
Gabriel Sosa Plata*
Mi hija Sandra Daniela es fan de BTS, al igual que millones de jóvenes en todo el mundo.
Para ella y para buena parte de su generación, este grupo coreano es fascinante, les emociona y les representa o les identifica.
Quizás ese vínculo se explica, en parte, por las letras de sus canciones, que hablan de ansiedad, soledad, presión social, autoestima y amor propio, temas poco habituales en la industria tradicional del pop juvenil, pero también porque ofrecen un espectáculo visualmente muy poderoso con coreografías milimétricas, narrativas audiovisuales complejas y una estética que mezcla cultura asiática con referencias globales.
Un colega, experto musical de UAM Radio, me explica que BTS no solo canta, sino que construye relatos emocionales compartidos, sobre todo, entre las personas que nacieron en el nuevo milenio (millennials, generaciones Z y Alfa).
Ese poder también tiene una dimensión económica sin precedentes. Lo que comenzó como un grupo más de K-pop se transformó en una de las industrias culturales más influyentes del planeta. Y no exagero.
El Hyundai Research Institute estimó que BTS genera entre 3.6 y 4.6 mil millones de dólares anuales para la economía de Corea del Sur, si se considera su impacto en el turismo, exportaciones culturales, consumo y mercadotecnia. Reuters a su vez ha señalado que su impacto equivale aproximadamente al 0.3 por ciento del PIB surcoreano. Impresionante ¿no?
En la industria musical global, la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI, por sus siglas en inglés) los ha colocado entre los artistas con mayores ventas en la era del streaming, mientras que Billboard documenta sus múltiples números uno en el Hot 100 y el Billboard 200; logro inédito para un grupo que no canta principalmente en inglés.
BTS es publicidad, marcas de lujo, plataformas digitales y una comunidad global organizada, además de música.
No es exagerado decir que hoy BTS opera como una corporación cultural transnacional.
Ese peso económico también es aprovechado por el poder político. En 2018 y 2021, BTS fue invitado a la Asamblea General de la ONU para hablar sobre juventud, autoestima y violencia, en el marco de su alianza con UNICEF. En 2021, el gobierno de Corea del Sur los nombró Enviados Especiales Presidenciales para las Generaciones Futuras y la Cultura.
Bajo ese contexto es que se desarrolla su gira internacional de este año, la primera, luego de que sus integrantes cumplieran el servicio militar obligatorio.
México figura entre los países incluidos en la gira, con conciertos programados en la Ciudad de México. Por supuesto la demanda para el disfrute del espectáculo fue tan alta que los boletos se agotaron en minutos, a la par que aparecieron los abusos (frecuentes en eventos similares): precios elevados, paquetes VIP inaccesibles para la mayoría y un mercado de reventa que convirtió la emoción en frustración colectiva.
Por eso, en un hecho inusitado, la misma presidenta Claudia Sheinbaum, durante La Mañanera del Pueblo, informó que solicitó al primer ministro de Corea del Sur que BTS considere abrir más fechas en el país y responder favorablemente a una demanda juvenil masiva.
¿Hizo bien la presidenta? Si, porque se trata de un tema no sólo de fans o seguidores, sino también porque toca los derechos de los consumidores, al convertirse en un evento cultural inaccesible por prácticas de mercado concentradas (pocos conciertos, precios desproporcionados y plataformas dominantes).
El objetivo del gobierno es que se garantice un acceso justo a los conciertos, información clara sobre los boletos y paquetes disponibles, precios razonables y trato digno a quienes forman parte de las numerosas audiencias. ¿Lo logrará?
BTS es un síntoma de nuestra época: juventudes conectadas por plataformas, emociones compartidas más allá del idioma y una industria cultural convertida en poder económico y político. También revela la complejidad del ecosistema musical actual y del capitalismo cultural del siglo XXI, donde afortunadamente Estados Unidos ya no es la única “voz cantante”.
Dany quiere ir al concierto. A mí también me encantaría que vaya. Pero solo será posible si el grupo acepta ofrecer más fechas en México y si los boletos se vuelven un poco más accesibles. Ojalá sea posible.
Austria también prohibirá a niñas y niños el uso de redes sociales
Ahora es Austria donde se busca prohibir el acceso a redes sociales, en este caso a menores de 14 años, a partir del próximo ciclo escolar. El argumento del gobierno es claro: reducir los riesgos que estas plataformas representan para la salud mental, la privacidad y el desarrollo de niñas y niños, en un entorno digital dominado por algoritmos diseñados para retener la atención y normalizar la exposición a contenidos nocivos.
Aunque la iniciativa aún debe definirse en aspectos clave (como los mecanismos de verificación de edad sin vulnerar la privacidad), el mensaje que se busca dar es que la protección de las infancias está por encima de los intereses comerciales de las grandes plataformas.
Austria sigue el ejemplo de países como Australia y Francia. El primero aprobó una prohibición para menores de 16 años; el segundo impulsa una restricción para menores de 15. En todos los casos, el diagnóstico es similar: las redes sociales son ya un espacio sin reglas suficientes para una población particularmente vulnerable.





