve a analizar la IA desde la propiedad, infraestructura, el poder de decisión, la regulación, impacto en la democracia y distribución social de los beneficios.
Escritor y catedrático de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y de la Universidad Anáhuac México Norte





