Norma Julieta Del Rio Venegas*
Durante décadas, las sociedades construyeron su relación con la información a través de medios relativamente estables: periódico, radio, televisión e incluso el cine, se consolidaron como espacios donde se registraban los acontecimientos de interés público y desde donde se difundían noticias para amplias audiencias.
Aunque estos medios respondían a distintas lógicas económicas y políticas, existía una certeza básica: la información era producida por personas, sometida a procesos editoriales y difundida bajo determinados criterios profesionales.
Ese modelo comenzó a transformarse con la llegada de inter net a finales del siglo pasado. Las plataformas digitales, las redes sociales y los dispositivos móviles modificaron profundamente la manera como las personas acceden a la información. Sin embargo, el cambio que hoy presenciamos parece aún más profundo: la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) está alterando los canales de distribución, pero también la propia producción de contenidos.
Actualmente, sistemas de IA pueden redactar textos, generar imágenes, sintetizar voces, producir videos e incluso responder preguntas simulando conversaciones humanas. Herramientas que hace apenas unos años parecían ciencia ficción forman parte de la vida cotidiana de millones de personas. Como consecuencia, actividades desempeñadas tradicionalmente por periodistas, diseñadores, correctores de estilo, locutores o productores audiovisuales están experimentando una transformación acelerada.
La innovación tecnológica abre oportunidades extraordinarias, pero también plantea preguntas fundamentales. Una de ellas tiene que ver con la verdad y la confianza. Durante mucho tiempo, instituciones como la escuela, la ciencia, las universidades y el periodismo funcionaron como referentes que ayudaban a distinguir aquello que podía considerarse verdadero o verificable.
Hoy, la capacidad de la inteligencia artificial para producir contenidos prácticamente indistinguibles de los creados por seres humanos está modificando los criterios con los que las personas evalúan la credibilidad de la información. La inteligencia artificial no representa una amenaza para la libertad de expresión por sí misma. El riesgo aparece cuando sus procesos operan sin transparencia, cuando desconocemos quién genera de terminados contenidos, con qué finalidad fueron creados y bajo qué criterios son distribuidos. En otras palabras, el problema no es la tecnología, sino la opacidad que puede acompañarla.
El desafío ya no consiste única mente en determinar si un contenido es verdadero o falso. La pregunta de fondo es quién lo produjo, con qué finalidad fue creado y bajo qué criterios circula. Cuando esos elementos permanecen ocultos, la transparencia se debilita y con ella la con fianza pública. Y cuando la confianza se erosiona, también se ven afectadas las libertades informativas que sostienen a una sociedad democrática.
A ello se suma otro fenómeno: los algoritmos han comenzado a desempeñar un papel central en la selección de los contenidos que consumimos. Buena parte de las noticias, videos o publicaciones que aparecen diariamente en nuestros teléfonos han sido previamente jerarquizados por sistemas automatizados.
Las plataformas digitales se han convertido en una de las principales fuentes de información, especialmente entre las generaciones más jóvenes, desplazan do gradualmente el papel que durante décadas desempeñaron los medios tradicionales.
La transformación también alcanza a los motores de búsqueda y a las aplicaciones de IA. Cada vez más personas realizan preguntas y reciben respuestas sintetizadas sin necesidad de consultar directamente las fuentes originales. El usuario ya no siempre llega al periódico, al portal especializado o al documento de referencia. La inteligencia artificial se convierte así en un intermediario que filtra, organiza y presenta la información.
Mientras tanto, las redacciones periodísticas atraviesan sus propios procesos de adaptación. Numerosos medios utilizan herramientas de IA para transcribir entrevistas, organizar bases de datos, traducir contenidos o identificar tendencias informativas. No se trata necesariamente de sustituir a las y los periodistas, sino de incorporar nuevas herramientas que modifican las dinámicas de producción.
El verdadero desafío consiste en aprovechar las ventajas tecnológicas sin sacrificar principios esenciales del periodismo como la verificación, la contextualización y la responsabilidad editorial. La discusión tampoco es exclusivamente tecnológica. En realidad, involucra derechos fundamenta les que han sido conquistados y fortalecidos durante décadas. La libertad de expresión, el acceso a la información, la protección de datos personales y el derecho a recibir información veraz y verificable forman parte de un mismo ecosistema democrático que hoy enfrenta nuevos desafíos derivados del uso masivo de la inteligencia artificial.
Quizá el reto más complejo sea el combate a la desinformación. La posibilidad de generar imágenes, videos, audios y textos aparentemente auténticos incrementa las dificultades para distinguir entre información verificable, errores involuntarios y campañas deliberadas de manipulación. No es casual que diversos organismos internacionales adviertan sobre los riesgos que la desinformación representa para la democracia, la convivencia social y la confianza en las instituciones.
La inteligencia artificial llegó para quedarse. Negarlo sería tan inútil como intentar detener la expansión de internet hace tres décadas. Sin embargo, su adopción exige una discusión pública profunda sobre transparencia, responsabilidad y derechos. La libertad de expresión no sólo depende de que existan más contenidos o más canales de comunicación; también requiere condiciones que permitan a las personas conocer el origen de la información, evaluar su credibilidad y tomar decisiones informadas.
En esta nueva etapa tecnológica, el reto no consiste únicamente en aprender a convivir con la inteligencia artificial. También implica defender el derecho de las personas a saber quién produce la información que consumen, cómo se distribuye y qué intereses inter vienen en su circulación. Porque en una democracia, la confianza no puede depender de algoritmos invisibles, sino de la transparencia que haga posible distinguir entre información confiable y manipulación.
*Ex comisionada del INAI y experta en transparencia y protección de datos personales





