
Gabriel Sosa Plata*
La reforma política que propone la presidenta Claudia Sheinbaum busca reducir los tiempos en radio y televisión de 48 a 35 minutos diarios por emisora durante los periodos electorales. ¿Se busca mejorar la comunicación democrática o aliviar una presión histórica de la industria?
Conviene recordar cómo funciona el modelo actualmente.
El artículo 41 constitucional establece que, desde el inicio de las precampañas y hasta la jornada electoral, el Instituto Nacional Electoral (INE) dispone de 48 minutos diarios por estación o canal, distribuidos en franjas horarias. El diseño incluye la prohibición para que partidos, candidatos y terceros contraten propaganda electoral en radio y televisión. Esa prohibición no fue caprichosa; fue la respuesta institucional a un mercado que, sobre todo en las elecciones de 2006, había distorsionado la política, enriquecido a las televisoras y vuelto profundamente desigual el acceso a las pantallas.
El modelo de comunicación política ha sido funcional desde entonces, aunque insuficiente porque su producto dominante terminó siendo la unidad más pobre del debate público: el spot. De ahí que las elecciones se “spotizaron” con millones de impactos que se transmiten en procesos federales en más de 3 mil 400 emisoras de radio y televisión.
Se trata de una saturación que no necesariamente contribuye a la formación política de la ciudadanía. Por ejemplo, el Libro Blanco del Proceso Electoral 2011-2012 reconoce que el modelo derivó en una sobreproducción de promocionales y que esa lógica banalizó la comunicación política. El propio documento sostiene que es posible disminuir el número de promocionales sin aumentar ni reducir el total de 48 minutos diarios. Es decir, el problema admite rediseño sin necesidad de tocar el piso constitucional.
Así que cuando se habla de pasar de 48 a 35 minutos, el cambio no es simbólico. Son 13 minutos menos por emisora al día: 27.08% del tiempo (13/48). Traducido a la unidad real del modelo (el spot de 30 segundos), la diferencia se vuelve tangible. Cuarenta y ocho minutos equivalen a 96 spots diarios; treinta y cinco, a 70. Son 26 spots menos por emisora por día. Y en un país con miles de señales obligadas a transmitir la pauta, la reducción es masiva.
Eliminar spots puede disminuir la irritación ciudadana, es cierto. Pero si no se transforman los formatos ni el contenido, el resultado será simplemente menos de lo mismo.
Ahora bien ¿qué ocurre con esos 13 minutos liberados?
En términos prácticos, es inventario que deja de estar reservado para fines públicos en periodo electoral. No hace falta forzar la interpretación para advertir quién se beneficia cuando la bolsa pública se reduce: la lógica comercial y la programación de las propias empresas. De hecho, parece una respuesta a la histórica exigencia de Televisa, TV Azteca y los principales grupos radiofónicos del país de eliminar esos tiempos, lo que incentiva (pese a la prohibición constitucional) la venta de entrevistas y otros contenidos a candidatos y partidos políticos.
La reforma de la presidenta Sheinbaum se presenta como parte de un paquete de austeridad y ajustes institucionales. El proyecto incluye cambios plausibles: recortes de gasto, voto electrónico, facilitar el voto de mexicanos en el extranjero, así como medidas para enfrentar problemas en el terreno digital, como bots y contenidos generados con inteligencia artificial.
La referencia a lo digital es valiosa, útil, porque se reconoce que la competencia ya migró hacia espacios con menor regulación y mayor opacidad. Todo bien hasta ahí. El dilema es que reducir presencia en medios masivos sin fortalecer transparencia y fiscalización en el ecosistema digital puede ser también un movimiento de doble filo, ya que se alivia la presión en televisión y la radio, pero el dinero y la manipulación no desaparecen; simplemente cambian de terreno y pasan al mundo de las ingobernables plataformas.
El problema histórico del modelo de comunicación política establecido en 2007 no se resuelve con el recorte de derechos, sino corrigiendo incentivos.
Si la reforma quiere oler a sociedad y no a intereses político-empresariales, debería sostenerse el principio y modificar el mecanismo: menos repetición, formatos más explicativos, contraste real de propuestas, mensajes institucionales útiles y reglas que privilegien información verificable sobre consignas.
Combatir la “spotización” es necesario, pero la vía correcta no consiste en reducir el piso constitucional diseñado precisamente para evitar la corrupción, el mercado ilegal de venta de contenidos periodísticos y la afectación de los derechos de las audiencias.
Si el Estado reduce sus espacios en radio y televisión tendremos una democracia ligeramente menos visible en medios masivos… y un poco más rentable para quienes siempre han querido recuperar esos minutos y utilizarlos para objetivos muy lejanos de la función social a la que están obligados legalmente.
Homenaje a Jorge Meléndez, periodista de convicciones
Este 7 de marzo, a las 20:00 horas, el histórico Salón Los Ángeles (Lerdo 206, colonia Guerrero, CDMX) abrirá sus puertas para rendir homenaje al maestro Jorge Meléndez con la mesa de diálogo “La trayectoria de un gran periodista”. Participarán Julio Astillero, Témoris Greko, Humberto Musacchio, Rogelio Hernández y Leonardo Figueiras; moderará Alejandro Meléndez. La entrada será libre.
Será un espacio para recordar a un periodista coherente, crítico y constante, que entendió el oficio como compromiso público y no como vitrina personal. Jorge Meléndez dejó una huella que va más allá de sus columnas; nos dejó ejemplo de honestidad, profesionalismo y, claro, amistad.
La noche continuará con música en vivo de Francisco Barrios “El Mastuerzo”, Xochihua y Musas Sonideras.
*Profesor e investigador de la UAM-Xochimilco y periodista. Defensor de audiencias.





