Con motivo del 216 aniversario del inicio de la Independencia de México
Abolfazl Pasandideh*
La noche del 15 de septiembre representa mucho más que la conmemoración de un acontecimiento ocurrido hace más de dos siglos. Cuando el grito de “¡Viva México!” vuelve a resonar en plazas, calles y hogares, México reafirma, en realidad, una convicción que ha acompañado su historia: ningún pueblo puede considerarse verdaderamente libre si otros pretenden decidir en su nombre.
Quizá por ello esta fecha resulta también tan cercana y familiar para un iraní.
Como representante de mi país en México, he podido constatar que, pese a la enorme distancia geográfica y a las evidentes diferencias históricas y culturales, existe entre iraníes y mexicanos una sensibilidad compartida cuando hablamos de conceptos como independencia, soberanía nacional y dignidad.
México e Irán son herederos de civilizaciones milenarias. Para pueblos con una memoria histórica tan profunda, la independencia no es solamente una palabra del vocabulario político: forma parte de su conciencia colectiva.
Cuando un sacerdote se convirtió en la voz de un pueblo
Al amanecer del 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo y Costilla convocó al pueblo de Dolores e inició un proceso que habría de transformar para siempre el destino de México.
Para un iraní hay un aspecto especialmente significativo en este episodio: quien encendió la primera llama de aquel movimiento no fue un rey ni el poderoso comandante de un ejército. Fue un sacerdote.
Hidalgo fue fusilado antes de poder ver consumada la independencia de México, pero su muerte heroica no puso fin a la causa. Otro sacerdote, José María Morelos y Pavón, continuó la lucha y le otorgó una dimensión política y social aún más profunda. En su célebre documento Sentimientos de la Nación, Morelos habló de independencia, soberanía popular, justicia, igualdad y abolición de la esclavitud.
La lucha por la independencia de México planteó así una pregunta que sigue siendo fundamental en nuestro tiempo:
¿Quién tiene derecho a decidir el destino de un pueblo?
Un eco lejano en Irán
Sería un error considerar la Independencia de México, iniciada a comienzos del siglo XIX, y la Revolución iraní de 1979 como acontecimientos idénticos. Ambos procesos surgieron en épocas históricas, sociedades y circunstancias profundamente distintas.
Pero la historia, en ocasiones, produce ecos sorprendentes.
También en Irán, un gran líder religioso se colocó al frente de un amplio movimiento popular que hizo de la independencia política uno de sus principios fundamentales. El ayatolá Ruhollah Moosavi Jomeini encabezó un proceso que, en febrero de 1979, puso fin a 2,500 años de monarquía en Irán y abrió el camino hacia la creación de un nuevo sistema político sustentado en el voto popular.
Menos de dos meses después del triunfo de la Revolución, la naturaleza del nuevo sistema fue sometida a consulta popular. Los días 30 y 31 de marzo de 1979, los iraníes acudieron a las urnas para decidir sobre el futuro sistema político del país. Con una mayoría de 98 por ciento, eligieron la República Islámica como el nuevo sistema político de Irán.
Estas dos experiencias, separadas por cerca de 170 años, nos conducen, cada una por un camino distinto, a la misma pregunta:
¿Quién debe decidir el futuro de un país?
La respuesta es sencilla: El pueblo de ese país.
Juárez y la permanente necesidad de defender la soberanía
Conquistar la independencia no significa garantizarla para siempre. México quizá conozca esta realidad mejor que muchas otras naciones.
Décadas después de alcanzar su independencia, el país tuvo que defender nuevamente su soberanía frente a intervenciones extranjeras. Fue en ese contexto que Benito Juárez quedó inscrito en la historia mexicana como una de las figuras más grandes en la defensa de la República, la legalidad y la soberanía nacional.
De aquel legado permanece una frase cuya fuerza y significado trascienden ampliamente las fronteras de México y del siglo XIX:
“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.”
Estas palabras contienen una concepción de las relaciones entre los países que conserva plena vigencia y que debería ocupar un lugar central en la actuación de los dirigentes políticos del mundo.
La paz no es rendición. La paz tampoco puede consistir en un orden en el que el más poderoso imponga su voluntad al más débil. La verdadera paz exige reconocer los derechos, la dignidad y la soberanía del otro.
La verdadera paz consiste también en comprender que la prosperidad, el desarrollo y el progreso de un país no deben construirse a costa de los demás, sino junto con el progreso de otras naciones y de la humanidad en su conjunto.
El precio de la independencia
Irán también ha pagado, durante las últimas décadas, un precio muy alto por preservar su independencia y su integridad territorial.
Desde la guerra impuesta por Irak contra Irán en la década de 1980 hasta las injustas sanciones económicas, las presiones políticas y los recientes enfrentamientos militares -en particular el martirio del gran Líder, el ayatolá Jamenei, y el de 168 niños en la escuela de Minab- distintas generaciones de iraníes se han visto obligadas a responder una misma pregunta: ¿hasta qué punto está dispuesto un pueblo a pagar un precio por conservar la capacidad de elegir de manera independiente el camino de su futuro?
El ayatolá Seyed Ali Jamenei, sucesor del ayatolá Jomeini en el liderazgo de la República Islámica, convirtió la independencia política, el rechazo a la dominación extranjera y la confianza en las capacidades del pueblo iraní en tres ejes fundamentales de su pensamiento y acción política. Finalmente, durante los ataques militares de Estados Unidos e Israel contra Irán, fue martirizado, junto con miembros de su familia, y quedó inscrito en la historia como un héroe nacional de los iraníes.
