Dos modelos de antiglobalización-nacionalista-soberanista: el trumpista y el de la Cuarta Transformación
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Dos modelos de antiglobalización-nacionalista-soberanista: el trumpista y el de la Cuarta Transformación

Ivonne Acuña Murillo*

Podría preguntarse si el de Donald Trump, presidente por segunda vez, y espero que última de Estados Unidos, es una reedición del neoliberalismo económico y político instaurado en la década de los ochenta por Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido, y por Ronald Reagan, o una etapa relativamente distinta marcada por la vuelta a ciertos tipos de nacionalismo y el rechazo a la globalización industrial y comercial que llegó de la mano del neoliberalismo.

De la misma forma, cabría cuestionarse si el nacionalismo trumpista es la única forma posible de nacionalismo o si lo que se podría denominar “el modelo mexicano de la Cuarta Transformación (4T)” es una alternativa.

Para comenzar hay que decir que el mundo pasa por una nueva etapa del capitalismo global que bien puede denominarse “posneoliberal” en la que, sin embargo, no se da un borrón y cuenta nueva pues el paradigma en formación mantiene vigentes buena parte de las características del modelo anterior.

Primero, la actual sigue siendo la más reciente edición del capitalismo brutal y depredador, como lo fuera el propio neoliberalismo. Segundo, la nueva etapa se monta, al igual que la anterior, en la promesa no cumplida de generar riqueza arriba para derramar hacia abajo. Tercero, la continuación de la concentración de recursos en pocas manos, el 1% de la población mundial.

Cuarto, la condena de miles de millones de personas en el planeta a vivir y morir muy lejos de los beneficios producidos por la producción social de riqueza y su apropiación privada y, con ésta, la división de la gente en VIP (Very Important Person) y losers (perdedores), en trabajadores de élite y trabajadores precarios, en gente necesaria y gente desechable y prescindible. Quinto, el apoderamiento por parte de estas élites de los recursos naturales y la contaminación de vastos ecosistemas necesarios para la vida en la Tierra. Por mencionar tan sólo las tendencias principales.

Dicho esto, ¿cuál es entonces la diferencia entre el neoliberalismo y el posneoliberalismo? Simplificando mucho se puede decir que es la manera en la que se enfrenta a la anterior globalización comercial e industrial. La globalización, a diferencia del capitalismo, es un fenómeno que ocurre desde que los seres humanos fueron capaces de llevar sus mercancías a lugares remotos e intercambiarlas por bienes no producidos en su región.

Es el caso de los sumerios (3500-1750 a.C.), que formalizaron el intercambio a gran escala desde Siria, Anatolia y el Golfo Pérsico; los babilonios (1792-539 a.C.) que, bajo el reinado de Hammurabi, institucionalizaron la figura del mercader profesional responsable de pagar impuestos sobre las mercancías importadas; y los fenicios (1500-330 a.C.), quienes establecieron una red de centros comerciales por todo el Mediterráneo comerciando textiles, vidrio y metales.

El capitalismo, en cambio, es un modelo económico moderno sólo reconocible hasta el siglo XVI de nuestra era. La conjunción capitalismo-globalización en la década de los ochentas del siglo XX produjo un conjunto de procesos que rebasaron al comercio y a la industria, como signo globalizador de orden económico, para situarse en el marco ya no sólo de la economía, sino de la política, la ciencia y la cultura en su conjunto. Los medios de comunicación y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación permitieron que, por primera vez en la historia, el mundo entero se globalizara bajo dos visiones impuestas desde el mundo anglosajón: el capitalismo como modelo económico y la democracia como modelo político.

En términos económicos, esta globalización supuso la deslocalización de la industria y el trabajo lo que permitió un respiro económico para regiones deprimidas del planeta y crisis para otras como ocurrió en Estados Unidos, y el descenso en el nivel de vida de los hombres blancos sin estudios universitarios que de pronto vieron cerrarse sus fuentes de trabajo al mudar las empresas a países con mano de obra más barata.

