Un poeta: El espectáculo de la poesía
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Un poeta: El espectáculo de la poesía

Rodrigo Aviña*

Existe algo profundamente anacrónico en la figura del poeta contemporáneo. Aquella romantización de lo que con llevaba -por ejemplo- ser un poeta maldito hoy, pareciera casi extinta. Mientras el presente parece organizado alrededor de la visibilidad y la capacidad de convertir cualquier experiencia en contenido, el poeta permanece como una figura casi ridícula, si no es que ingenua.

Alguien que insiste en dedicar su vida a una actividad cuya utilidad resulta cada vez más difícil de explicar -como bien lo intentó poner en palabras aquella figura infrarrealista que fue Roberto Bolaño-, es alguien prácticamente destinado a la derrota. Quizá por eso el protagonista de Un Poeta (2025), la más reciente película del colombiano Simón Mesa Soto, parece condenado desde el primer momento, no porque haya fracasado como escritor, sino porque pertenece a una especie en vías de extinción.

Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos) sobrevive entre el alcohol, la frustración y el recuerdo de una pro mesa artística que nunca llegó a cumplirse; vive aferrado a una idea romántica de la poesía mientras el mundo continúa avanzando sin él. Cuando descubre el talento literario de Yurlady (Rebeca Andrade), una adolescente de origen humilde, cree haber encontrado una oportunidad de redención no sólo para ella, sino también para sí mismo.

La posibilidad de convertirse en mentor de una nueva voz literaria parece ofrecerle al intento de poeta el reconocimiento que nunca obtuvo como creador. Sin embargo, lo que comienza como una historia sobre la formación artística, pronto se transforma en algo mucho más incómodo; una profunda observación sobre la manera en que el arte, los medios de comunicación y las industrias culturales convierten la autenticidad en espectáculo.

Hay algo en la textura de la película que recuerda inevitablemente a las primeras obras del chileno Pablo Larraín, no sólo por lo que pareciera una influencia estilística directa mar cada por la suciedad, la precariedad y cierta sensación de desgaste permanente, sino también por la manera en que ambos cineastas utilizan espacios deteriorados y personajes patéticos para retratar sociedades atravesadas por profundas contradicciones.

De igual forma que el protagonista de Tony Manero (2008) perseguía obsesivamente una fantasía televisiva mientras Chile vivía bajo la sombra de la dictadura, Óscar Restrepo parece atrapado en una ilusión artística que ya no encuentra lugar en el presente. La cámara observa constantemente su deterioro físico y emocional; lo vemos humillarse, equivocarse y destruir poco a poco las relaciones que todavía conserva.

Sin embargo, Mesa Soto evita convertirlo en una simple caricatura risible. Óscar es ridículo, pero también profundamente humano, por lo que existe algo dolorosamente reconocible en su incapacidad para aceptar el paso del tiempo y en su necesidad desesperada de encontrar significado a través del arte que lo ha pisoteado y en el que no ha encontrado aquella salvación esperada. Su tragedia consiste en comprender que la poesía ya no ocupa el lugar que él imaginaba dentro del mundo contemporáneo.

El largometraje alcanza una dimensión todavía más interesante cuando desplaza la atención hacia los mecanismos mediante los cuales circula la cultura. Lo que en un inicio pareciera una historia sobre literatura, termina a su vez convirtiéndose en una sátira crítica de las instituciones culturales y mediáticas, y su falso proselitismo artístico. Distintos agentes culturales comienzan a interesarse en Yurlady, llamando su atención no únicamente por su talento, sino por todo aquello que representa; su origen humilde, su historia personal y las condiciones materiales de las que proviene.

Todo aquello insulso se vuelve más importante que los propios poemas y la belleza que debería re presentar la palabra escrita en verso libre. De manera progresiva, la joven deja de ser percibida como escritora para convertirse en un relato más de explotación. Los mismos espacios que afirman promover nuevas voces suelen exigir que dichas voces encarnen ciertas narrativas previamente establecidas, convirtiendo la autenticidad en una mercancía y la pobreza en valor cultural. De alguna forma, el sufrimiento adquiere un atractivo mediático.

 Un Poeta funciona como una crítica especialmente aguda a ciertas formas contemporáneas del progresismo cultural, donde la representación corre constantemente el riesgo de convertirse en explotación simbólica. Los personajes que rodean a Yurlady parecen menos interesados en escuchar lo que tiene que decir, que en utilizar su historia para con firmar ideas preconcebidas sobre marginalidad y superación personal.

Es aquí donde la película encuentra uno de sus vínculos más interesantes con los medios de comunicación, ya que a lo largo del relato aparecen programas televisivos, entrevistas y reportajes que convierten las experiencias individuales en narrativas fácilmente consumibles. La complejidad desaparece para dar paso a discursos simplificados sobre el esfuerzo y la movilidad social; los medios no buscan comprender la realidad de Yurlady y mucho menos, su talento y su poesía; aquello que buscan, se encuentra en lo más frívolo de producir una historia inspiradora.

La lógica es conocida. Durante décadas, la televisión latinoamericana ha encontrado en las historias de pobreza un material particularmente rentable, desafortunadamente también el cine lo ha hecho en narrativas contemporáneas. No para analizar las estructuras que producen la des igualdad, sino para fabricar relatos emotivos sobre individuos excepcionales capaces de escapar de ella. El problema de estas narrativas es que convierten condiciones colectivas en obstáculos personales y reducen fenómenos sociales complejos a simples lecciones de perseverancia.

Mesa Soto entiende perfectamente esta dinámica y la lleva al terreno de la sátira. Los reportajes que recibe Yurlady resultan tan absurdos como inquietantes porque revelan una maquinaria mediática obsesionada con transformar cualquier experiencia humana en contenido emocionalmente eficaz. La pobreza aparece estetizada y el dolor se convierte en espectáculo; la poesía apenas si existe, funciona apenas como un pretexto.

Lo más brillante es que la película no limita esta crítica a los me dios tradicionales. También apunta hacia determinados sectores del mundo cultural que operan bajo mecanismos sorprendentemente similares. La necesidad constante de encontrar voces “auténticas”, historias “urgentes” o experiencias “representativas” termina produciendo nuevas formas de exotización.

Como señala uno de los personajes, aquello que parece despertar interés, suele responder menos a una búsqueda artística genuina que a ciertas expectativas previamente establecidas sobre lo que América Latina debería contar de sí misma. Un Poeta sugiere que el arte contemporáneo corre el riesgo de convertirse en una extensión de la lógica mediática y que las obras importan menos que las narrativas que pueden construirse alrededor de ellas.

En medio de todo esto, permanece Óscar Restrepo, observando cómo incluso la poesía termina absorbida por dinámicas que no comprende del todo. Su tragedia no consiste únicamente en haber fracasado como escritor o como padre; aquel otro gran tema de la película. Consiste en descubrir que el mundo artístico que idealizó durante toda su vida quizás nunca existió realmente.

Por eso, Un poeta termina siendo mucho más que una comedia amarga sobre un hombre derrotado; es una película sobre la fragilidad del reconocimiento cultural, sobre los relatos que construimos para legitimar de terminadas voces y sobre la manera en que los medios participan activa mente en ese proceso. Simón Mesa Soto utiliza el humor, la incomodidad y el patetismo para retratar una época donde incluso la autenticidad parece haber adquirido valor de mercado. El arte puede sobrevivir a muchas cosas, pero no sale ileso cuando empieza a confundirse con la industria encargada de venderlo.

*Crítico de cine y abogado

23 de julio de 2026