Recuperación y contribuciones de Edgar Morin
Colaboradores, Comunicación

Recuperación y contribuciones de Edgar Morin

Tanius Karam*

La noticia del fallecimiento de Edgar Morin, el 29 de mayo de 2026 en París corrió tan rápidamente en los círculos académicos, que fue incluso mencionado por la Presidencia francesa. Morin, nacido como Edgar Nahoum en una familia judío sefaradí, fue de esos intelectuales que les tocó conocer lo mejor y lo peor del siglo pasado. Su biografía quedó tempranamente marcada por la pérdida de su madre, la experiencia de la II Guerra Mundial, y su participación en la Resistencia en Francia.

En su primera obra, al termina la guerra (El año cero de Alemania, 1946), reflexiona sobre la devastación material y moral de la Europa de posguerra; el antifascismo y la reconstrucción europea. Luego vendrá un periplo que podemos llamar “comunicativo” o más propiamente mass-mediático que va desde 1951 hasta mediados de los 60s, y donde puede acusarse la originalidad del autor, completamente fuera de la moda y tendencias del estructuralismo francófono de la época.

Ingresa al connotado Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) desde donde iniciará su recorrido por lo que después se va a llamar “transdisciplinariedad” y que cruzó junto con la comunicación, a la biología, epistemología y estudios culturales, entre otras áreas. A Morin se le puede considerar fundador de los estudios de comunicación en Francia, junto con Georges Friedmann y Roland Barthes en la creación del Centre d’Études des Communications de Masse, después vinculado a la famosa revista Communications. Ese centro hizo de la comunicación y la cultura de masas un objeto autónomo de investigación, no subordinado únicamente a la política, la psicología o la sociología general.

Morin siempre tuvo este interés múltiple y abierto como puede verse ya desde sus primeras obras, pero por ejemplo en El paradigma perdido: la naturaleza humana (1973), articula biología, antropología y cultura que ya deja ver en ciernes su pensamiento complejo, el cual justamente arranca su gran proyecto epistemológico y donde aborda orden, desorden, organización, sistema, información y complejidad en El método I. La naturaleza de la naturaleza (1977).

Tres años después El método II. La vida de la vida (1980), donde desarrolla una mirada compleja sobre la vida, la biología, la auto organización y la relación entre vida, ecosistema y conocimiento; a lo que sigue Ciencia con consciencia (1982), en la que discute los límites de la ciencia moderna, la responsabilidad del conocimiento y la necesidad de una epistemología no reduccionista. En 1986 aparece El método III. El conocimiento del conocimiento, donde analiza cómo conocemos, los límites del conocimiento, el error, la ilusión y la reflexividad.

Ya en los 90s aparece una de sus contribuciones más famosa, Introducción al pensamiento complejo (1990), donde explora los conceptos de complejidad: sistema, incertidumbre, recursividad, dialogismo y crítica al pensamiento simplificador. Dicho proyecto sigue en El método IV. Las ideas (1991), dedicado a la vida de las ideas: su ecología, circulación, organización, dependencia cultural y poder sobre las sociedades. Casi 10 años después, El método V. La humanidad de la humanidad. La identidad humana (2001), donde presenta su antropología compleja, y final mente cierra con El método VI. Ética (2004), con una reflexión ética sobre responsabilidad, comprensión y humanidad.

Periplo comunicativo, ¿Morin un actor clásico para la comunicación?

 No siempre aparece Morin mencionado en manuales de teorías de comunicación. Pero puede señalarse como uno de los primeros filósofos en dedicar una parte a la comunicación colectiva. Es cierto que no se detuvo en el estructuralismo francés cuando esta corriente era dominante, o siguió la agenda de los campos académicos, pero en sus siguientes obras vemos una preocupación de la cual emerge una concepción de los medios con respecto a la cultura, la psicología social moderna y algunas de las técnicas de manipulación.

