Televisa, Páez Varela y la ética
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Televisa, Páez Varela y la ética

Gabriel Sosa Plata*

En México, el periodismo crítico suele tener costos. Y vaya que lo sé.

No siempre llegan en forma de censura directa; a veces adoptan la apariencia de reportajes, investigaciones televisivas o revelaciones espectaculares. Pero el mecanismo es conocido: colocar al periodista en el banquillo.

Eso es lo que ocurrió con el tratamiento que dieron espacios informativos de Televisa al director de SinEmbargo, Alejandro Páez Varela.

La pieza no apareció en el vacío. Se trata de uno de los periodistas que durante años ha cuestionado a los poderes político, económico y mediático tradicionales de nuestro país. Un comunicador incómodo para narrativas dominantes.

El reportaje, elaborado por la periodista Fátima Monterrosa, planteó la existencia de presuntos vínculos entre Páez Varela y operaciones inmobiliarias relacionadas con la Fundación Antonio Haghenbeck y de la Lama, a partir de la participación del comunicador en una propiedad ubicada en la calle Xicoténcatl.

La investigación televisiva sugirió posibles relaciones que, por su naturaleza, colocaban bajo sospecha el origen y la transparencia de dicha adquisición.

Tras la difusión, Páez Varela ha respondido los señalamientos y las críticas. Uno de sus principales reclamos es elemental: nadie le pidió su versión.

“Yo no tengo nada que ver con la Fundación Antonio Haghenbeck y de la Lama. Ni le he comprado ni le vendido nada, nunca”, escribió. Y añadió: “Es mentira que la propiedad de Xicoténcatl 5 (…) esté vinculada” con esa institución.

El periodista explicó porcentajes, escrituras, créditos, préstamos familiares, registros públicos. Incluso subrayó que información esencial que aparece en imágenes del propio reportaje no fue mencionada al aire. Es decir, había elementos disponibles para contextualizar mejor la historia.

Pero el punto de mayor gravedad es otro. Páez Varela afirma que la reportera tenía vías directas para localizarlo: “Ella tiene mi teléfono, mi correo; me sigue en las redes”, pero optó por prescindir de su versión.

Televisa hizo así lo que se le ha cuestionado en muchas ocasiones: las sentencias desde la pantalla, sin tomar en consideración a todos los actores involucrados.

La pregunta inevitable es si estamos frente a una investigación legítima o ante una respuesta desde el poder de la pantalla.

Sin contraste, sin consulta, sin apertura previa a la réplica, el ejercicio pierde legitimidad.

Hasta este lunes por la mañana, ese derecho de réplica no había ocurrido en condiciones de equivalencia.

Y no basta con que el aludido hable en sus redes o en su propio portal. La ética profesional indica que quien abrió la acusación debe abrir también el espacio para la respuesta, con visibilidad semejante.

De eso depende la credibilidad del medio, pero sobre todo el derecho de las audiencias a conocer todas las versiones.

Lo demás se parece más al linchamiento que al periodismo.

A mí tampoco me gusta Bad Bunny, pero…

Más allá de las jugadas y el marcador, este Super Bowl dejó una marca en el terreno de las pantallas mediáticas globales.

Las cifras preliminares oficiales muestran que el halftime show encabezado por Bad Bunny fue el espectáculo de medio tiempo más visto en la historia del Super Bowl, con alrededor de 135.4 millones de espectadores, según datos divulgados por NBC y medios especializados.

Para ponerlo en perspectiva: esta audiencia supera incluso las cifras históricas de shows previos, como los de Kendrick Lamar (133.5 millones) o grandes estrellas como Michael Jackson y Usher, que marcaron récords en años anteriores.

Ese nivel de alcance -que combina televisión tradicional, plataformas de streaming y transmisiones en vivo- convierte el espectáculo en uno de los episodios de difusión masiva más relevantes de los últimos años, no sólo en términos deportivos o de entretenimiento, sino como un fenómeno cultural de audiencias compartidas.

Lo que hace particularmente significativo este caso para “Pantallas en Disputa” es cómo este evento medió una presencia latina en un nodo de atención global justo en un momento en que las narrativas mediáticas sobre migración, identidad y política cultural se encuentran polarizadas o muy sesgadas en Estados Unidos.

El show de Bunny, en su mayoría en español y con elementos culturales explícitos (desde referencias a Puerto Rico hasta mensajes de inclusión) resonó ante una audiencia histórica y marcó un contraste con sectores que, simultáneamente, impulsaron transmisiones alternativas con un enfoque ideológico conservador, o en su caso con quienes, como el presidente Donald Trump, criticaron agriamente el espectáculo.

La magnitud de la audiencia y la intensidad de las discusiones mediáticas que siguieron ponen en evidencia que, en el ecosistema actual de medios, no sólo se disputa la atención, sino el significado de lo que se ve y cómo se interpreta. Así, aunque no me guste la música de Bad Bunny, debemos reconocer que logró lo que parecía imposible en la era de Trump: reivindicar una faceta de la cultura latinoamericana en la meca estadounidense del consumismo y el espectáculo de masas.

* Profesor e investigador de la UAM-Xochimilco y periodista. Defensor de audiencias. Conduce el programa Media 20.1 en TV UNAM.

10 de febrero de 2026

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