Los negocios turbios de la FIFA en documentales
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Los negocios turbios de la FIFA en documentales

*Uriel Hernández e Iker Mendoza

México, Estados Unidos y Canadá serán sede del Mundial de Futbol 2026, el mayor encuentro deportivo que sentará frente a las pantallas a millones de aficionados a escala global durante un mes, competición donde la parafernalia periodística y el fardo comercial estarán presentes en los partidos. Pocos se acordarán que detrás del espectáculo, la FIFA, organizadora de los Mundiales de Futbol cada cuatro años arrastra negro historial de política, corrupción y sobornos para adquirir sedes, que han manchado durante medio siglo la imagen de sus tres más recientes presidentes: João Havelage, Joseph Blatter y Gianni Infantino, así lo revelan los documentales FIFA-GATE y Los Entresijos de la FIFA, que aquí se resumen.

La FIFA no es solo una federación de selecciones nacionales de futbol: es un poder político y económico que, en su ambición 22 por expandirse y beneficiar a sus directivos en turno ha protagonizado escándalos que llevaron a detenciones, renuncias y reformas inconclusas. Así lo revelan los documentales: FIFA Gate (2021), del periodista argentino Ezequiel Fernández Moores (seis capítulos producida por Canal 14 y la Televisión Pública de Argentina; y Los entresijos de la FIFA (FIFA Uncovered, 2022), una miniserie de cuatro episodios dirigida por Daniel Gordon y distribuida por Netflix. Ambas producciones, mediante entrevistas y recuperación de archivo, hacen legible un caso con decenas de protagonistas, alianzas subterráneas y un origen que se remonta a la propia fundación de la Federación.

La doble votación que lo cambió todo
El 2 de diciembre de 2010, la FIFA tomó una decisión inusual, la de elegir simultáneamente las sedes de los mundiales de 2018 y 2022. La movida, impulsada por su entonces presidente Joseph Blatter, tenía un objetivo financiero claro: vender los derechos de patrocinio y televisión de dos torneos a la vez para generar ingresos inmediatos.

Rusia obtuvo el Mundial de 2018 pese a los 30 millones de dólares que Inglaterra había invertido en su candidatura. Pero la elección que generó mayor desconfianza fue la de Qatar para 2022. País sin estadios, sin tradición futbolística y con un clima extremo, que se impuso sobre Estados Unidos, el favorito. Según el periodista argentino Gustavo Veiga, especialista en el caso, la investigación que luego emprendió el FBI no fue casual: Estados Unidos había sido desplazado de la organización de un Mundial que consideraba propio.

Durante años, la FIFA encontró en Suiza un refugio legal ideal. La legislación helvética sobre el sistema bancario y la escasa intervención estatal en asociaciones privadas convirtieron al país en la sede predilecta de las organizaciones deportivas internacionales: 77 federaciones tienen allí sus instalaciones, generando (según el periodista especializado en corrupción Federico Teijeiro) más de 1,550 millones de dólares anuales y 8,000 puestos de trabajo a tiempo completo.

La sede de la FIFA en Zúrich, un edificio de siete pisos valuado en 155 millones de euros (cinco de los cuales están construidos bajo tierra), fue descrita alguna vez por el propio Blatter como un espacio donde “la luz debe provenir de los ejecutivos, no del exterior”. Un antimonumento a la transparencia.

Ese hermetismo comenzó a resquebrajarse con la doble votación de 2010 y la presión de la opinión pública internacional. En 2012, Blatter encargó una investigación interna al exfiscal de Nueva York Michael García. El resultado fue un informe de 434 páginas que documentaba movimientos sospechosos. Sin embargo, el presidente de la Cámara de Enjuiciamiento del Comité de Ética, Hans-Joachim Eckert, redujo ese documento a 42 páginas y concluyó que “las sospechas son solo sospechas, pero no corrupción”.

El 27 de mayo de 2015, el FBI actuó. Catorce personas fueron detenidas por fraude, crimen organizado y lavado de dinero; nueve de ellas en el lujoso hotel Baur au Lac de Zúrich. El escándalo obligó a Blatter a renunciar apenas unos días después de haber sido reelecto para el período 2015-2019.
Su heredero natural, Michel Platini, expresidente de la UEFA, nunca llegó al cargo: la FIFA lo acusó de haber recibido de manera ilícita un pago de dos millones de dólares por supuesto “asesoramiento” en 2011. Ambos fueron suspendidos por ocho años.
Pero para entender cómo una federación deportiva pudo sostener durante décadas un sistema de esta magnitud, hay que retroceder hasta su origen. La corrupción que el FBI desmanteló en 2015 no fue un accidente ni la obra de unos cuantos individuos ambiciosos: fue el resultado de una estructura construida piedra a piedra durante medio siglo.

