El cine Snuff. El gran mito del siglo XX
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El cine Snuff. El gran mito del siglo XX

Rafael Aviña*

Afinales de los años setenta, cuando el mercado del cine pornográfico empezaba a tambalearse debido a que sus consumidores conocían hasta el cansancio las trilladas rutinas del evento genital, los magnates más enfermizos de este negocio optaron por darle la vuelta al asunto. Primero, hicieron circular cintas hardcore de corte sadomasoquista en donde se incluían azotes, penetraciones con el puño y/o, la imposición del dolor a través de perforación cutánea o quemaduras con objetos ardientes a los protagonistas.

Cuando aquello no fue suficiente y sin dejar de lado el sexo explícito aparecieron de manera subterránea las llamadas películas snuff -literalmente de morirse, o “estirar la pata”-.

Curiosamente, la paternidad de éstas películas realizadas en formato pequeño (8 mm., Súper 8 o video) se la disputaban Brasil, Guatemala y Estados Unidos y a fines del siglo XX era uno de los temas de moda en España y por supuesto su impacto llegó a nuestro país en esa misma época como lo mostraba el interés de los medios y de estudiantes mexicanos fascinados tal vez por un enardecido visionado de la película Tesis (1995) cinta española de Alejandro Amenábar centrada precisamente en una joven universitaria que prepara su trabajo de tesis sobre la violencia audiovisual.

El oscuro mundo de los snuff films son filmaciones reales donde se tortura, mutila y asesina a seres humanos y cuyos videos se comercializaban de manera clandestina, se puso de moda en la pantalla grande en el ocaso del siglo XX.

El término snuff se utilizó por vez primera -aparentemente- por Ed Sanders, ex miembro del grupo de rock The Fugs y autor del libro The Family: The Story of Charles Manson’s Dune Buggy Attack Batallion como referencia a las supuestas películas porno-criminales rodadas por el clan Manson.

No obstante, la leyenda del cine snuff se inició a mediados de los setenta cuando los locales porno de la calle 42 de Nueva York anunciaban cintas con muertes reales en sus pepshows (los crímenes eran simulados, aunque quizá se haya colado algún snuff auténtico).

En ese contexto, el astuto productor Alan Shackleton decidió reciclar la mítica película Slaughter que el matrimonio formado por Michael y Roberta Findlay filmó en su línea de cintas sex explotation en Argentina a principios de aquellos años setenta. Slaughter mostraba las andanzas de una secta al estilo Manson, capaces de cometer todo tipo de actos violentos, además de drogarse y organizar orgías; sin faltar los paseos en motocicleta sobre caminos de terracería.

Una de sus víctimas es asesinada en un almacén rural sobre latas de galletas muy al estilo de Asesinos por naturaleza (Oliver Stone, 1995). Shackleton le agregó al filme una escena en donde una joven era descuartizada: le serruchan una mano, le cortan varios dedos, la apuñalan con efectos especiales muy pobres pero impresionantes y al final la destripaban.

A ello, se sumaba a su vez un cierto aire amateur al filme que en efecto parecía una cinta snuff. Al resultado se le retituló con el nombre Snuff y después se distribuyó con la frase publicitaria: “filmada en Sudamérica donde la vida es barata”. Su gran éxito taquillero provocó varios filmes más. Roberta Findlay se convirtió más tarde en estrella del cine porno; en cambio, su marido Michael, moriría decapitado con la hélice de un helicóptero en la terraza de un edificio en Nueva York cuando intentaba demostrar las cualidades de una nueva cámara de tercera dimensión portátil.

La alarma sobre las películas snuff más allá de toda truculencia ficticia saltó hacia 1977 en Brasil donde al parecer se encontraron una serie de grabaciones que mostraban asesinatos de campesinos y otros marginados a manos de misteriosos encapuchados y cuyos videos fueron incautados en Estados Unidos. La noticia se extendió gracias a la prensa amarillista. Después, se dijo que Guatemala y la frontera con México, eran centro de exportación de este material donde se reclutaba a la fuerza a jovencitas y niñas y el morbo creció en el mercado estadunidense y japonés.

