Norma Julieta Del Rio Venegas*
Durante décadas, informarnos parecía un acto relativamente sencillo. Había un periódico, una estación de radio o un noticiario en televisión. Podíamos cuestionar la línea editorial o los intereses detrás de un medio, pero existía una ruta reconocible: alguien investigaba, verificaba, editaba y asumía responsabilidad sobre aquello que llegaba a las audiencias.
Internet rompió esa ruta. Hoy cualquiera puede producir y distribuir información desde un teléfono; una publicación puede alcanzar miles de personas sin pasar por una redacción. Las redes sociales cambiaron nuestra relación con la información, pero la inteligencia artificial está llevando esta transformación más lejos: ya no sólo modificó dónde encontramos contenidos, sino cómo se producen, seleccionan y cómo buscamos respuestas.
El Digital News Report 2026 del Reuters Institute señala que, por primera vez, las redes sociales y plataformas de video son, entre 48 mercados, la vía más utilizada para acceder a noticias en línea: 54% frente a 51% que recurre a sitios y aplicaciones de los medios. Entre menores de 35 años, 16% reporta utilizar chatbots de inteligencia artificial para informarse. En México, el informe de 2025 ya documentaba la creciente importancia de las redes sociales para el consumo de noticias.

El viejo camino de “buscar una noticia y entrar al medio que la publicó” está dejando de ser el único. La información llega mezclada con entretenimiento, opiniones, publicidad y recomendaciones. El algoritmo decide qué aparece primero y, en algunos casos, una herramienta de inteligencia artificial resume o responde sin que la persona consulte directamente la fuente original.
Aquí aparece una pregunta fundamental: ¿qué pasa con la verdad cuando dejamos de ver con claridad de dónde viene la información?
No se trata únicamente de saber si una publicación es verdadera o falsa. El desafío es conocer quién produjo un contenido, con qué propósito, a partir de qué datos y qué fuentes utilizó. La transparencia, que durante años hemos asociado con las instituciones públicas, también se vuelve indispensable en el ecosistema digital.
La inteligencia artificial puede redactar textos, generar imágenes, clonar voces, producir videos y responder preguntas en segundos. Estas capacidades tienen aplicaciones valiosas para el periodismo: transcribir entrevistas, ordenar información, identificar patrones o apoyar tareas repetitivas. El problema no está en utilizar tecnología. Aparece cuando dejamos de saber cómo fue utilizada, qué información alimentó al sistema y quién responde por el resultado.
Por eso, la discusión no debería reducirse a si las máquinas sustituirán a periodistas. La cuestión más urgente es cómo garantizar que estas herramientas no debiliten la verificación, la contextualización y la responsabilidad editorial. Una herramienta puede acelerar una tarea, pero no convertir automáticamente un dato en un hecho comprobado. Puede generar una respuesta convincente y equivocada; puede presentar una imagen impecable de una realidad que nunca ocurrió.
El Digital News Report 2025 encontró que las personas esperan que la inteligencia artificial haga las noticias más baratas y oportunas, pero también menos transparentes, precisas y confiables. La velocidad tecnológica trae beneficios, pero también dificulta la comprobación.
Y aquí la transparencia vuelve a ocupar un lugar central. Si un contenido fue elaborado con apoyo de inteligencia artificial, ¿debería informarse? Si una fotografía fue generada artificialmente, ¿debe identificarse? Si una plataforma resume una noticia y omite un dato esencial, ¿quién explica esa decisión? No existe una respuesta única para todos los casos, pero sí un principio: las personas necesitan elementos suficientes para comprender la información que reciben.
Las nuevas generaciones viven especialmente esta transformación. El Reuters Institute reporta que, entre las personas de 18 a 24 años, las redes sociales son ya la principal vía de acceso a las noticias y que Instagram, YouTube y TikTok tienen un peso creciente. La noticia ya no necesariamente se busca: aparece en el flujo cotidiano de contenidos.
La inteligencia artificial agrega otra capa. Cada vez es más común formular una pregunta y recibir una respuesta sintetizada sin visitar los enlaces originales. El Chatbot se convierte en intermediario entre la persona y las fuentes. Esto puede facilitar el acceso al conocimiento, pero si omite contexto, mezcla fuentes o reproduce un error, la persona puede no tener elementos suficientes para detectarlo.
Por eso, la alfabetización digital ya no puede limitarse a reconocer una noticia falsa. Necesitamos una cultura de verificación: revisar fuentes, comparar versiones, distinguir hechos de opiniones, identificar contenidos sintéticos y preguntarnos quién está detrás de la información.
El reto también alcanza a las instituciones públicas. En un escenario donde la información puede fabricarse y distribuirse masivamente, la transparencia institucional debe ser más activa, clara y accesible. No basta con publicar documentos en internet si nadie puede entenderlos, encontrarlos o verificar su origen.
La desinformación generada o amplificada mediante inteligencia artificial puede tener consecuencias delicadas. Una imagen falsa puede alterar la percepción sobre una persona; un audio puede atribuirle palabras que nunca pronunció; un video puede fabricar una escena. El problema no termina cuando se descubre la falsedad: para entonces, el contenido puede haber sido visto y compartido miles de veces.

El Foro Económico Mundial identificó en su Global Risks Report 2025 la desinformación y la información falsa como el principal riesgo en el horizonte de dos años. El informe advierte que la inteligencia artificial dificulta distinguir contenidos falsos generados por máquinas de aquellos producidos por personas. No es una preocupación exclusivamente tecnológica: está en juego la confianza social e institucional.
Y la confianza no se construye pidiendo a la ciudadanía que crea. Se construye dando razones para hacerlo.
En la era de la inteligencia artificial, la transparencia debe evolucionar. Necesitamos saber quién produjo la información, con qué herramientas, a partir de qué fuentes y bajo qué criterios fue seleccionada o modificada. Las plataformas tienen responsabilidad en la trazabilidad y la identificación de contenidos sintéticos; los medios, en verificar lo que publican; las instituciones, en comunicar con claridad; y las personas, en cuestionar antes de compartir.
No se trata de regresar al pasado ni de idealizar a los medios tradicionales. También entonces existían errores, sesgos, intereses y manipulaciones. La diferencia es que hoy la velocidad y la capacidad de producir contenidos sintéticos multiplican las posibilidades de que una falsedad se vuelva visible antes que una corrección.
Por eso, quizá el gran desafío no sea aprender a distinguir si una máquina escribió un texto o si una persona lo hizo. El verdadero desafío es fortalecer las condiciones que nos permiten confiar razonablemente en la información.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a acceder a más conocimiento y procesar grandes cantidades de datos. Pero ninguna innovación debería hacernos renunciar a una pregunta básica: ¿de dónde salió esto y cómo puedo comprobarlo?
En una sociedad democrática, informarse no es únicamente recibir contenidos. Es contar con elementos para comprender, contrastar y formar un criterio propio. Mientras las máquinas aprenden a producir información cada vez más parecida a la humana, nosotros tendremos que aprender algo igualmente importante: exigir más transparencia a la información que recibimos.
Porque cuando ya no podemos distinguir fácilmente entre lo que ocurrió y lo que fue fabricado, la transparencia deja de ser un valor deseable para convertirse en una condición de confianza. En tiempos de inteligencia artificial, saber quién dice qué, con qué datos y bajo qué reglas puede ser tan importante como aquello que se dice.
*Excomisionada del INAI y experta en acceso a la información y protección de datos personales.





