Tanius Karam*
No resulta sencillo tomar distancia crítica de una institución en donde se ha trabajado durante tantos años y en la que se han compartido convicciones, esfuerzos y afectos. Sin embargo, esa cercanía puede ser también una garantía de honestidad: obliga a un doble ejercicio de mesura y reconocimiento. Desde esa tensión, se inscribe esta celebración por el primer cuarto de siglo de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, una de las experiencias más significativas de educación superior pública en la capital del país.
En los últimos años, hemos visto de manera esporádica afiches, emblemas y campañas que recuerdan la presencia de la UACM en la vida pública de la ciudad. Aun así, queda camino por recorrer para que su visibilidad corresponda plenamente a su importancia histórica y social. La Ciudad de México tiene en la UACM una universidad propia: una institución arraigada en su territorio, abierta a sus habitantes y capaz de albergar, en un mismo espacio, trayectorias diversas, saberes plurales y sectores sociales heterogéneos bajo una premisa decisiva: la educación superior es un bien público y un derecho.
En el origen de esta historia ocupa un lugar central el ingeniero Manuel Pérez Rocha, pedagogo y humanista ejemplar. Persona recta y coherente, cuyo nombre está ligado de manera decisiva a la creación de la UACM. Su compromiso con la educación pública es ampliamente reconocido. A esa trayectoria, se agrega la creación del Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM (en los años setenta del siglo pasado) y del Instituto de Educación Media Superior del entonces Distrito Federal, en los primeros años del presente siglo.
En el caso de la UACM, su contribución no fue únicamente la de formular la idea, sino la de impulsar un proyecto educativo de gran envergadura. Quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo y trabajar con él pueden dar testimonio de su rigor intelectual, sensibilidad humana y convicción profunda respecto de una educación orientada por valores humanistas, convicción que bien dialoga con el lema universitario: “Nada humano me es ajeno”.
La UACM es una universidad completamente gratuita que ofrece diversos apoyos a sus estudiantes. No tiene examen de ingreso y utiliza el sorteo como mecanismo de selección anual, lo que con frecuencia es objeto de escándalo para algunos. Su vida institucional, se articula a través de órganos colegiados donde participan profesores, estudiantes y personal administrativo, dentro de una lógica de deliberación y horizontalidad muy poco frecuente en el panorama universitario, que sorprende a varios.
Estos rasgos expresan una concepción de la educación que rechaza la especialización temprana, favorece la formación crítica, propicia la relación entre ciencias, humanidades y artes, y mantiene un compromiso activo con el entorno urbano y con los sectores históricamente marginados, sin impedir que cualquier persona realice estudios superiores.
Actualmente, la Universidad cuenta con 19 licenciaturas y 8 posgrados. Pero más allá de sus cifras, lo decisivo es su filosofía institucional. La UACM fue concebida para ampliar el derecho a la educación superior en la ciudad y para recordar que el acceso a la universidad no debe depender del origen social, capacidad económica, redes personales o de trayectorias escolares previamente filtradas por mecanismos altamente selectivos.
La Universidad ha presentado una opción real para jóvenes y adultos con recorridos educativos no lineales, ofreciéndoles un sistema flexible, acompañándolos con la asesoría de tutores y asesores dentro de la universidad. Desde su creación, la Universidad ha entendido a la educación como práctica humanista, crítica, científica, popular y social. No sólo como formación profesional, también como proceso de construcción de ciudadanía e instrumento de emancipación personal y colectiva.
Ahora que con frecuencia se reduce lo educativo a la lógica de la rentabilidad, la empleabilidad o la competencia individual, la UACM ha sostenido la importancia de formar personas críticas, solidarias y conscientes de su responsabilidad con la ciudad, las comunidades y los sectores sociales.
Afirmar que la UACM es la universidad de la ciudad no es una frase retórica. Significa reconocer su arraigo en los barrios, en la complejidad urbana, en la diversidad cultural y en los problemas concretos de la Ciudad de México. La historia de la universidad revela muchas experiencias de enlace y vínculo con las comunidades alejadas a sus planteles, pero ellos lejos de vivir a espaldas de su entorno, la UACM ha dialogado con su tiempo y con su territorio, haciendo de esa cercanía, marca distintiva de su identidad.
Una apretada cronología permite apreciar mejor algunos procesos complejos registrados en la UACM y de la que solamente damos algunas pinceladas. La universidad fue originalmente nombrada Universidad de la Ciudad de México, creada hace 25 años, el 26 de abril de 2001 por el entonces Gobierno del Distrito Federal encabezado por Andrés Manuel López Obrador.
