Ficheros y preguntas acerca de Jurgen Habermas
Colaboradores, Comunicación, Literatura

Ficheros y preguntas acerca de Jurgen Habermas

Tanius Karam*

El reciente fallecimiento del famosísimo filosofo Jürgen Habermas (18 de junio 1929-14 de marzo 2026) ha sido sin duda una invitación a que muchos relean o recuerden la importancia de este autor. Muchos académicos han puesto en portales y redes, menciones o alusiones a este autor, que no es casual por su influencia.

Desde su fallecimiento han pululado reseñas, notas, anécdotas como la que cuenta el periodista cultural Javier Aranda (Cf. La Jornada 17 de marzo 2026) a propósito de uno de los dos viajes que Habermas hiciera a México (1989 y 1993). Al parecer el autor de El Occidente escindido, habría conocido a la famosa actriz Tongolele, quien casualmente se encontraba en el céntrico “Café Tacuba”, lugar a donde encabezando una extensa comitiva académica llegó Habermas, y al identificar a la bailarina, Habermas, se levantó de la mesa y en inglés le dijo a Tongolele que era su admirador. La obra del teórico, no sólo queda entre filósofos, sino como es el caso de la comunicación académica-, es una referencia fundamental en la renovación de la teoría crítica.

Sin ánimo de semblanza biográfica

Habermas nació en la actual capital de la industria de la moda alemana, Dusseldorf el año de la gran depresión económica 1929. En su niñez tuvo que enfrentan un problema con el paladar hendido; que le llevó a varias cirugías correctivas, y que quizá eso le llevaría una sensibilidad particular por la comunicación y la interacción humana.

Estudió filosofía, psicología y literatura alemana en Gottinga, Zurich y Bonn, ciudad relativamente cercana a su ciudad natal. Ejerció el periodismo entre 1954 y 1959, al tiempo que el famoso Theodor Adorno, a su regreso del exilio americano, en 1956, le invitó a formar parte, como ayudante suyo del Instituto de Investigación Social de Frankfurt. Fue profesor de filosofía en la Universidad de Heidelberg (1961) y de filosofía y sociología en la de Frankfurt (1964), y asociado al pensamiento crítico de la nueva Escuela de Frankfurt.

En Estados Unidos impartió clases tres años en la célebre New York School for Social Research. Regresa a Alemania, como director del Instituto Max Plank de Munich (1971-1983), donde investiga entre otros temas las condiciones de vida del mundo técnico-científico y, en 1984, retorna a la Johann Wolfgang Goethe-Universität de Frankfurt. Luego de su retiro académico en 1994, continuó publicando y participando activamente en debates públicos e intelectuales.

Habermas no fue solo un académico, sino también un tipo intelectual público muy visible en Alemania y Europa. Le tocó participar en discusiones sobre memoria histórica, democracia, integración europea, religión, guerra y legitimidad política. No es casual que entre sus diversos reconocimientos figure el “Príncipe de Asturias” en Ciencias Sociales (2003) y el Holberg Prize (2005).

Fichero: tres nota

Si bien la bibliografía es vasta, a manera de ejemplo podemos rescatar tres obras. La bibliografía muestra más de casi 40 libros centrales que van desde Teoría y práctica (1963), Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1973), Sobre Nietzsche y otros ensayos (1982), La inclusión del otro… (1996), por mencionar algunos. Del extenso listado señalamos tres libros particularmente importantes para la academia en comunicación.

Historia y crítica de la opinión pública (1962)

Es una obra temprana, escrita en la Alemania de posguerra, en la que Habermas busca comprender las condiciones históricas de la “publicidad burguesa”, la formación de la opinión pública y el deterioro posterior de esos espacios bajo las democracias de masas, el mercado y la industria cultural. Este libro, junto con Conocimiento e interés, consolidó su lugar en la segunda generación de la teoría crítica y lo proyectó como uno de los grandes intérpretes de la modernidad política.

En esta obra analiza la evolución de “lo público” a lo largo de la historia, en constante dialéctica con el ámbito de lo privado, y desde ahí caracteriza el concepto de “opinión pública”, que emerge con el ascenso político de la burguesía y la creación de instituciones como el parlamento, la prensa, así como los clubes y cafés literarios y políticos que adquirieron un papel decisivo a partir del siglo XVIII en Europa. La “esfera pública” se define como ese espacio de discusión racional entre ciudadanos que apelan al mejor argumento. La liberación de las medidas de control sobre las publicaciones y la expansión de los medios de circulación de ideas permitieron la progresiva consolidación de una opinión pública crítica, capaz de influir en la democratización del Estado. Pero en el libro también se reconoce la degradación posterior, cuando esa publicidad crítica se transforma, se manipula por intereses estatales, económicos y mediáticos.

