Ivonne Acuña Murillo*
Gobiernos van, políticas públicas vienen, buenas intenciones sobran y las mujeres siguen siendo violentadas de diversas maneras en México. No hay color partidista que valga. No hay Estado que alcance. No hay policía ni Ejército que sirvan. No hay feminismo que importe. No hay madres ni padres que puedan.
No hay nacionalidad que las defienda. Seguimos siendo una sociedad profundamente misógina y en unos cuantos minutos una mujer más, sea niña o adulta, puede ser golpeada, violada, asaltada, acosada, vejada, desaparecida o asesinada. Llevó décadas escribiendo sobre lo mismo y las mujeres siguen siendo violentadas “por ser mujeres”.
En marzo, abril y mayo de 2004, el periódico Humanidades de la UNAM me publicó, en tres partes, el artículo “Por ser Mujeres”, el cual abre con una cita del libro Las muertas de Juárez (Planeta, 1999) del periodista Víctor Ronquillo, que a la letra dice:
La sudadera era de color rosa, un deslavado rosa que resaltaba sobre la tierra, que la cubría casi por completo. La prenda era el vestigio de un crimen. A más de 20 metros de donde fue encontrada aparecieron los restos de la columna vertebral, un rosario de huesos desarticulados. El cráneo estaba a flor de tierra, tras unos huizaches. Una dosis más de horror: el detalle de un diente de platino con una letra R grabada. El inventario de la tragedia continuó con el hallazgo de un tenis de color negro con los restos de los huesos de un pie dentro. Veinticinco metros más allá se encontró la pelvis y los despojos de las extremidades inferiores, enfundados en una pantaleta de color azul y un pantalón de mezclilla. Fueron animales de rapiña los que despojaron a ese cuerpo de la última dignidad de yacer completo.
Parece una escena sacada de una película de horror y no la realidad de una joven mujer cuyo nombre pudo haber sido Rosa, Rosalinda, Rita, Rocío, Rebeca, Rosario, Regina, Reina, Renata, Romina, ¡qué importa! Un número más que agregar a las estadísticas de las mujeres desaparecidas y/o asesinadas.
La mención de Ronquillo hace referencia al llamado caso de “Las muertas de Juárez”, en el que Raquel Lechuga Macías, nombre en vida de la jovencita de 16 años, cuyo cadáver se encontró en las condiciones descritas, es tan sólo un ejemplo.
En el artículo ofrezco cifras de diversas fuentes que muestran la progresividad de un fenómeno de desaparición y asesinatos, desde 200 hasta 4500 mujeres cuyo rango promedio de edad iba de los 15 a los 24 años. En el mismo, argumento que: “Si este tipo de crímenes sólo se cometen, o preferentemente se cometen en contra de mujeres, estamos hablando de una cuestión de género”. Esto es, el lugar subordinado, que no estatus, socialmente asignado a las mujeres las convierte en las víctimas directas de una violencia ejercida desde arriba por hombres cuyo estatus, negado a ellas, se define como superior y como el ejemplo universal de lo que significa ser humano.
Las mujeres, en cambio, son consideradas como seres de segunda, creadas por Dios y/o la naturaleza para servir a los hombres en todas sus necesidades, quieran o no. Esta forma de pensar, coloca a las mujeres en condición de vulnerabilidad, a las que se suman otras vulnerabilidades como la pobreza, la falta de educación, el origen étnico, la lengua, y las expone al ejercicio de múltiples violencias lo que lleva a afirmar que “las matan por ser mujeres”.
Esta idea se reafirma con las características del patrón que se sigue a la hora de violentarlas como la agresión sexual, la saña, la premeditación y el desechamiento de los cuerpos como si de basura se tratara. Patrón que no necesariamente se repite en los asesinatos de hombres.
Mucho se ha escrito al respecto tratando de dilucidar las razones de tan espantoso fenómeno. Para el periodista Sergio González Rodríguez, autor del libro Huesos en el desierto (Anagrama, 2002), los crímenes de las mujeres de Juárez, trabajadoras de la maquila, estudiantes de secundaria, empleadas de tiendas y zapaterías eran perpetrados por una hermandad de hombres, de México y Estados Unidos, incluido un alto ejecutivo de la empresa refresquera transnacional más importante y un prominente miembro del gobierno del expresidente Vicente Fox Quesada, que gozaban con presenciar y/o participar en las violaciones tumultuarias, mutilaciones, quemaduras, estrangulamiento, fractura de la columna vertebral al momento de la penetración anal para provocar un espasmo muscular y mayor placer en el violador, y demás horrores a que estas mujeres fueron sometidas hasta terminar con su muerte.