Al mismo tiempo, proliferarían las falsificaciones y las imágenes crueles como las de personas devoradas por animales popularizadas en videos de muertes y accidentes. De hecho, el fenómeno snuff propició en los años noventa seudo documentales como Faces of Death 1 y 2 y una curiosidad que llegó a nuestro país a través del video: Traces of death/Rasgos de muerte (1993), mezcla de humor negro, cruel y escatológico que se regodeaba en las escenas más morbosas.

Después, surgieron las imitaciones lanzadas como verdaderos snuff films (Holocausto caníbal, por ejemplo, citada en Tesis) y las referencias-homenaje en cintas como Videodrome y El toque final, e incluso, en novelas como Menos que cero de Bret Easton Ellis, el mismo de Psicosis americana.

“Hay una chica desnuda, de unos quince años, en una cama, con los brazos atados por encima de la cabeza y las piernas abiertas…Está tumbada encima de algo que parece un periódico. La película es en blanco y negro, está borrosa y resulta difícil determinar sobre que está tumbada. La cámara cambia a un chico delgado, desnudo, con pinta asustada, de unos 16 o 17 años, al que empuja dentro de la habitación un tipo negro y gordo que también está desnudo y con una tremenda erección. El chico mira a la cámara durante un tiempo demasiado largo con expresión de pánico en la cara. El negro ata al chico en el suelo, y me pregunto por qué hay una sierra mecánica en un rincón de la habitación…”.

Descripción terrible y morosa que provoca terror y ansiedad, es la que hace Easton Ellis en uno de los más intensos pasajes de Menos que cero (Anagrama, 1986), su primera novela, cuando un nutrido grupo de jovencitos de buena posición social observan embelesados una película snuff en la cual los protagonistas de ese video no tardarán en morir de manera cruel.

Yaron Svoray, ex comando del ejército israelí convertido en periodista afirmó haber presenciado en Alemania la exhibición de una película snuff donde un par de hombres violaban y descuartizaban a una niña de nueve años. Este hecho terrible lo llevó a la realización de una investigación que se publicó con el título The Gods of Death, donde Svoray intentaba rastrear videos snuff, sus autores y sus víctimas, distribuidores y consumidores en un tono que se acerca más a la ficción que a la realidad. Asimismo, el escritor español Andreu Martin se introdujo en las snuff films en su novela Por amor al arte.

Sin embargo, esa realidad espeluznante que se entrecruza con la ficción llegó antes al cine de la mano de David Cronenberg en la espléndida Cuerpos invadidos/ Videodrome (1982) con James Woods como un hombre que recibe en su televisor la señal de un canal pirata que muestra torturas y ejecuciones reales. El asunto no terminaba ahí y a fines del siglo XX el cine se fascinaba con el tema retomando no sólo algunos antecedentes insólitos como Peeping Tom (1960) de Michael Powell sobre un sicópata que filma la agonía de sus víctimas, sino la experiencia de algunos de los más sádicos serial killers como Henry Lee Lucas quien fotografiaba a sus víctimas mutiladas con una cámara polaroid.

John McNaughton, por ejemplo, inició en 1986 y terminó en 1990 un singular filme de culto, Henry, retrato de un asesino en serie y cambia la polaroid por una betamovie con la que Henry y su compinche Otis videograban el bestial asesinato de una familia. Ya antes, en el documental rockero de David Mayles, Gimme Shelter (1970) sobre la gira de los Rolling Stones en Altamont, California, la cámara de Haskell Wexler registraba el asesinato de un espectador negro que portaba un revólver, a manos de los “Ángeles del Infierno” quienes se ocupaban de la seguridad -la escena es repetida varias veces en cámara lenta-. A su vez, en la cinta de Paul Schrader ¿Dónde está mi hija?/Hardcore (1979) el puritano calvinista que interpreta George C. Scott se interna en el submundo del porno y asiste horrorizado a la proyección de un filme snuff.