Tras El hombre y la muerte (1951) en la que estudia la muerte como hecho biológico, simbólico, cultural y social, inicia su periplo comunicativo en El cine o el hombre imaginario (1956) en donde no estudia al cine solo como industria o lenguaje técnico, sino como máquina de imaginario, proyección, identificación y participación afectiva. Al año siguiente publica Las estrellas de cine (1957), donde ya no se pregunta principalmente qué es el cine como dispositivo imaginario, sino cómo el cine produce figuras humanas investidas de mito, deseo, mercancía y afecto colectivo; se trata de una reflexión sobre la importancia cultural y social del star system, desde las primeras estrellas del cine hasta figuras de la posguerra como Bogart, Monroe y James Dean.

En estas obras, el cine es algo más que aparato técnico y presenta cómo este medio activa procesos de proyección, identificación, sueño, deseo y participación afectiva. La estrella ci nemato gráfica, funciona como una figura mitológica moderna: cercana y distante, humana y divina, mercancía e ideal.

Tras un “paréntesis” político personal (Autocrítica, 1959) donde explica su ruptura con el comunismo dogmático y su reflexión sobre el error político e ideológico, regresa en 1962 a la comunicación de masas con el que es quizá su texto más leído en el campo comunicativo: El espíritu del tiempo. Ensayos sobre la cultura de masas (1962), el cual ayuda a entender el universo simbólico que justificaba la existencia y presencia de los medios masivos (cine, radio, prensa, revistas, televisión, música grabada y publicidad).

La “cultura de masas” no es solo entretenimiento trivial, ni pura manipulación ideológica; se trata de una cultura industrial y mercantil, simbólica, afectiva e imaginaria; su importancia radica en que produce deseos, mitos, modelos de vida, identificaciones y formas compartidas de sensibilidad. Morin ve en la “cultura de masas” una “tercera cultura”, distinta a lo que por entonces se discutía como “cultura popular” o “cultura culta”.

A diferencia de una lectura más pesimista de la industria cultural, él se interesa por la ambivalencia: la cultura de masas estandariza, comercializa y simplifica, pero también produce mitos, deseos, identificaciones, formas de evasión, lenguajes comunes y modelos de vida. Por eso, en El espíritu del tiempo la cultura de masas aparece como una especie de tercera cultura moderna, distinta de la cultura humanista clásica y de las culturas populares tradicionales. Su novedad está en que se produce industrialmente y circula por medios masivos, pero penetra en la imaginación, los afectos y las prácticas cotidianas.

Luego de El espíritu del tiempo…sigue, una obra menos conocida, pero no por ello menos importantes: En El rumor de Orleans (1969), Edgar Morin analiza la circulación de una falsa historia según la cual jóvenes mujeres eran secuestradas en proba dores de tiendas administradas por comerciantes judíos. El interés del libro no radica únicamente en demostrar la falsedad del rumor, sino en comprender las condiciones sociales, simbólicas y comunicativas que hicieron posible su credibilidad. Morin muestra que el rumor opera como una narración cargada de miedo, sexualidad, antisemitismo, sospecha institucional y fantasías conspirativas. Su fuerza no proviene de la evidencia, sino de su capacidad para activar imaginarios previos y prejuicios latentes.

En Para salir del siglo XX (1981), que no es un libro sobre comunicación o medios, pero sí hace una crítica más amplia de la civilización contemporánea. La tecnología, la ciencia, la información y las ideologías modernas aparecen como fuerzas ambivalentes: prometen emancipación y conocimiento, pero también pueden producir dominación, simplificación, exceso informativo y pérdida de sentido. Este libro ayuda a situar el problema comunicacional dentro de una crisis mayor: la dificultad de comprender en sociedades saturadas de información, atravesadas por sistemas de ideas cerrados y por una confianza excesiva en la técnica.

Notas sobre el pensamiento complejo

 Como hemos señalado, en los 70s comenzó la formulación de su conocido “pensamiento complejo” del cual acaso se convirtió en el principal intelectual asociado a este término, el cual tendría resonancias diversas en las humanidades y ciencias sociales. La crítica señala sin duda que su principal contribución son los seis volúmenes de El método (1977-2004), donde propuso una reforma del conocimiento contra el reduccionismo, la fragmentación disciplinaria y las falsas certezas.