El libro Historia y crítica de la opinión pública se reconstruye el surgimiento histórico de la esfera pública moderna, y se ofrece una herramienta decisiva para pensar la relación entre comunicación, poder y democracia. Su gran aporte consiste en mostrar que la opinión pública no es un simple agregado de pareceres individuales, sino una forma histórica mente construida de discusión crítica capaz de incidir en la legitimidad del orden político. Al mismo tiempo, la obra advierte que esa esfera pública puede degradarse cuando la deliberación ciudadana es desplazada por la manipulación mediática, los intereses económicos o la administración estatal.

Así, la obra conserva una notable vigencia como referencia obligada para comprender tanto las promesas emancipadoras como las tensiones y límites estructurales de la vida pública moderna.

Teoría de la acción comunicativa (1981)

Considerada la gran obra de madurez. Este libro a dos tomos es el resultado de la década que pasó en el Instituto Max Planck de Starnberg, donde sistematizó sus reflexiones sobre lenguaje, racionalidad, sociedad moderna y teoría crítica. En este libro Habermas busca responder a una pregunta central de la modernidad: cómo es posible la integración de sociedades complejas sin reducir la vida social al cálculo instrumental, al interés estratégico o al puro ejercicio del poder. En ese sentido, la obra no solo prolonga la tradición de la Escuela de Frankfurt, sino que la reorienta decisiva mente hacia el problema de la comunicación.

Para explicar la dinámica de las sociedades modernas, el autor distingue dos grandes dimensiones analíticas: el mundo de la vida y el sistema. El primero remite al horizonte compartido de significados, valores, saberes prácticos y formas de interacción desde los cuales los sujetos se entienden entre sí mediante cultura, socialización, experiencia cotidiana y la reproducción simbólica de la vida social.

El sistema, en cambio, alude a aquellos ámbitos de acción coordinados por mecanismos impersonales, sobre todo el dinero y el poder, como ocurre en la economía y en el aparato estatal. No se trata de dos mundos totalmente separados, sino de dos niveles de análisis que permiten comprender una tensión decisiva de la modernidad: la que existe entre la comunicación orientada al entendimiento y las lógicas funcionales de la ad ministración y el mercado.

La “acción comunicativa” se entiendo como aquella interacción en la que los actores buscan llegar a acuerdos mediante razones, y no simplemente imponer fines o maximizar ventajas. Esta idea es fundamental para las teorías de la comunicación porque no considera modelos lineales o informacionales, sino que recupera una concepción intersubjetiva del lenguaje. La comunicación es el medio a través del cual se coordinan acciones, se construyen consensos y se reproduce simbólicamente la sociedad. En este proceso, Habermas sostiene que todo acto de habla orientado al entendimiento implica ciertas “pretensiones de validez”: que lo dicho sea comprensible, verdadero respecto del mundo objetivo, correcto desde el punto de vista normativo y veraz en cuanto a la intención del hablante.

Uno de los juicios más relevantes de la obra es que la modernidad no puede explicarse solo como expansión de la racionalidad instrumental; también debe pensarse como posibilidad de una “racionalidad comunicativa”. Es decir, de una razón basada en la argumentación, el reconocimiento recíproco y la capacidad de justificar públicamente lo que se dice.

Sin embargo, Habermas advierte que esa posibilidad se ve amenazada cuando los mecanismos del sistema invaden ámbitos que deberían organizarse a través de la comunicación. A este proceso lo denomina “colonización del mundo de la vida”, una de las tesis más influyentes del libro, con la que explica cómo la burocracia, el mercado y otras lógicas sistémicas pueden erosionar los vínculos sociales, debilitar la experiencia compartida y empobrecer la deliberación pública.

La importancia de este libro es enorme porque supuso la renovación de la teoría crítica al desplazar su centro desde la economía y la conciencia hacia el lenguaje, la interacción y la legitimidad. Además, ofrece una arquitectura general del pensamiento habermasiano: teoría del lenguaje, teoría de la acción, teoría de la racionalidad y crítica de la modernidad social.