En términos políticos, la desregulación de los mercados financieros supuso un golpe a las soberanías nacionales que perdieron el control de sus políticas monetarias y comerciales y la posibilidad de decidir de manera autónoma no únicamente sus políticas económicas y salariales sino el presente y el futuro de sus recursos naturales.

Este modelo comenzó a hacer agua a fines del siglo XX e inicios del siglo XXI al mostrar claras señales de desgaste: crisis económicas y financieras como las de 1994 (iniciada en México y conocida como “el efecto tequila” o “el error de diciembre”), 1997 (iniciada en Corea del Sur e identificada como la crisis del FMI) y 2008 (provocada por la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos); una enorme desigualdad y concentración de la riqueza en pocas manos frente a la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias y bajas; el estancamiento de los salarios, el crecimiento de la informalidad laboral, la precarización del trabajo y la pérdida de derechos.

Además, la flexibilización de los mercados laborales; la privatización de empresas y servicios sociales (salud, educación, pensiones); el retiro del Estado y la disminución de políticas públicas de corte amplio y su sustitución por políticas asistencialistas encaminadas a evitar estallamidos sociales pero no a resolver las necesidades populares; degradación ambiental por las políticas económicas extractivas, la externalización de sus efectos, la irresponsabilidad social de las empresas y la protección del Estado en contra del medio ambiente y la salud de la población; la aparición de movimientos sociales, nacionales e internacionales, en contra de la globalización, el neoliberalismo y sus efectos nocivos.

El agotamiento del modelo globalizador neoliberal supuso la necesidad de alternativas, sin que éstas significaran el abandono del paradigma capitalista. La primera comenzó justo en los países que impusieron el neoliberalismo al mundo: Reino Unido y Estados Unidos.

En el caso del primero un buen ejemplo es el Brexit (contracción de las palabras en inglés Britain y exit) y que consistió en la salida de Reino Unido de la Unión Europea (UE) en 2020, después del referéndum celebrado el 23 de junio de 2016, bajo tres argumentos: recuperar el control total y con éste la soberanía sobre las leyes y fronteras nacionales; reducir las aportaciones financieras netas al presupuesto de la UE; disminuir y regular la inmigración proveniente de otros países miembros.

Con estas razones se buscó “explicar” el origen del colapso del neoliberalismo en el país caracterizado por: baja calidad, altos costos y rescates estatales de las empresas privadas que se hicieron cargo de los servicios públicos privatizados; especulación inmobiliaria y financiera que elevó los costos de la vivienda especialmente en Londres; desigualdad social extrema; concentración de la riqueza y la inversión en Londres y el sureste británico y el abandono y la desinversión de grandes zonas industriales del norte; el estancamiento del PIB per cápita y el aumento del desempleo juvenil.

En lo que respecta a Estados Unidos, el mejor ejemplo lo está dando Trump, en su primer y segundo mandato, al rechazar abiertamente la participación de su país en la globalización industrial, comercial y ecológica del planeta con acciones como: la presión para que empresas, automotrices por ejemplo, regresen sus plantas de producción a ese país; la salida -con sus respectivas cuotas- de 66 organizaciones y tratados internacionales, incluyendo 31 agencias de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Entre ellas: ONU Mujeres (UN Women), la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), con el pretexto de que han abusado de su país y por “no servir a sus intereses”; la promesa de Trump de rechazar los acuerdos comerciales multilaterales y sustituirlos por acuerdos bilaterales “para promover la industria estadunidense”; la imposición de aranceles a sus principales socios comerciales y la salida del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y que los otros 11 países miembros, incluidos México, Chile, Perú, Australia y Japón, convirtieron en el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP); la amenaza, hasta ahora incumplida, de abandonar la Organización Mundial de Comercio (OMC).

