Narrativa de Trump: autoelogio de un ególatra autoritario y la decadencia de un imperio
Colaboradores, Internacionales

Narrativa de Trump: autoelogio de un ególatra autoritario y la decadencia de un imperio

Ivonne Acuña Murillo*

Podría pensarse que la presidencia de Donald Trump, un empresario ególatra de corte autoritario, es un paréntesis en la historia política de los Estados Unidos; sin embargo, es la consecuencia no deseada de un imperio en decadencia que, ante el avance de otros países, hace patentes los rasgos de su declive.

En este contexto, las acciones intervencionistas, precipitadas y la narrativa simple y directa del mandatario son muestra de una nación que ha dejado de lado los grandes relatos y las ideologías, como discursos que justificaron en el pasado su intención no saciada de poder y control mundial, pero no sus ganas de seguir imponiendo su voluntad sin ambages.

Por supuesto, sería demasiado esperar que la narrativa del presidente Trump incluyera elementos de los grandes relatos que de forma total y universal en la Modernidad, pretendieron legitimar los discursos, el conocimiento, las instituciones y las prácticas político-sociales que dieron sentido, propósito y futuro a las promesas de una vida mejor como el cristianismo y la vida eterna, el iluminismo y la preeminencia de la razón, el marxismo y su sociedad sin clases, el feminismo y la búsqueda de la igualdad, el capitalismo con su idea de progreso, crecimiento económico ilimitado y democracia.

Tampoco se espera que aluda a la ideología como falsa conciencia y trate de imponer los valores de una élite a toda la sociedad cuando claramente ha expresado la supremacía de la grandeza estadunidense sobre cualquier otro argumento.

Ausencia que no sólo se explica por la superación de los metarrelatos y las ideologías durante la Posmodernidad sino por el reducido bagaje intelectual del mandatario y su escaso manejo léxico, a pesar de su capacidad de comunicación y su ingenio para cambiar la conversación pública vía cortinas de humo o acciones contundentes que redirigen el diálogo social y lo alejan de temas como el expediente de Jeffrey Epstein y las acusaciones de pederastia en su contra.

Estos dos factores: la superación de los metarrelatos y las ideologías y la ignorancia de Trump se tornan en verbalización simple y llana de los intereses imperialistas del país en decadencia. Ya no hace falta disimular las intenciones expansionistas, extractivistas, intervencionistas de Estados Unidos ante la evidencia que brinda el avance de los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y la cercana posibilidad de ver superado su poder financiero y comercial, ante lo cual sólo queda la amenaza de las armas y la intervención directa como ocurrió en contra de Venezuela y su presidente constitucional Nicolás Maduro, y como se pretende hacer en Groenlandia o incluso México. Cuando el grande pierde sus argumentos no le quedan más que los golpes.

Sin embargo, cabe contraargumentar diciendo que no es Trump el signo de la decadencia de una potencia, sino que esa decadencia es la que ha hecho posible que un personaje como él pueda ocupar la Casa Blanca. Colocados en este segundo supuesto, se vuelve comprensible que alguien con una narrativa tan elemental se encuentre al frente del aún país más poderoso del mundo imponiendo sus dictados vía la fuerza.

Dicha narrativa parte de su reducido manejo del lenguaje y de una personalidad megalómana incapaz de limitarse a sí misma. De acuerdo con un estudio realizado durante su primer mandato, a partir del cual se evaluaron y clasificaron las primeras 30,000 palabras pronunciadas por cada presidente durante su mandato.

Aplicando la escala de nivel de grado de FleschKincaid y otras pruebas relacionadas con los niveles de dificultad del inglés, se encontró que el uso del inglés por parte de Trump se ubica aproximadamente a la mitad del cuarto grado de estudios, abajo que el de Harry Truman (1945-1953), quien hablaba a nivel de sexto grado, ambos superados con mucho por Herbert Hoover (1929-1933), Jimmy Carter (1977-1981) situados a nivel de onceavo grado y Barak Obama (2009-2017) ubicado en noveno grado (Felipe Herrera Aguirre, “¿Un genio? Donald Trump habla como si fuera en cuarto grado”, publinews.gt, 28 de enero de 2018).

Con información publicada por factba.se, un sitio web que documenta declaraciones, discursos, tweets y entrevistas de prensa emitidas por los presidentes Donald Trump y Joe Biden y que aloja una base de datos pública, se estima que Trump utiliza 2,605 “palabras únicas”, la menor cantidad que cualquier otro presidente, siendo Obama el mejor con 4,869. Sin ánimo de ser peyorativa se puede afirmar que su escaso uso del lenguaje le ha permitido identificarse con amplios sectores sociales cuya preparación formal es limitada.

Lo anterior no le ha impedido imponer su narrativa tanto en medios de comunicación tradicionales como en redes sociales. Esta tiene dos objetivos básicos: uno, magnificar y dar a conocer sus supuestos logros a través de adjetivaciones que apuntan a lo fantástico, lo nunca visto, lo inigualable como en el discurso que dio al cumplirse 11 meses de su segundo mandato en el que prometió a su pueblo: “un auge económico como el mundo nunca ha visto”.

Dos, imponer los intereses políticos y económicos de Estados Unidos, en un clima de amenaza y confrontación mediante la aplicación de la fuerza militar como primera y única opción sin importar si se trata de detener el tráfico de drogas hacia Estados Unidos, la obtención de petróleo, tierras raras o materiales como el uranio, detener la migración o lo que sea.

En esta dirección, en un artículo de The New York Times, se sostiene que Trump firmó en secreto una Orden Ejecutiva que permitiría al Departamento de Defensa intervenir en otros países, especialmente latinoamericanos, con la finalidad de combatir y hacer frente a las organizaciones criminales de narcotraficantes.

