
Gabriel Sosa Plata*
Este 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, el gobierno federal presentó un plan ambicioso y muy bien estructurado.
La presidenta Claudia Sheinbaum anunció un Acuerdo Nacional para homologar el tipo penal de abuso sexual en los 32 estados; lanzó el Plan Integral contra el Abuso Sexual, centrado en la prevención, la capacitación, la sensibilización, la atención y la justicia; e incorporó un eje específico sobre violencia digital. Además, convocó a instituciones, dependencias y plataformas a sumarse a los 16 días de activismo en todo el país.
Es, sin duda, un gran avance.
La homologación del delito de abuso sexual puede corregir la enorme disparidad legal entre entidades y reducir la impunidad. Y el énfasis en la violencia digital es esencial en un país donde casi el 90% de la población de 18 a 34 años vive en internet, y donde las agresiones se multiplican a través de celulares, redes y plataformas que replican y profundizan desigualdades históricas.
Dentro del plan, sin embargo, destaca un silencio inquietante: los medios de comunicación.
Y no es un tema menor. La propia Presidenta, la secretaria de Mujeres, Citlalli Hernández, y varias de las mujeres que participaron en la presentación del acuerdo han sido víctimas de violencia a través de pantallas, emisoras de radio y periódicos. Basta recordar la portada del diario Reforma donde se publicó, de manera revictimizante, imagen de la agresión sexual contra la Presidenta.
La radio, la televisión, la publicidad, los contenidos de entretenimiento y la narrativa informativa siguen siendo territorios plagados de estereotipos, cosificación, desigualdad y violencias simbólicas que no aparecen con claridad en la agenda pública del gobierno.
¿Cómo avanzar hacia una vida libre de violencia si omitimos precisamente los espacios donde esa violencia se reproduce todos los días, de manera masiva, normalizada y, muchas veces, impune?
Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2021, siete de cada 10 mujeres en México han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Ese contexto estructural también se alimenta de lo que consumimos diariamente: noticieros que revictimizan, programas que ridiculizan, reality shows que perpetúan desigualdades, portadas que cosifican a las mujeres y, sobre todo, una publicidad que por décadas ha reproducido roles subordinados, sexualizados o estigmatizados.
En radio y televisión persisten patrones claros de violencia simbólica: las voces y participaciones femeninas suelen asociarse con lo doméstico, lo emocional, lo servicial o lo sexualizado. Ahí están, por ejemplo, las “chicas del clima”, o las mujeres colocadas como “adorno” en programas deportivos o concursos de canto. El ideal de belleza hegemónico también continúa como un recurso narrativo dominante.
En la cobertura noticiosa, muchos medios, particularmente algunos impresos que se ufanan de ser éticos, siguen abordando los feminicidios desde el morbo y no desde los derechos humanos, y con frecuencia difunden imágenes revictimizantes o se emplean titulares estigmatizantes.
Estos patrones moldean percepciones, normalizan desigualdades y contribuyen a mantener la violencia.
Y hay que decirlo sin tapujos: una sociedad que consume violencia simbólica termina tolerando, directa o indirectamente, la violencia real.
En el ámbito digital, los datos son particularmente alarmantes:
- ONU-Mujeres estima que tres de cada 10 mujeres usuarias de internet en México han sufrido ciberacoso.
- El Módulo sobre Ciberacoso del Inegi (MOCIBA) señala que 21% de la población digital ha vivido ciberacoso; esto representa 9.7 millones de mujeres.
- Entre las víctimas, las mujeres enfrentan en mayor proporción agresiones sexuales digitales: insinuaciones, envío de contenido no solicitado, difusión de imágenes sin consentimiento, doxing y campañas de odio.
- Las mujeres periodistas son un blanco especialmente vulnerable: informes recientes documentan un aumento de 117% en agresiones en los últimos años, la mayoría con fuerte componente digital.

El plan reconoce este fenómeno. Sin embargo, como señalaba al inicio, la violencia mediática no recibió la misma atención, aun cuando está plenamente reconocida en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, en la Ley en Materia de Telecomunicaciones y Radiodifusión, y en el Reglamento de Publicaciones y Revistas Ilustradas.
La violencia mediática está definida en la Ley General de Acceso desde 2021. No es metáfora ni interpretación: está tipificada. Sin embargo, su implementación es casi nula.
No conozco protocolos nacionales para evaluar contenidos, ni esquemas realmente efectivos de sanción. En la publicidad —uno de los territorios de mayor influencia cultural— los avances son mínimos, pese a las promesas de anunciantes y medios.
Los medios públicos han impulsado esfuerzos importantes, como la incorporación de perspectiva de género en códigos de ética o programas de capacitación, pero el ecosistema mediático, en su conjunto, sigue operando con lógicas que anteceden por mucho al reconocimiento jurídico de la violencia mediática.
Las audiencias también tenemos responsabilidades: exigir contenidos respetuosos, denunciar la violencia simbólica, rechazar la revictimización y demandar a los medios dejar de ser parte del problema para convertirse, de verdad, en parte de la solución.
*Profesor e investigador de la UAM-Xochimilco y periodista. Defensor de audiencias. Conduce el programa Media 20.1, en TV UNAM.