Entre 2001 y 2004 comenzó a consolidar su proyecto educativo y su presencia territorial. En ese periodo adquirieron relevancia los planteles de Centro Histórico y Casa Libertad, este último ubicado en la antigua Cárcel de Mujeres y en torno al cual se había gestado un movimiento social de colonos para tomar y resignificar este espacio. Un plantel cargado de profundo simbolismo en términos de transformación social y reapropiación pública del espacio.
El 16 de diciembre de 2004, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó la Ley de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, publicada el 5 de enero de 2005 en la Gaceta Oficial. Con ello la institución adoptó formalmente su nombre actual y quedó establecida como organismo público autónomo, con personalidad jurídica y patrimonio propios. En 2007 se instaló el Primer Consejo Universitario, pieza clave de su vida colegiada; en 2010 ese proceso permitió la elección de la primera rectora Esther Orozco y la aprobación del Estatuto General Orgánico, instrumento relevante para la organización de la vida interna.
Como ocurre en muchas instituciones jóvenes y vivas, la historia de la UACM también atravesó momentos difíciles. En 2012 se profundizaron tensiones internas que pusieron a prueba su joven institucionalidad. Cabe también señalar que este conflicto fue objeto de una amplia cobertura mediática como parte de una estrategia de ataque contra la universidad, sus promotores y hacedores.
No obstante, la Universidad fue capaz de procesar esa crisis: en febrero de 2013 el Consejo Universitario revocó a la entonces rectora y en marzo designó al connotado filósofo Enrique Dussel como encargado interino de la Rectoría, contribuyendo así a una etapa de recomposición y recuperación de la gobernabilidad.
Entre 2014 y 2018, en la rectoría de Hugo Aboites, se fortalecieron los mecanismos colegiados y se avanzó en la normalización de la vida universitaria. En 2020 fue electa Tania H. Rodríguez, cuya gestión debió enfrentar los efectos extraordinarios de la pandemia e impulsar tareas de fortalecimiento académico, legal, administrativo y presupuestal. En septiembre de 2024, el CU eligió como rector a Juan Carlos Aguilar para el periodo 2024-2028.
Hoy la UACM mantiene presencia en cinco planteles: Casa Libertad, Centro Histórico, Del Valle, San Lorenzo Tezonco y Cuautepec. Resguarda además un patrimonio cultural notable en espacios como Casa Talavera, el Centro Cultural Vlady y desde septiembre 2024 también es parte del patrimonio la restaurada Casa del Conde de Regla.
Cabe también señalar, que la matrícula estudiantil está alrededor de 20 mil estudiantes y cuenta con una planta docente (incluido tiempo completo, medio tiempo, cuarto de tiempo y asignatura) que sobrepasa los mil 500 profesores lo que refleja capacidad de consolidación y estabilidad en este cuarto de siglo. Una experiencia capaz de condensar el sentido más profundo del proyecto humanista de la UACM, entre las varias que pueden referirse, una que me parece particularmente interesante fue PESCER, acrónimo de Programa de Educación Superior en Centros de Reclusión.
Con el PESCER, la Universidad ha mostrado con especial claridad que la educación superior pública no puede limitarse a reproducir circuitos convencionales de acceso, sino que debe llegar a donde las desigualdades sociales se expresan con mayor crudeza.
Casi desde el origen de la universidad ha sostenido en los centros de reclusión una labor educativa de enorme valor académico, institucional y humano, ofreciendo a personas privadas de la libertad la posibilidad de iniciar, continuar o concluir estudios superiores. Con ello, la UACM no solo amplía derechos: hace visible una idea profundamente democrática de la educación, entendida como formación, reconocimiento y posibilidad real de reinserción.
A 25 años de su fundación, celebrar a la UACM significa reconocer a la institución abierta a brindar oportunidades, donde antes había exclusión, que ha sostenido la idea exigente de la universidad pública y que ha hecho de la inclusión, la crítica y la responsabilidad social no solo un discurso, sino una práctica.
La UACM forma parte ya de la historia educativa, cultural y moral de la Ciudad de México. Reconocerla es admitir también la vigencia de una convicción mayor: la educación pública, cuando se piensa con valentía y se sostiene con compromiso, sigue siendo una de las formas más altas de dignidad, ciudadanía y esperanza colectiva.
Termino, con la venia del lector, dejando testimonio (entre muchas que pudiera citar) de particular satisfacción cuando en decenas de ocasiones, he tenido el gusto y placer, sea como director de tesis o como lector en procesos de titulación, ver a los estudiantes titulados, conocer a sus familias, comprobar la satisfacción y el rostro del deber cumplido, han sido momentos muy emotivos difícil de traducir en pocas palabras en este texto. Larga vida a nuestra querida UACM.
*Catedrático de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y de la Universidad Anáhuac México Norte.