Pensar “complejamente” no significa hacerlo de manera muy abigarrada o “inaccesible”; se trata de reconocer que los fenómenos no pueden entenderse solo por sus partes ni solo por el todo, sino por las relaciones, tensiones, retroacciones y contextos que los producen. “Complejo” no significa simple mente “difícil” o “confuso”. Viene de la idea de lo tejido en conjunto: aquello cuyos elementos están entrelazados. Un fenómeno complejo es aquel en el que no se puede separar fácilmente causa y efecto, individuo y sociedad, razón y emoción, medio y mensaje, orden y desorden.

“Pensamiento complejo” significa reconocer algunos rasgos como son la Interdependencia o la afectación mutua de los elementos de un fenómeno; la contextualidad en el sentido que nada se entiende de manera aislada; la Retroacción, ya que los efectos pueden volver sobre sus causas y transformarlas; la contradicción, en el sentido que los fenómenos humanos pueden contener fuerzas opuestas pero simultáneas; y la incertidumbre porque conocer no elimina del todo el error, la ilusión o lo imprevisible.

Para operacionalizar la complejidad se pueden considerar algunos principios como el “dialógico”, el cual permite pensar juntos elementos que parecen contrarios, pero que coexisten en un mismo fenómeno: orden/desorden, razón/emoción, individuo/ sociedad, autonomía/dependencia; también habla del “principio recursivo” el cual plantea que los pro ductos y efectos de una acción pueden convertirse en causas de aquello que los produjo.

Por ejemplo, el hecho que los medios producen “imaginarios colectivos”, pero éstos, también orientan la producción mediática. Y finalmente el “principio hologramático” que afirma que, en ciertos fenómenos, la parte está en el todo y el todo está inscrito en la parte. Un individuo contiene marcas de su cultura, lengua, clase, época; pero la sociedad solo existe a través de individuos concretos.

Maestro de maestros, saberes para una nueva era

Morin es un intelectual que sabe marcar signos de los tiempos y establecer criterios y forma para re pensar la crisis civilizatoria que estamos viviendo; además proyecta reflexiones hacia la educación, la ciudadanía y la formación de sujetos capaces de vivir en un mundo complejo. En ese sentido cabe señalar un texto particularmente difundido como Los siete saberes necesarios para la educación del futuro (1999), encargado por la UNESCO.

De esos “siete saberes”, cabe señalar algunos. Morin parte que el conocimiento no es transparente ni infalible. Toda forma de conocer puede estar atravesada por errores, ilusiones, prejuicios, intereses, ideologías, falsas certezas o límites perceptivos. Por eso la educación no solo debe transmitir conocimientos, sino enseñar a examinar cómo conocemos, de aquí la importancia de preguntarse ¿cómo formar sujetos capaces de reconocer sus errores, revisar sus certezas y distinguir conocimiento de ilusión?

El saber es superar el conocimiento fragmenta do; es decir promover, crear, reflexionar sobre un conocimiento que sepa contextualizar, relacionar y articular. No bastan datos aislados, es necesario comprenderlos en la relación parte-todo, texto contexto, individuo-sociedad. Educar no es solo especializar, sino enseñar a conectar. Morin sostiene que la educación debe enseñar qué significa ser humano. El ser humano no puede reducirse a una sola dimensión: es biológico, cultural, psicológico, social, histórico, racional, afectivo, imaginario y simbólico.

Morin critica una educación que promete certezas absolutas. El mundo histórico, social, político, científico y tecnológico está atravesado por incertidumbre. Las acciones humanas producen consecuencias imprevistas; los sistemas cambian; los futuros no están garantizados. Educar para la incertidumbre significa enseñar a pensar escenarios, asumir riesgos, corregir el rumbo, tomar decisiones prudentes y reconocer que el conocimiento siempre es provisional.

De esta manera, la obra de Morin refleja el rol de un intelectual crítico que supo pensar sobre lo peor de su tiempo en reflexiones de calado civilizatorio, pero confiado en las posibilidades de la reflexión, la educación y los nuevos principios de la ética. Apeló a una idea de integralidad desde lo material a lo ético. Hizo su propuesta a partir de un diálogo muy consistente entre ciencias sociales y naturales, y desde ahí acompasa una idea de tecnología y comunicación, que fueron unos de los muchos temas de su agenda, comunes y fundamentales pero abordados con originalidad, integralidad y totalidad.

*Escritor y catedrático de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y de la Universidad Anáhuac México Norte.

21 de julio de 2026