El caso nunca se resolvió ni personajes importantes de la iniciativa privada o la política salieron a la luz pública ni mucho menos fueron aprendidos y juzgados. Cabe anotar que González Rodríguez basó su afirmación en una amplia investigación periodística cuyos resultados se asemejan a los obtenidos por el Buró Federal de Investigaciones (FBI), en Estados Unidos.
Una hipótesis más es la sostenida por el profesor investigador de la UNAM Sergio Zermeño, de acuerdo con la cual, palabras más, palabras menos, los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez seguían el patrón de los crímenes de odio con el cual los hombres cobraban a las mujeres la osadía de haber salido de casa y hacerles competencia en el mercado laboral. Aunque el caso ya no resuena como en 1993, tiempo en que se data el inicio de estas terribles agresiones, y los años posteriores, la violencia en contra de las mujeres no cesa. Pueden cambiar las modalidades pero no la letalidad.
A raíz de la supuesta guerra que Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, presidente autoimpuesto (2006-2012), declaró al narco y la delincuencia organizada, se diversificaron los delitos en contra de la población, en general, y de las mujeres, en particular.
Cobrando mayor relevancia la trata sexual de niñas y adolescentes, así como los feminicidios. Al final de la administración calderonista, María de la Luz Estrada, coordinadora del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF), afirmó que el Estado mexicano había incumplido en la defensa de los derechos de las mujeres pues: “el feminicidio ha aumentado 68 por ciento entre 2007 y 2009, y se han registrado 3 mil 149 desapariciones de mujeres y niñas en nueve estados del país, entre enero de 2010 y junio de 2011” (Anayeli García Martínez, “Con Calderón, más feminicidio, más trata y violaciones a DH”, cimacnoticias.com,mx, 11 de julio de 2012).
Esto no supone que Calderón sea el responsable directo de la violencia en contra de las mujeres, aunque sí de su agravamiento en un periodo concreto. De igual manera, se reportó un aumento de casos en los sexenios de Enrique Peña Nieto (2012-2018) y de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024). Ni Calderón, ni Peña, ni López Obrador desataron el odio hacia las mujeres, viene de atrás, muy atrás en el tiempo.
Lo mismo podría afirmarse respecto de la actual administración y de las anteriores a Calderón. Recojo un breve recuento de tales violencias en el artículo académico titulado “Construcción discursiva de la violencia contra las mujeres versus deconstrucción feminista” (Intersticios, Año 20, número 42, enero-junio 2015), alojado en la plataforma de la academia.edu, para consulta libre.
La violencia machista se ejercía, sobre todo, dentro de casa en el contexto de la vida privada. Cuando las mujeres salieron al espacio público, ésta salió con ellas, más diversificada, más brutal, más asesina.
En 2020, publiqué un segundo artículo referido a la violación de una indígena de 73 años:
Cuidaba Ernestina sus ovejas sin imaginar jamás que la infamia la rondaba tan de cerca. Un batallón de soldados hacía parada muy cerca de ella. Algunos, vistiendo su traje verde, comían naranjas tirando las cáscaras alrededor. Se terminó la fruta y la monotonía inundó el paisaje de la sierra veracruzana. ¿Cómo matarla? Deben haberse preguntado. A la monotonía, por supuesto, no a la indígena que cuidaba sus animales. Y, ¿si la violamos? Seguro propuso alguno de ellos. A la indígena claro, no a la monotonía. ¿A esa vieja? Habrá apuntado otro. Sí, a ella ¿ves a otra? Completaría un tercero.
Esta es una conversación ficticia producto de la imaginación en torno a los hechos: Ernestina Ascencio Rosario (o Rosaria, según la fuente), indígena nahua monolingüe de 73 años, habitante de Soledad, Atzompa, Zongólica, Veracruz murió, la madrugada del 26 de febrero de 2007, a causa de una atroz violación tumultuaria. Se presume que, al menos tres soldados del 63° Batallón de Infantería de la 26ª Zona Militar de Lencero, Veracruz, violaron repetidamente, por ano y vagina, a la anciana indefensa. No conformes con ello, introdujeron un objeto punzocortante en donde, antes o después, habían estado sus penes que no miembros viriles. Pues ¿qué puede tener de viril semejante acto de abuso y crueldad? (“La infamia del sexenio calderonista alcanza al gobierno actual. Obra en siete actos”, Sitio Julio Astillero, 7 de diciembre de 2020).
Como en los asesinatos de las mujeres de Ciudad Juárez, en los que las autoridades municipales se encargaron de culpar a las mujeres de su desaparición y muerte por “andar en malos pasos”, Calderón, en su defensa a ultranza del Ejército, se atrevió a decir que Ernestina había muerto por una gastritis mal atendida.