A lo anterior, habrá que agregar la postura militarista e intervencionista de Trump que ha pasado de los dichos a los hechos invadiendo Venezuela para secuestrar al presidente Nicolás Maduro; atacó militarmente a Irán, ha amenazado con invadir Cuba y México, a la primera por razones de ego y control político sobre la isla; al segundo, por un supuesto interés de terminar con los cárteles de la droga, por poner algunos ejemplos. Todos estos elementos y otros más forman parte de lo que se podría considerar como “el modelo posneoliberal nacionalista de corte bélico-intervencionista” con el cual Trump busca recuperar, la supuestamente perdida, soberanía de su país en materia económica, política y militar.

Pero, ¿existe una alternativa antiglobalización-nacionalista-soberanista a la ofrecida por Trump y Estados Unidos? En este escrito se sostiene que sí. La mexicana, elaborada y propuesta por el expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y sostenida por la actual Presidenta de la República Claudia Sheinbaum Pardo (CSP).

La apuesta lopezobradorista (como la trumpista), no escapa al capitalismo, sino que se desarrolla en el marco de éste tomando al Estado Benefactor (Keynesiano, de Bienestar, Populista o como quiera llamársele) como su parámetro más cercano para atenuar los efectos negativos del mercado aplicando una fórmula ya probada: la intervención estatal en la redistribución de los recursos vía el presupuesto a través de las pensiones a personas adultas mayores, las becas para estudiar y trabajar, los programas “Jóvenes construyendo el futuro” y “Sembrando vida”, las obras de infraestructura que crearán polos de desarrollo en regiones olvidadas como Chiapas y el sureste mexicano, el Tren Maya y otros programas.

A estas medidas de carácter redistributivo se suman aquellas que impactan tanto en la soberanía interna como la externa, entendida la primera como el poder y la autoridad que un gobierno ejerce dentro de su propio territorio y sin interferencia de otras naciones al momento de establecer leyes, tomar decisiones, administrar sus recursos y garantizar la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos.

En cuanto a la soberanía externa, supone la capacidad de un Estado para conducirse en el ámbito internacional, entablar relaciones diplomáticas, celebrar tratados, participar en organizaciones internacionales y defender sus propios intereses en la arena global sin estar sujeto a la autoridad o control de otros países.

Bastaría con recordar el posicionamiento de AMLO cuando afirmaba que “la mejor política externa es la interna”; sin embargo, conviene puntualizar algunas de las medidas tomadas por el gobernante en materia de soberanía interna: el fortalecimiento de Pemex y la CFE, la compra de la refinería Deer Park, ubicada en Houston, Texas, Estados Unidos, la rehabilitación de 6 refinerías situadas en territorio mexicano y la construcción de una más, Dos Bocas, con intención de avanzar en la autosuficiencia energética; programas dirigidos al campo como “Sembrando vida” en la búsqueda de la autosuficiencia alimentaria, entre otras acciones.

Sin descuidar la soberanía interna, ha tocado a la Presidenta Sheinbaum la defensa de la soberanía externa dada la postura beligerante e intervencionista del mandatario Trump y sus intentos por dirigir dentro de territorio nacional la lucha en contra de los cárteles de la droga, la migración vía las fronteras norte y sur, y el comercio mexicano tratando de inclinar aún más, vía aranceles, la balanza a favor de su país. Lo hecho durante los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum ofrece una alternativa antiglobalización-nacionalista-soberanista a la propuesta desde Estados Unidos y que puede ser reconocida como propia de la 4T.

En conclusión, en ambos modelos, el trumpista y el de la 4T, hay una defensa clara de la soberanía: la del primero es agresiva, intervencionista, bélica y volcada hacia el exterior; la del segundo es pacífica, no intervencionista, y de cara a la soberanía interior como una defensa a la agresión externa de Estados Unidos.

*Doctora en Ciencia Social; maestra en Sociología Política y experta en temas de género.

23 de junio de 2026