Entre las críticas más frecuentes a esta obra se encuentra la observación de que Habermas confía quizá demasiado en la posibilidad de un consenso racional alcanzado bajo condiciones simétricas de diálogo. Se le ha reprochado, en ese sentido, subestimar las desigualdades reales de poder, las exclusiones estructurales y los conflictos que no se dejan resolver fácilmente por la vía argumentativa. También se le ha señalado cierto grado de abstracción normativa. Aun así, este libro sigue siendo una referencia mayor para pensar, desde la comunicación, los vínculos entre lenguaje, poder, legitimidad y democracia.

Conciencia moral y acción comunicativa (1983;ed.ingl. 1990)

Se sitúa en la fase en la que Habermas traslada el núcleo de su teoría comunicativa al terreno moral y formula de manera más explícita su programa de “ética del discurso”. En este sentido, la obra puede leerse como una prolongación de problemas ya presentes en la obra previamente comentada, aunque ahora concentrados en la pregunta por la “justificación de las normas morales” en sociedades plurales y post convencionales.

Aquí Habermas sostiene con más claridad que la validez moral no depende de intuiciones privadas ni de tradiciones cerradas, sino de procedimientos de argumentación en los que todos los afectados puedan aceptar racionalmente las normas. La moral aparece, así como asunto de “justificación intersubjetiva”. Más que una ética centrada en la conciencia individual, Habermas propone una fundamentación “procedimental e intersubjetiva”: lo correcto no es lo que un sujeto aislado dicta por sí solo, sino aquello que puede ser defendido públicamente ante los demás bajo condiciones simétricas de argumentación.

Entre sus conceptos más importantes destacan el “principio del discurso” según el cual solo son válidas aquellas normas que podrían recibir el asentimiento de todos los afectados como participantes en un discurso racional, y el principio de “universalización” que exige examinar si las consecuencias de seguir una norma podrían ser aceptadas por todos de manera imparcial. Con ello, Habermas desplaza una fundamentación mono-lógica de la moral hacia una validación dialógica de alcance universalista.

La obra fue decisiva en la formulación de la “ética discursiva”, en sus debates con Karl-Otto Apel y en la renovación pos kantiana de la filosofía moral. También influyó en discusiones sobre justificación pública, ciudadanía y legitimidad democrática, aun que varias de sus derivaciones políticas y jurídicas serían desarrolladas con mayor amplitud en obras posteriores como Justificación y aplicación (1991) y Facticidad y validez (1ª ed, alemán, 1992).

Preguntas y redes sociales

La obra de Habermas ayudó a tender puentes entre filosofía, sociología, teoría política, comunicación, derecho y ética, por eso su obra es muy usada en campos interdisciplinarios. Su obra arrojó discusiones sobre las posibilidades del entendimiento en sociedades complejas; cómo puede ser una comunicación orientada al acuerdo racional. Por tanto, cabe tener un concepto de razón no solamente instrumental, técnico, estratégico, sino y sobre todo dialógico, argumentativo. Vemos ese optimismo con respecto a las posibilidades de la razón como criterio organizador de la sociedad. Por ello también su certidumbre en una modernidad, ante la que sí hay que ser crítico, pero de la que debemos rescatar su promesa emancipadora.

Poco antes de cumplir 89 años, en 2018 (Borja Hermoso en El País Semanal, 10 de mayo 2018), en una entrevista hizo comentarios respecto a las tecnología y redes sociales. El autor nunca fue un “tecnófobo simple”; si bien la ideología tecnocrática: el problema no era la técnica por sí misma, sino que asuntos prácticos y políticos fueran tratados como si fueran meramente técnicos, sacándolos del debate público.

Señala que como el libro impreso tardó siglos en crear una cultura amplia de lectura, ahora internet -que vuelve a todos “autores en potencia”-, apenas tiene unas décadas, y por eso “es posible que con el tiempo aprendamos a manejar las redes sociales de manera civilizada”. Esta fue quizá una de las afirmaciones más difundidas y donde refleja ese creyente en la razón humana para organizar la vida social.

Empero, en la entrevista muestras sus temores respecto a cómo la fuerza moldeada por redes sociales pueda ser “perjudicial para la democracia” en el sentido que debilita la relación entre deliberación pública y decisión política. Su preocupación central no era moralista, sino institucional: le interesaba cómo las plataformas cambian la calidad del debate ciudadano. En ese sentido, en periodos de crisis e incertidumbre, su obra puede ser un asidero que parte de un concepto dialógico de la razón, y esa actitud crítica y correctiva de ese gran horizonte cultural, considerado por muchos resquebrajado que es la modernidad.

*Catedrático de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y de la Universidad Anáhuac México Norte.

8 de abril de 2026

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