Luis Ángel Hurtado Razo*
La diplomacia de los Estados Unidos, históricamente regida por el protocolo de los “cables” y el lenguaje encriptado de las cancillerías, ha muerto. En su lugar, nació un modelo híbrido que combina el marketing de influencia, la inteligencia artificial y el control algorítmico. Bajo el gobierno de Donald Trump, el Departamento de Estado dejó de ver a las embajadas como oficinas de enlace para transformarlas en agencias de contenido, con una orden clara: colonizar el espacio digital extranjero utilizando voces locales.
El Mandato de la “diplomacia de influencia”
A principios de 2025, una directiva firmada por el secretario de Estado, Marco Rubio, marcó el inicio de esta era. El documento, que en los círculos diplomáticos se conoce como el “Protocolo de Voces Afines”, instruye a los embajadores a desviar fondos antes destinados a programas culturales y educativos hacia el reclutamiento de “multiplicadores de opinión”.
A diferencia de las campañas de propaganda del siglo XX, esta no utiliza estaciones de radio ni panfletos. La orden exige identificar a periodistas, podcasters e influencers de redes sociales en cada país que posean audiencias cautivas. El objetivo no es que estos actores se conviertan en porta voces oficiales, sino que inserten la visión de la Casa Blanca -sobre temas como la desregulación económica, la política de fronteras cerradas y el aislacionismo comercial- dentro de su narrativa habitual de manera que parezca orgánica.
Internet: el gran caballo de Troya
El papel del internet en esta estrategia es fundamental y se aleja de la simple publicación. El gobierno de Trump comprendió que la información no se consume por su veracidad, sino por su capacidad de resonancia emocional. Para ello aprovecha las características de este medio de comunicación para influir en la opinión pública local, mediante lo siguiente:
- La micro-segmentación geopolítica: Utilizando herramientas de análisis de datos masivos (Big Data), las embajadas pueden identificar qué “nichos” de la población local son más vulnerables o receptivos a ciertos mensajes. Si un sector joven en un país latinoamericano está descontento con la inflación, la embajada coordina con creadores de contenido locales para producir videos que atribuyen esa crisis al “globalismo” y comienzan a posicionar el modelo de Trump como la única solución.
- El dominio de X (Twitter) y las plataformas de streaming: Con el apoyo de figuras tecnológicas clave alineadas con el gobierno, el flujo de información ha sido optimizado para que los algoritmos favorezcan las narrativas del Departamento de Estado. Esto crea una “cámara de eco” global donde el usuario siente que el mundo entero está girando hacia la derecha, cuando en realidad está viendo un flujo de información cuidadosamente curado.
- La guerra contra el “legacy media”: El internet permite a la administración Trump declarar obsoletos a los medios tradicionales como The New York Times o la CNN. Al invitar a influencers a eventos exclusivos en las embajadas y negarles el acceso a periodistas críticos, el gobierno estadunidense está asfixiando económicamente a la prensa independiente, quitándole su materia prima: la información de primera mano.
Fuentes y mecanismos de control
Diversas fuentes han puesto la lupa sobre este fenómeno. El Brennan Center for Justice ha advertido que esta “diplomacia digital” viene acompañada de un control estricto de las redes sociales de quienes desean interactuar con los EE. UU. La exigencia de entregar los perfiles digitales de los últimos cinco años para obtener visados no es solo una medida de seguridad, sino un filtro ideológico: el mensaje es claro, “si hablas bien de nosotros, el camino está abierto”.
Por otro lado, publicaciones como The Guardian y el portal de análisis legal Lawfare han rastreado cómo el presupuesto para la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) fue redirigido hacia “proyectos de alfabetización mediática”. Sin embargo, analistas denuncian que estos proyectos son, en realidad, talleres para que periodistas locales aprendan a replicar el estilo comunicativo de la Casa Blanca.
La “propaganda de espejos”
Un concepto clave en 2026 es la “propaganda de espejos”. Las embajadas utilizan plataformas como el repositorio oficial de noticias positivas, White House Wire, para alimentar a los medios aliados. Lo que ocurre es un fenómeno de retroalimentación: un influencer local menciona un “éxito” de la administración Trump basándose en datos del Wire; la cuenta oficial de la embajada lo retwittea como una “opinión independiente extranjera”; y finalmente, los medios en Estados Unidos lo recogen como una prueba del “liderazgo global de Trump”.
Este círculo elimina la necesidad de hechos comprobables. Lo que importa es el volumen de la conversación y la repetición constante en los feeds de Instagram, TikTok y YouTube.
Consecuencias para la soberanía global
El mayor peligro de esta orden no es solo la promoción de una figura política, sino la erosión de la soberanía informativa de otras naciones. Al contratar (directa o indirectamente mediante beneficios y acceso) a las voces que forman la opinión pública de un país, los Estados Unidos están ejerciendo un poder blando que puede desestabilizar gobiernos o influir en elecciones locales sin disparar una sola bala.
La pregunta que queda en el aire para los analistas es: ¿qué sucede cuando la verdad se vuelve irrelevante frente al alcance de un reel de 15 segundos? El gobierno de Trump apostó todo a que el futuro no pertenece a quien tiene la razón, sino a quien domina el algoritmo.
A manera de conclusión
Al cerrar este análisis queda claro que la diplomacia dejó de ser el arte de la negociación para convertirse en el arte de la manipulación digital. Las embajadas, que alguna vez fueron santuarios de la neutralidad política en suelo extranjero, son hoy la punta de lanza de una campaña publicitaria global de carácter estatal.
El ciudadano común, atrapado en su teléfono, difícilmente podrá distinguir si la opinión que está escuchando de su influencer favorito es una convicción personal o el resultado de una directiva emanada directamente del número 1600 de la Avenida Pensilvania. En la era de la propaganda algorítmica, la primera víctima no es solo la verdad, sino la capacidad crítica de las audiencias globales.
*Académico de la FCPyS-UNAM y analista. Autor del libro: Fake News. El enemigo silencioso.