En toda sociedad puede y debe existir discrepancia respecto de gobiernos, políticas e ideologías. Pero existe un principio que debería situarse por encima de esas diferencias:
Ninguna potencia extranjera tiene derecho a sustituir la voluntad de un pueblo por la suya mediante la fuerza, la amenaza, el bloqueo o la coerción.
Es precisamente aquí donde las palabras de Juárez adquieren una dimensión universal.
Si “el respeto al derecho ajeno es la paz”, la seguridad de un país tampoco puede construirse sobre la destrucción de la seguridad de otro. La superioridad militar no otorga a ningún Estado derecho alguno sobre el destino de otras naciones, y la presión económica, las amenazas y la intervención jamás deberían sustituir a la diplomacia y al diálogo.
Irán no busca aislarse del mundo. Irán es un país que aboga por la paz y, durante los últimos 250 años, no ha agredido a ninguno de sus vecinos. Irán desea relaciones internacionales, comercio, intercambios culturales, cooperación científica y diálogo. Pero relacionarse con el mundo no significa someterse a él.
Queremos cooperación, no subordinación; diálogo, no imposición.
México conoce el significado de la soberanía
Esta idea encuentra un eco particular en México. Pocos países poseen una memoria histórica tan estrechamente vinculada con la defensa de la soberanía nacional: desde Hidalgo y Morelos hasta Juárez y la resistencia frente a las intervenciones extranjeras.
Por eso, palabras como soberanía, independencia y dignidad no forman parte únicamente del lenguaje diplomático mexicano; ocupan un lugar especial en la memoria nacional.
En Irán ocurre algo semejante. Quizá ésta sea una de las razones por las que dos pueblos separados por miles de kilómetros pueden comprenderse tan profundamente cuando hablan de independencia.
México es heredero de las grandes civilizaciones olmeca, maya, teotihuacana, tolteca y mexica. Irán, por su parte, es heredero de las civilizaciones de Sialk, Jiroft y Elam, así como de los medos, aqueménidas, partos y sasánidas, y de una gran tradición de civilización islámica. Ambos pueblos poseen una continuidad histórica y cultural de varios milenios y han sido testigos del surgimiento y la caída de imperios, potencias y órdenes internacionales.
La historia nos enseña que las potencias surgen y declinan, pero los pueblos permanecen.
Quizá olviden esta realidad quienes creen que acumular sanciones, amenazas, presiones económicas o recurrir al poder militar basta para doblegar a sociedades poseedoras de una memoria histórica profunda.
Las sanciones pueden dañar una economía y aumentar la inflación. Las presiones pueden dificultar la vida cotidiana. La guerra puede destruir hogares, escuelas e infraestructura y, sobre todo, arrebatar la vida de seres humanos inocentes.
Pero ninguno de estos instrumentos garantiza que desaparezca la voluntad de un pueblo de seguir siendo independiente.
El problema no son los pueblos
En este punto es indispensable hacer una distinción fundamental. Criticar las políticas de dominación de Estados Unidos no significa sentir hostilidad hacia el pueblo estadounidense. Una parte importante de la propia sociedad estadounidense se opone a las políticas de dominación. Del mismo modo, la admirable defensa que el Estado y el pueblo mexicanos hacen de su soberanía nunca debería interpretarse como hostilidad hacia otra nación.
El problema no son los pueblos; el problema es la lógica de la dominación. México e Irán pueden mantener relaciones profundas y basadas en beneficios mutuos con sus vecinos. Pueden dialogar y relacionarse con cualquier nación sobre la base del respeto recíproco.
Pero la amistad verdadera sólo es posible entre iguales. Cuando una parte pretende ordenar y a la otra sólo le corresponde obedecer, ya no puede hablarse de amistad. Lo que existe es una relación de dominación y subordinación, algo que hoy resulta claramente visible en la política exterior de Estados Unidos.
Por ello, las palabras de Juárez siguen siendo tan vivas y contemporáneas:
“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.”
Dos pueblos, una convicción
Cuando llegue la noche del 15 de septiembre y millones de mexicanos levanten su bandera y exclamen:
¡Viva la Independencia!
¡Viva México!
Los iraníes también podemos comprender la profundidad de ese grito. Hidalgo entregó su vida por la independencia de su patria. Morelos mantuvo viva la lucha. Juárez defendió la República frente a la intervención extranjera, y las generaciones posteriores hicieron de la soberanía nacional una parte inseparable de la identidad mexicana.
El pueblo iraní también ha pagado un alto precio por su independencia, su integridad territorial y su derecho a decidir su propio destino.
En el aniversario de la Independencia de México, la experiencia histórica de nuestros dos pueblos nos recuerda una verdad sencilla:
Se puede someter a un pueblo a presiones, pero no se puede sancionar su memoria histórica; se le puede amenazar, pero no se puede arrancar de su conciencia y de su corazón el amor por la independencia.
México e Irán se encuentran en dos extremos del mundo, pero pueden reconocerse mutuamente en la defensa de un mismo principio:
Todo pueblo debe ser libre para decidir por sí mismo su futuro. Y quizá ninguna frase exprese mejor este principio que las palabras de Benito Juárez:
“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.”
En esta fecha entrañable y gloriosa, con profundo respeto y afecto hacia el pueblo mexicano:
¡Viva la Independencia de México!
¡Viva México!
¡Viva la amistad entre Irán y México!
Con la esperanza de que se fortalezca la paz mundial, crezcan la amistad y la fraternidad entre los pueblos de todos los continentes y puedan superarse los malentendidos entre las naciones.
*Excelentísimo Embajador de la República Islámica de Irán en México