Ambos propósitos, se encuentran íntimamente ligados pues pretende ser visto como el mejor presidente que su país haya conocido, aquel capaz de “salvarlo” de la catástrofe económica, de la “invasión” de migrantes, de los abusos de otros países y organizaciones y de imponer, por las buenas o por las malas, los intereses intervencionistas estadunidenses. Por esto, afirmó en el mismo discurso, otros mandatarios consideran que tiene “el país más sexy (sic) del mundo”.

Su léxico limitado no lo hace menos peligroso ni permite afirmar que no sabe a dónde quiere llegar. En el contexto de una potencia en decadencia, la invasión a Venezuela, el secuestro del presidente Maduro, los ataques a Irán, Yemen, Somalia y Nigeria, sus amenazas a México, Canadá, Groenlandia y Colombia y la intimidación y burla en contra de Europa, a la que considera débil y decadente, podrían verse como “los últimos coletazos” de un animal herido que se resiste a morir la que busca reordenar el mundo para seguir dominando al menos una parte y dejar las otras a Rusia y China.

Es aquí donde sus mentiras y amenazas directas como por ejemplo: “Petro (presidente de Colombia) no es amigo de Estados Unidos. Es un hombre muy malo. Debe cuidarse el trasero porque hace cocaína y la envía a Estados Unidos de América desde Colombia”; “Necesitamos a Groenlandia para la seguridad nacional. Tenemos que tenerla”, no pretenden la legitimación buscada por las ideologías y los metarrelatos ni ofrecen la promesa de un “futuro mejor para el mundo” o la defensa de valores universales como “la democracia”, sino la imposición bélica de un poder que comienza a flaquear.

Justifica sus amenazas con mentiras y exageraciones como las lanzadas en contra de Maduro al acusarlo de ser el cabecilla del Cártel de Los Soles o al menospreciar a la presidenta de México de quien dice: “Me cae muy bien la presidenta. Creo que es una mujer estupenda. De hecho, es una mujer increíble en ciertos aspectos, muy elegante y hermosa. Pero México está gobernado por los cárteles”.

Su egocentrismo bélico raya en lo absurdo cuando anuncia que Estados Unidos inaugurará un programa para construir una “flota dorada” conformada por “los acorazados más grandes jamás construidos en la historia del mundo”, mismos que “ayudarán a mantener la supremacía militar estadunidense, revivirán la industria de astilleros estadunidenses e inspirarán temor en los enemigos de Estados Unidos por todo el mundo”.

Por supuesto, no podía ser de otra manera, los veinte acorazados serán bautizados como “Buques de Guerra Clase Trump” ya que, a decir del propio presidente, “La Marina de Estados Unidos se encargará de diseñar los buques junto conmigo, porque soy una persona muy estética”.

Acompaña Trump su amenaza bélica con presiones comerciales como los aranceles que ha impuesto a diversos países. En el caso de Groenlandia, ha amenazado a los países que enviaron tropas en defensa de la isla más grande del mundo como: Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Países Bajos y Finlandia y dijo que hasta que no se alcance un acuerdo de compra del territorio, impondrá aranceles a estos países del 10% a partir del 1 de febrero y del 25% a partir del 1 de junio.

Por si no bastara con lo declarado por Trump, su gobierno divulgó en un documento, el 18 de enero de 2026, que Europa se enfrenta a la “sombría perspectiva de que su civilización sea borrada”.

Como prueba de su megalomanía, si es que aun hiciera falta, Trump dirigió una carta al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Store, donde los culpa, por no otorgarle el Premio Nobel de la Paz, de que ya no sienta “la obligación de pensar únicamente en la paz”, después de “acabar con ocho guerras”, y de insistir en que “el mundo no estará seguro a menos que tengamos (él y los Estados Unidos) el control total y completo de Groenlandia”, que dicho sea de paso posee algunas de las mayores reservas no explotadas de tierras raras del mundo, elementos químicos esenciales para la fabricación de armamento de alta tecnología, vehículos eléctricos, turbinas eólicas y smartphones, además de ser una de las reservas más grandes de agua dulce.

Pero los discursos o dichos de Trump no se restringen a la cuestión bélica. Desde la campaña previa a su primer mandato su narrativa estuvo plagada de descalificaciones en contra de las minorías económicas, raciales, sexuales, migrantes y en su segundo mandato éstas se han exacerbado, ante un desinhibido presidente que no conoce límites, como cuando llamó “cerdita” a una periodista y “basura” a inmigrantes somalíes o cuando recientemente mostró levantado el dedo medio de la mano derecha a un trabajador de una planta de Ford cuando le gritó “protector de pedófilos”. En el colmo del cinismo y el sometimiento, personal de la Casa Blanca consideró como “apropiada” la obscena acción presidencial.

La narrativa de Trump se inscribe en la línea de los discursos de odio capaces de sacar lo peor de la gente apelando a las emociones negativas dirigidas a enunciar todo lo políticamente incorrecto desde diversos puntos de vista: supremacista, racista, clasista, machista, misógino, sexista, egocentrista, etnocentrista y a actuar en concordancia.

Es una narrativa propia de un imperio en decadencia cuyos valores máximos han dado paso a los discursos que han perdido el lustre de los grandes relatos y las ideologías, para presentarse de manera descarnada ante las pasiones de un ególatra autoritario que vive para la amenaza y el autoelogio.

*Doctora en Ciencia Social, maestra en Sociología Política y experta en temas de género.

26 de febrero de 2026

Warning: Trying to access array offset on null in /home/xyekt5rw5e7e/public_html/wp-content/themes/citynews/tpl/tpl-related-posts.php on line 11

Warning: Trying to access array offset on null in /home/xyekt5rw5e7e/public_html/wp-content/themes/citynews/tpl/tpl-related-posts.php on line 26