En el thriller El toque final (1991) de Fred Gallo, se narra el accionar de un enfermizo videoasta que realiza pornos snuff altamente cotizados en el mercado negro japonés. Y Curtis Hanson mostraba en Influencia perversa (1990) a un sádico sicópata (Rob Lowe) quien no tiene empacho en filmar el asesinato de su amante para inculpar al asustadizo yuppie que interpretaba James Spader. Sin embargo, nada comparado con la excitante Testigo mudo (1995) de Anthony Waller y la exitosa cinta española Tesis.

En Testigo mudo asistimos a un efectista pero emocionante thriller hormonal donde se involucran la KGB, la policía de Moscú y una organización clandestina de prostitución y necrocine denominada The Reaper. Tesis por su parte, era un ejemplo de cine moderno que intentaba romper los moldes de la cinematografía española en un intento por reflexionar sobre esa violencia audiovisual y el entusiasmo que provocaba en la propia península ibérica los snuff films.

Si Testigo mudo arrancaba con un breve homenaje a John Carpenter y a Tobe Hooper consiguiendo un emocionante relato de suspenso a partir de un argumento clásico dentro de los parámetros del nuevo cine de horror (el de la joven muda asediada por una amenaza mortal), Tesis se inclinaba por demostrar que asimilaba de manera notable las mejores obras del primer Brian De Palma. De hecho, el filme de Amenábar incluye varios efectismos del género, golpes bajos, escenas shock y un suspenso que copia el cine de fórmula hollywoodense. Sin embargo, lograba dar un paso más, no sólo por su insistencia localista, sino por sus apuntes irónicos sobre una sociedad enferma de morbo y violencia. Sin duda, un intento por reflexionar acerca de la brutalidad real, la ficticia y los límites casi imperceptibles entre una y otra.

Después de Tesis, el cine estadunidense volteó su mirada a ese cine necrófilo de una realidad aterradora: en Olvidado por Dios (1996) de Francis Von Zernack, un joven alienado y marginal decide descubrir el paradero de una niña como un último acto de purificación. En esta suerte de puesta al día de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), el protagonista descubre que la niña ha sido enrolada en un círculo de prostitución infantil y asesinada en un absurdo snuff film y decide entonces, limpiar con sangre la pesadilla.

Asimismo, el actor Johnny Depp lograba debutar como realizador con The Brave (1997), al lado de Elpidia Carrillo y Marlon Brando nada menos.

La historia acerca de un hombre que decide sacrificarse para salvar a su familia aparentemente no tiene nada de inquietante, sin embargo, su sacrificio consiste en dejarse asesinar en una película snuff lo que cambiaba radicalmente las reglas del filme.

Se trataba de un proyecto muy personal de Depp quien intentó darle la vuelta a la espectacularidad del llamado necrocine. Aquí, a diferencia de cintas como Tesis o Testigo mudo, no se trataba de una víctima potencial envuelta en una trama con altas dosis de suspenso, sino de un drama intimista que surgía a partir de un acuerdo pactado por parte de un marginado de origen indígena en el desierto de Mojave.

En el extremo opuesto, 8 milímetros (1998) de Joel Schumacher resultó un inquietante thriller con altas dosis de adrenalina donde abundaba la sangre, el sadismo y el horror más crudo. Un detective que interpreta Nicolas Cage rastrea en los más oscuros recovecos de la mente humana en esa delgada línea que separa el morbo y placer del miedo y el asco. De esta manera, el detective Tom Welles se hunde en sórdidos antros de pornografía hardcore y sadomasoquista para encontrar las claves que le lleven a descifrar el misterio de una película de 8 milímetros que una anciana viuda ha encontrado en la caja fuerte de su difunto marido.

Al igual que Depp, Cage también se relaciona con un personaje extraño; un tal Max que encarnaba el futuro Joker: Joaquin Phoenix, un distribuidor de videos porno que lo introduce a ese mundo donde la tortura y el crimen por placer aparecen como algo fascinante, al igual que las imágenes de esa anómala cinta snuff de 8 milímetros que lo obsesiona por completo.

*Escritor y crítico de cine

3 de abril de 2026

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