Y el horror continuó. En 2022, escribí:
Te excluyo, te encierro, te ignoro, te bloqueo, te inferiorizo, te exploto, te uso, te acoso, te golpeo, te manoseo, te insulto, te sigo, te espío, te secuestro, te violo, te mutilo, te desaparezco, te asesino “porque puedo” y “puedo” gracias a una estructura sociocultural que me lo permite. (…) Los diferentes tipos de violencia ejercidos en contra de las mujeres responden a la existencia de una cultura heteropatriarcal-machista-misógina que consiente, promueve y normaliza acciones que buscan mantener el statu quo (…) que opera como telón de fondo para la expresión “porque puedo”. (“Violento a las mujeres porque puedo”, Sitio de Julio Astillero, 7 de marzo de 2022).
Un mes después publiqué:
Afirmar que “en México la seguridad, integridad y vida de las mujeres valen madres” no es un mero recurso literario o efectista, es una realidad. Uno de los casos más recientes y conocidos por su viralización en redes sociales es la desaparición y asesinato de Debanhi Susana Escobar Bazaldúa, jovencita de 18 años vista por última vez en el lugar en que un taxista de aplicación, Juan David Cuellar, (…) la abandonó, después de acosarla sexualmente. (“La seguridad, integridad y vida de las mujeres en México ‘valen madres?”, Sitio de Julio Astillero, 25 de abril de 2022).
Como en este caso, a lo largo de más de una década he recuperado nombres, fechas, datos de mujeres, jóvenes en su mayoría, que han saltado a la opinión pública por ser víctimas de algún delito, en particular feminicidio. También los nombres de madres buscadoras, víctimas secundarias de la desaparición de sus hijas e hijos (en las décadas de los setentas, ochentas, noventas, primera década del siglo XXI) intimidadas por las autoridades y asesinadas por las mismas bandas que se los llevaron. De ahí la necesidad de denunciar que: “las mujeres siguen violentadas ‘por ser mujeres’”.
Qué mayor prueba que las interminables listas de nombres con las que cada 8M (8 de marzo) se llenan las vallas que protegen Palacio Nacional. ¿Qué se puede pedir, exigir, denunciar para que la violencia en contra de las mujeres sea erradicada, si cada gobierno promete y no cumple? En parte, porque el problema hunde sus raíces en un sustrato cultural casi tan antiguo como la civilización donde gobiernos y la sociedad se encuentran preformados y porque, en muchos casos, no hay voluntad política para resolver un problema considerado como menor o porque se piensa que bien puede dejarse para después.
Una hipótesis más respecto de los asesinatos de mujeres, y que abona a la propuesta del periodista Sergio González en relación a la existencia de una fratria masculina, es el de la teórica, estudiosa y activista feminista argentina Rita Segato, para quien:
Todas las formas de violencia masculina son un síntoma de la fragilización de los hombres (…) inclusive los feminicidios son un síntoma. Cuando a un hombre no le queda más nada para mostrarse hombre solo le queda la violencia (…) Cuando en el hombre se pierde el estatus masculino (…) Cuando no hay otra forma de probarse hombre sólo le queda la violencia. Es el hombre empobrecido (que ya no provee), es el hombre fragilizado que no consigue titularse, terminar su construcción hacia el estatus y prestigio del macho… Nos equivocamos. En una violación el centro no es la relación entre el violador y la víctima… es entre el perpetrador y los ojos que lo miran, sus pares, la sociedad (…) Su placer es la exhibición de su poder de muerte (…) La violación es un crimen en sociedad, no es un crimen solitario (…) están cometidas en grupo y la demostración ante los ojos (…) la aspiración a obtener el título de macho. (Entrevista con el periodista Reynaldo Sietecase, “Rita Segato y el ‘Pensamiento incómodo’: Por qué el mundo está en peligro”, YouTube, 20 de mayo de 2026).
Así conceptualizado, para Segato, una posible solución sería el desmantelamiento del “mandato de masculinidad”, las exigencias sociales que un hombre debe cumplir a lo largo de su vida para ser aceptado como tal por otros hombres, entre ellas el ejercicio de la violencia machista. Mientras tanto, las mujeres siguen siendo asesinadas. Cuatro nombres más deben sumarse a la lista fatal: Claudia Tacoronte Aguilera, española de 21 años; Michelle Itzayana Fuentes Calderón, de 15 años; Karol Toledo Gómez, de 18 años; y Kimberly Joselin Ramos Beltrán, de 18 años.
Todas estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Pareciera que, al asesinarlas, se les quiere hacer pagar cara la osadía de estudiar. Y mientras las mujeres siguen siendo violentadas “por ser mujeres”, sociedad y Estado miramos hacia otro lado.
*Doctora en Ciencia Social, maestra en Sociología Política y experta en temas de género.