Hay que mirar los entresijos

La corrupción institucional no nace de individuos aislados, sino de estructuras que la hacen posible y la perpetúan. El caso de la FIFA no es la excepción, y su origen resulta claro para quienes lo han investigado: el momento en que el futbol dejó de ser un deporte para convertirse en un producto financiero global.

La FIFA empezó como un proyecto modesto, sostenido por un puñado de funcionarios con una visión eurocéntrica del deporte. Esa lógica se mantuvo prácticamente intacta hasta que, en 1974, llegó a la presidencia João Havelange, empresario y exnadador olímpico brasileño. Havelange comprendió algo que su antecesor, el inglés Stanley Rous, ignoraba deliberadamente: el peso de los votos de las naciones en desarrollo.

En la FIFA, el voto de Alemania vale lo mismo que el de las Islas Caimán. Consciente de eso, Havelange recorrió África y Asia prometiendo que, bajo su mandato, el dinero del futbol llegaría a esas regiones: estadios, infraestructura y, sobre todo, reconocimiento. Con ese respaldo derrotó a la vieja guardia europea y edificó un sistema de lealtades compradas que se sostendría durante décadas.

Este modelo de “botín político” tuvo su primera prueba de fuego en el Mundial de Argentina 1978, celebrado bajo la dictadura de Jorge Rafael Videla. La Copa ya había servido políticamente a la Italia fascista en 1934 y al renacimiento de Alemania en 1954, pero Argentina fue la primera vez que el vínculo entre política, poder y futbol quedó completamente expuesto. “Nos preguntamos si debíamos ir o no. ¿Es correcto ir allí?”, recuerda el periodista francés Philippe Auclair. El torneo representó una pérdida de más de 700 millones de dólares para el país, pero generó un rédito político invaluable para la dictadura. Carlos Lacoste, oficial naval y operador político del régimen, fue nombrado vicepresidente de la FIFA y vio crecer su patrimonio en un 500%.

En ese entramado, Televisa también tuvo un papel. Según el periodista deportivo mexicano Fernando Schwartz, Guillermo Cañedo, hijo de uno de los cofundadores de la televisora, ejercía influencia directa sobre las decisiones de Havelange.

El ascenso de Blatter
Si Havelange fue el visionario que introdujo el dinero, Joseph Blatter fue el ingeniero que construyó la maquinaria para administrarlo. Blatter no llegó a la Federación como exfutbolista ni como apasionado del deporte, sino como experto en relaciones públicas con una ambición calculada y fría.

Si Havelange fue el visionario que introdujo el dinero, Joseph Blatter fue el ingeniero que construyó la maquinaria para administrarlo. Blatter no llegó a la Federación como exfutbolista ni como apasionado del deporte, sino como experto en relaciones públicas con una ambición calculada y fría.

En 1982, ya era el “número dos” de la FIFA. Ese año, en el Mundial de España, perfeccionó el modelo: estadios modernos, logística impecable y la entrada masiva de marcas globales. Fue el torneo en que la FIFA demostró que podía ser más poderosa que muchos gobiernos.

En 1998, Blatter buscó suceder a Havelange. Su rival era el sueco Lennart Johansson, quien prometía transparencia. Los testimonios recogidos en los documentales narran lo ocurrido la noche anterior a la votación: en las habitaciones del hotel donde se alojaban los delegados africanos aparecieron sobres con 50,000 dólares cada uno, destinados a comprar votos. Blatter ganó. Y cuando Johansson, derrotado, recorrió los pasillos entre los festejos del ganador, comprendió que el futbol había dejado de ser un deporte para convertirse en un sistema político donde la honestidad es una debilidad.

Jack Warner y el Caribe como moneda de cambio
Para entender el poder de Blatter es necesario hablar de Jack Warner, expresidente de la CONCACAF, la confederación que agrupa a 41 asociaciones nacionales, de las cuales 25 pertenecen a la Unión Caribeña de Futbol. Warner entendió que el Caribe reunía muchos votos (muchas naciones pequeñas) pero escaso peso futbolístico. Al consolidar ese bloque bajo su control, se convirtió en la segunda figura más influyente de la FIFA.

Warner utilizaba los fondos de “desarrollo” enviados por la Federación no para construir canchas ni infraestructura, sino para financiar cuentas personales y campañas políticas locales. A cambio, garantizaba que los votos del Caribe fueran siempre para Blatter. Era un pacto de protección mutua: Warner funcionaba como guardaespaldas político de Joshep “Sepp” Blatter y la FIFA miraba hacia otro lado

La era Infantino
La institución sigue generando polémicas. La más reciente: la entrega del primer Premio de la Paz de la FIFA al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el mismo que ordenó el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y arma a Israel para el genocidio en Gaza, mantiene un cerco económico sobre Cuba y amenazó con destruir a Irán. El fútbol sigue siendo el deporte más popular del mundo. Y la FIFA, su administradora más cuestionada.

17 de mayo de 2026

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